El Papa Juan Pablo II explica el itinerario de la Vida del Hijo pródigo. En ella nos vemos todos identificados: de un modo u otro, todos somos pródigos pero también somos hijos. La consideración de nuestras falencias no nos quita la identidad y dignidad de ser hijos de Dios. Leamos al santo Papa.
Primer momento: el alejamiento. Nos alejamos de Dios, como se alejó ese hijo del Padre, cuando empezamos a comportarnos respecto a cada uno de los bienes que hay en nosotros tal como él hizo con la parte de los bienes recibidos en herencia. Ese bien nos lo ha dado Dios como deber, como talento evangélico. Al operar con él, debemos multiplicar esa herencia, y así dar gloria a Aquél de quien la recibimos. Por desgracia, nos comportamos, a veces, como si ese bien del alma y del cuerpo que hay en nosotros (capacidades, facultades, fuerzas) fuesen de nuestra propiedad exclusiva, de la que podemos servirnos y abusar de cualquier manera.
El pecado es siempre un derroche de nuestra humanidad, de nuestros valores más preciosos. Es la auténtica realidad, aun cuando pueda parecer a veces que nos permite conseguir éxitos. El alejamiento del Padre lleva siempre consigo una gran destrucción en quien lo realiza, en quien quebranta su voluntad y disipa en sí mismo su herencia: la dignidad de la propia persona humana, la herencia de la gracia.
El segundo momento en nuestra parábola es el del retorno a la recta razón y del proceso de conversión. El hombre debe encontrar de nuevo dolorosamente lo que ha perdido, aquello de que se ha privado al cometer el pecado. Debe ver de nuevo el rostro de ese Padre al que ha vuelto las espaldas y con quien ha roto los puentes para poder pecar y derrochar “libremente” los bienes recibidos. Al mismo tiempo, deberá desear ardientemente retornar. La certeza de la bondad y del amor que pertenecen a la esencia de la paternidad de Dios, deberá conseguir en él la victoria sobre la conciencia de la culpa y de la propia dignidad.
Finalmente el tercer momento: el retorno. Se desarrollará como habla Cristo de él en la parábola. El Padre espera y olvida todo el mal que el hijo ha cometido, y no tiene en consideración el derroche de que es culpable el hijo. Sólo hay una cosa importante: que el hijo ha sido encontrado; que no ha perdido hasta el fondo la propia humanidad; que, a pesar de todo, vuelva con el propósito de vivir de nuevo como hijo, precisamente en virtud de la conciencia adquirida de la indignidad y de la culpa.
“Padre, he pecado..., no soy digno de llamarme hijo tuyo” (Lc 15,21).














