“Es un momento muy difícil para el nuevo cancionero. Lo saben los brasileños, los chilenos, mis compatriotas, los uruguayos... Es difícil porque es una canción solidaria con el problema del hombre, pero además es una canción de profundo amor. Me niego a etiquetarla como una mera canción de protesta, porque habla del pueblo y representa a mi gente. Nada que esté prohibido y haya entrado en el corazón del pueblo puede ser olvidado. Nunca más. Lo saben los músicos y los poetas del mundo que alguna vez fueron prohibidos”.

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Diáfana, hipnótica, milagrosamente cercana, la voz de Mercedes Sosa sigue siendo capaz de convertir el tiempo y el espacio en un capricho. Y siempre vuelve, como si de un eterno renacimiento se tratara. Ayuda el hecho de que, repartidas por el mundo, hay infinidad de cintas que aguardan ser encontradas, masterizadas y editadas. La última data de 1980, cuando Mercedes brindó un recital en la televisión suiza. Desde esta semana se la disfruta en plataformas.

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Un detalle en esa declaración del comienzo. Mercedes dice “nunca más”. Al pasar, sí, y hablando del valor de las canciones. Pero nada puede considerarse azaroso. La historia tiene estas cosas sorprendentes y premonitorias.

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Es que todo comienza con una breve entrevista. El presentador habla italiano -están en Lugano- y la declara “cantora de la libertad”. Charla con una Mercedes de 45 años, que en plena madurez artística atraviesa las olas del exilio. Abrumada por los elogios, ella desliza: “espero estar a la altura de ser considerada la voz del continente latinoamericano”. El show que brindará a continuación será pura luz; océano de por medio, la Argentina permanecía sumida en la oscuridad de la dictadura. Escuchar hoy ese registro permite dimensionar cómo Mercedes transformaba ese peso histórico en canto: sin estridencias, sin declamación, pero con una densidad emocional que vuelve cada verso un testimonio.

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La Fundación Mercedes Sosa lo explicó con precisión al anunciar el lanzamiento. El trabajo de restauración no buscó modernizar el sonido, sino preservar la experiencia original, su atmósfera y su cercanía. Un decisión más conceptual que técnica, porque el valor de este material reside justamente en su humanidad, en la sensación de estar frente a una Mercedes íntima, lúcida, consciente de lo que estaba en juego cada vez que abría la boca para cantar. Para decir.

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“El año pasado (1979) fue muy duro para mí y encontré esta canción que respondía a mi estado de ánimo. La cigarra es un bichito lleno de amores y de desdenes. Así es mi destino”, confiesa antes de entonar “Como la cigarra”. La de este recital es una Mercedes a corazón abierto, fiel a su estilo de narrar la historia de cada tema, de explicar por qué lo incluyó en el repertorio y de homenajear a los autores. Es una Mercedes en absoluta plenitud.

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Este nuevo hallazgo dialoga con esos registros que en los últimos años no dejaron de emerger. El más impactante es el grabado en el Town Hall de Nueva York en 1974, cuyo video está disponible en YouTube. En conjunto, son materiales que permiten reconstruir una etapa fundamental de su trayectoria, cuando Mercedes se consolidó como embajadora cultural de la Argentina y de América Latina. No desde un nacionalismo cerrado, sino desde una idea de identidad abierta, plural y solidaria.

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Restaurado por Conrado Silvela en Estudio Casa Rara, el material permite escuchar a Mercedes acompañada únicamente por el guitarrista Nicolás Brizuela -quien además aporta algunos coros- en un estudio europeo, lejos de su tierra y de su público natural. Es una actuación íntima, despojada, intensa, cruzada por la nostalgia y no por eso menos festiva. No hay artificio ni grandilocuencia; hay voz, respiración, palabra y pura ética del canto.

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De movida se la acusó de politizar la música, de usar el folklore con fines ideológicos y de no representar una supuesta tradición basada en la pureza. Más tarde, cuando su figura se volvió masiva y copó escenarios en todo el mundo, los reproches mutaron: había abandonado el ámbito popular y cometía el sacrilegio de dialogar con otros géneros. Y no faltaban las pavadas que hablaban más de la argentinidad que de ella (“la comunista que anda en Mercedes Benz”). En el fondo, siempre se trató de una incomodidad persistente, porque Mercedes Sosa nunca encajó del todo en los moldes que quisieron imponerle. La presentación de 1980 en Suiza pertenece a la etapa del desarraigo. Cuando la Argentina estaba marcada por la violencia, la censura y la incertidumbre, los artistas exiliados cargaban con la responsabilidad de representar una voz colectiva. Por supuesto, también se la criticó por eso.

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Es un impecable show de 12 canciones, ajustado a los tiempos de la TV. Lo inicia con un triple tributo a Atahualpa Yupanqui, a quien destaca como el máximo juglar de la Argentina (“Piedra y camino”, “Chacarera de las piedras” y “Guitarra dímelo tú”), y sigue con el clásico “Duerme negrito”. De la profundidad de “¡Ay! Este azul”, de Pancho Cabral, salta a Violeta Parra y su “Gracias a la vida”, y de allí a la “Canción de las cosas simples”, donde pone en diálogo a Armando Tejada Gómez con Cesare Pavese (y lo cita: “el poeta finge no conocer lo que ya sabe”). El público suizo se enciende haciendo palmas con “Antiguo dueño de las flechas”, mientras Mercedes recupera la voz de los tobas, y luego sale María Elena Walsh por duplicado: “Como la cigarra” y “Serenata para la tierra de uno”. En ese trance de absoluta emocionalidad, Mercedes lleva al centro de la escena a Víctor Jara (“A Víctor”), cantor popular asesinado por la dictadura de Augusto Pinochet. Y el epílogo, no podía ser de otra manera, es una vibrante versión de la “Canción con todos”, declaración de principios de aquella época.

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La cultura argentina vuelve una y otra vez sobre sus figuras tutelares para interrogar el presente. No se trata de postales congeladas ni de nombres solemnes que se invocan en aniversarios redondos, sino de voces vivas, capaces de volver a decir algo esencial. Este registro inédito de Mercedes Sosa funciona como un acontecimiento de primer orden que, además de ampliar el archivo, reactualiza el sentido profundo de su legado. En un tiempo de canciones pensadas para durar lo que un algoritmo decide, la obra de Mercedes propone otra temporalidad. La suya es la escucha atenta, la palabra que importa, una forma de estar en el mundo. Tan humana.

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“Un artista debe, diariamente, ser responsable de ese título de cantor popular que no sólo significa cantar con una bella -o más menos bella- voz, sino tener estudios mucho más profundos: la literatura, la vida misma. El artista vive en este mundo sufriendo por las mismas cosas que sufren todos. De ninguna manera puede olvidar que hay gente a la que le cuesta mucho vivir”.

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La homenajea un museo desplegado en la casa familiar -en el pasaje Del Corro al 300, lejos de ser visitado en la medida que lo merece- y un teatro lleva su nombre. Aquí y allá, en la geografía provincial, aparece alguna que otra referencia. Demasiado poco de Tucumán para Mercedes Sosa.