Si pudiera confeccionarse un manual de candidatos a elecciones por venir, yo lo titularía con las sabias palabras del Maestro: “La verdad os hará libres”, ya que juegan a mentirnos como si los ciudadanos no tuviésemos memoria, como si no supiésemos que son figuritas repetidas que profanan, pendulares, nuestra historia. Seguramente tendría capítulos destinados a describir la grosería y los chismes de letrina que tienen el objetivo de destruir al adversario y a visualizar pactos espurios donde, en el túnel del tiempo, todos aparecen entreverados o, al decir de Discépolo, “en el mismo lodo, todos manoseaos”. De esta manera, la política, ese arte que embellecía la “polis” porque era justamente” el arte del bien común”, pasa a integrar uno de los episodios de la farándula, peleas de vedettes, caprichos del jet set y vanagloria de disputas mediáticas que están más cerca de los teleteatros de Alberto Migré que de la política entendida en términos de aquella expresión de la Grecia clásica “el hombre es bueno cuando practica el bien, pero es mejor cuando practica el bien común”. Sin desmerecer a los candidatos honestos y nobles -que los hay- pero a la hora de las alianzas, en este cambalache lamentable “da lo mismo un burro que un gran profesor”, o al menos esa es la sensación social que quedó en Tucumán cuando uno de los candidatos de la UCR intentó un pacto lamentable con el bussismo. De lo que no caben dudas es que nuestra provincia es demasiado rica y generosa, de lo contrario, no se estarían ensayando tantas tentativas de saqueos, tantos intentos de monarquías absolutas, vitalicias y hereditarias. Afortunadamente, ya aprendimos que no fueron “dadas por Dios” sino que hay un Dios que con hilaridad creciente expresa: “Mi Reino no es de este mundo”; en ese manual del candidato, una introducción debiera explicarnos que en Tucumán se ha desatado la furia de los demonios y que puede vérselos en televisión.
Graciela Jatib
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