Un 27 de diciembre como este aterrizó en este mundo un tal Juan Manuel Serrat Teresa. Este licenciado en Ingeniería Técnica Agrícola recibió hace unos días la medalla de Oro de la Generalitat de Cataluña. El año pasado había sido condecorado con el premio Princesa de Asturias. En aquella oportunidad se definió como un hombre que cree más “en la razón que en la fuerza; en el instinto que en la urbanidad” y que “prefiere los caminos a las fronteras”.

Ante los reyes de España, Serrat insistió con su credo confesando su creencia en la tolerancia, en el respeto al derecho ajeno y en el diálogo como la única manera de resolver los asuntos. En la Navidad pasada el rey Felipe VI que un año atrás había escuchado al trovador catalán les dijo a los españoles que “en democracia, las ideas propias nunca pueden ser dogmas, ni las ajenas, amenazas; avanzar consiste en dar pasos, con acuerdos y renuncias, pero en una misma dirección, no correr a costa de la caída del otro”.

España como la Argentina viven tiempos donde la grieta barrunta la intolerancia y la negación del otro o de sus ideas. La grieta no es sólo una expresión del desacuerdo social; es también un atajo político. Simplifica la realidad, reduce la complejidad y evita rendir cuentas. Y esa cortada trae en su mochila el empobrecimiento del debate público. Y, además, erosiona la confianza y, por lo tanto, desgasta la convivencia democrática.

Cuando la política se hace a un lado -aunque sea por un momento- del espectáculo innecesario -pero apetecible- del enfrentamiento y vuelve a discutir reglas básicas de funcionamiento, las cosas cambian. No se van a resolver crisis estructurales de décadas, pero sí se recupera una idea tan elemental como que sin diálogo la gobernabilidad se hace dificultosa.

En 1984, un tal Joan Manuel cantaba que “Sería un buen detalle y todo un gesto, por tu parte/ que coincidiéramos y te dejaras convencer”... Es que tolerar -sugirió ante su Majestad- no es resignarse sino aceptar que el otro existe y que su voz también forma parte del espacio común “. Cuarenta años después vivimos atravesados por discursos extremos y verdades absolutas, tal vez por eso la palabra tolerancia suena incómoda y, por lo mismo quizás suena necesaria.

A horas de que se despida para siempre este año que ha sido un ejemplo de desencuentro, ha conseguido la aprobación de un presupuesto. Claro que no se trata de una gesta épica como algunos tratan de definir. Es el resultado de una negociación, que aporta institucionalidad. Cuando la política baja el volumen, la sociedad gana previsibilidad. Quizás sea el mensaje con el que se despide 2025.

La Argentina no necesita más gestos de demolición ni líderes que prometan arrasar con el adversario. Necesita dirigentes capaces de administrar diferencias sin romper el tejido común. En un país atravesado por la grieta, dialogar no es debilidad sino un acto de responsabilidad.

Obsecuencia

La aprobación del presupuesto señala un cambio en la política argentina. Hacía más de 700 días que no se tenía uno. ¿Qué cambió? La forma de administrar la política en el país. Hasta no hace mucho tiempo la discusión era mezquina. Los líderes se ponían de acuerdo y varios centenares de obsecuentes agachaban la cabeza y se sentaban a cumplir las órdenes.

En esta oportunidad, quedaron guardadas en un cajón las impertinencias y las incontinencias del Presidente de la Nación y los caprichos de Cristina. Los hombres del Presidente y los gobernadores no tuvieron más remedio que arremangarse y empezar a trabajar y negociar para que los argentinos tuvieran previsibilidad. Otra forma de hacer política comienza a instalarse en la vida democrática argentina. Los años venideros darán el veredicto final.

Durante las últimas décadas, Tucumán engrosaba el lote de obsecuentes. Los gobernadores parecían chicos que actuaban de acuerdo a los retos u órdenes de sus padres. Sobran los ejemplos, pero durante el gobierno de José Alperovich se produjo el mayor de los papelones cuando los poderes Ejecutivo y Legislativo se pusieron de acuerdo y eligieron a Francisco Sassi Colombres como vocal de la Corte. Bastó un llamado de Néstor Kichner para que Alperovich diera vuelta lo que ya era una decisión sancionada por la Legislatura. Sin vergüenza los legisladores -y el mandatario- borraron todo lo hecho y volvieron a votar para cumplir con la orden y -triste y lamentablemente- contradecir sus propias voluntades, sus acuerdos y seguramente, sus dignidades. En menos de 24 horas guardaron la carne y el vino que habían comprado para celebrar y designaron a otro para que no se enojen en Buenos Aires. La anécdota se repite demasiado en esta columna, pero es difícil aceptarla y entenderla en un mundo donde se presume de independencia y más aún en un territorio donde se la declaró.

Orfebrería política

Los gobernadores, uno a uno, desfilaron y negociaron con el gobierno nacional. El mandatario tucumano fue parte de ese desarrollo. El escenario provincial de hace dos años al actual es muy diferente. Osvaldo Jaldo llevó en su maletín por lo menos tres votos en Diputados y dos en el Senado. Las manos levantadas de Javier Noguera, Gladys Medina y Elia Fernández en la Cámara Baja son el resultado de un trabajo de orfebre del otrora edil de Trancas. Y esta semana que nunca más volverá hizo gala de las manos levantadas de Beatriz Avila y de Sandra Mendoza. Ambas senadoras llegaron con otra identidad a la Cámara Alta. Eso también muestra un cambio en la política de la comarca. Famaillá, agradecida después de este alineamiento. Hasta ahora habían escuchado la palabra del senador y ex gobernador y ex jefe de Gabinete de su amigo Alberto, Juan Manzur. “Sandrita, no es tiempo todavía”, palabras más, palabras menos, la senadora no aguantó la paciencia del también ex ministro de Salud y prefirió estar más cerca de Jaldo. De alguna manera fue una pulseada de poder y Manzur quedó solo como muelle en el alba. En Diputados lo miran de reojo Carlos Cisneros y Pablo Yedlin. Ambos sienten agradecimiento por él pero se consideran independientes de los dos hombres que más poder acumularon en el Tucumán de los últimos tiempos.

El caso de Beatriz Ávila es diferente. Ella y el ex intendente vienen haciendo equilibrio sobre un cable en cuyos extremos están sus viejos compañeros peronistas y en el otro sus colegas de Cambiemos. Ni unos ni otros los consideran santos de su devoción, pero la habilidad política y la capacidad para administrar la cuota de poder (votos) los ha puesto en un rol decisorio.

Este nuevo panorama obliga a preguntarse cómo será el futuro de las otras dos figuras centrales de la política oficialista. El vicegobernador llega al brindis de fin de año con pocas burbujas. Trabajó casi todo el año para producir una transformación política con nuevas leyes e ideas electorales. Todo se desvaneció. Pudo haber sido una buena catapulta para su crecimiento político y para mostrar su independencia. Nada de eso ocurrió. Al principio de la gestión, Miguel Acevedo se mostraba como el hombre del diálogo capaz de unir el agua manzurina y el aceite jaldiano. Hoy, después de la caída estrepitosa de Cristina, presa en un balcón, y de los últimos movimientos electorales y del Congreso, el agua ha quedado estancada.

La otra estrella es la Lady Mayor de la Capital tucumana. Su brillo ha quedado opacado después de los comicios y de los últimos aconteceres políticos. Permanece encerrada en su laberinto al que sólo han podido ingresar tanto el senador como el diputado. Rossana Chahla, aunque quisiera, no podría quitarles las llaves ni a Cisneros ni a Manzur. Sabe que les debe a ellos los cimientos de su endeble estructura política. Por lo tanto, al igual que Acevedo, no pueden todavía declararse independientes del mandatario provincial.

Este año que se asoma va a ser decisivo porque los principales actores de la política deberán pisar firmes en sus plataformas para poder dar pelea en 2027 y sobrevivir. El gobernador tucumano vivirá seguramente una escena “shakesperiana” -si se autoriza el neologismo o barbarismo-. “Ser o no ser”, será su disyuntiva constante. Este año sus miedos y sus dudas le hizo construir una unidad con quien el mismísimo día de los comicios empezó a diluirse. ¿Cómo serán los venideros? Para ser más preciso y sin recurrir a las simples metáforas literarias se podría decir si Jaldo será Jaldei o si se pondrá o cortará la peluca a lo largo de 2026. Para peor las encuestas lo confunden porque en estas negociaciones se probó unos días la peluca y el resultado de los sondeos de popularidad lo puso al tope de los gobernadores.

Ajedrez liberal

Las nuevas interacciones de este fin de año sin estallidos ni saqueos ni polícías alterados le abre a la oposición nuevas partidas simultáneas. En el ajedrez libertario dos tableros se disputan el mismo cetro con identidades cruzadas. Para peor Jaldo asoma como árbitro de esos enfrentamientos.

Es curioso, tal vez motivado por el significado de su apellido el diputado no tan radical Mariano Campero hizo su carrera política en la universidad del barro tucumano. Fue rindiendo las diferentes materias hasta conseguir una banca en el Congreso de la Nación. Cuando llegó a Buenos Aires se acercó al calor del poder mileísta y fue recibido con aplausos en el bloque de la Libertad Avanza. Sueña con ser gobernador del Tucumán que lo vio nacer y que él observa desde el obelisco actualmente.

El otro ajedrecista de esta contienda tiene una historia contraria. En sus años mozos se fue de su Tucumán natal y armó su carrera política en la metrópoli. Su apellido es Catalán aunque no es español y después de fortalecer sus espaldas se devaluó su poder en la Casa Rosada pero es líder indiscutido de La Libertad Avanza en Tucumán. Campero se hace fuerte en Buenos Aires y Lisandro Catalán, en la provincia. Todo un desafío para ambos a la hora de mover las piezas del tablero.

Mientras Campero deberá revisar sus títulos en Tucumán, Catalán tendrá que estar atento a los acuerdos entre Jaldo y el Gobierno Nacional.

En la oposición tucumana todavía quedan las cenizas de la Unión Cívica Radical que deberá revisar sus liderazgos para renacer de ellas y Debilidad Republicana que deberá recuperar su Fuerza para seguir.

La llegada de 2026 está a las puertas. La despedida de su antecesor advierte que hay nuevos actores y formas de desplegar y jugar con el poder. Serrat, en el día de su cumpleaños, podría decirnos: “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.