En la vereda de Santa Fe al 2.400, Lisandro Fontana se hace visera con las manos para ganarle al sol y ver desde qué lado viene el equipo de LA GACETA que lo va a entrevistar y fotografiar. “Hola, soy Lisandro; un gusto, aquí me entreno yo”, dice dando la bienvenida.
Para él, ese gimnasio ubicado en Villa Luján es su segunda casa. Con amabilidad, Fontana invita a subir a la planta alta, en donde se encuentra su hábitat natural: el tatami.
El múltiple medallista sonríe casi todo el tiempo. Se pone la ropa de competición, posa para las fotos, y luego comienza a relatar una historia que, con 16 años, lo tiene como uno de los grandes proyectos del karate a nivel continental y mundial.
“Me quedó un sabor agridulce”, confiesa, sobre la medalla de plata obtenida en el Panamericano. Mientras habla, sus ojos dejan ver que a las derrotas las usa como combustible. “Fui con la idea de ganarlo y se me escapó en la final por muy poquito. Tengo la espina y este año voy a buscar la revancha”, asegura.
De Villa Luján a Venecia
Esa misma autoexigencia fue la que lo llevó al Mundial de Venecia, una experiencia que describe como un “choque de realidad”. “Allá son todos enormes, de dos metros, y tienen 14 años”, afirma entre risas sobre el porte físico de los competidores europeos. Sin embargo, lejos de amedrentarse, el tucumano sostiene que el entrenamiento que realiza en nuestra provincia no tiene nada que envidiarle al del Viejo Continente. “Lo que practico aquí no dista mucho con lo que hacen allá. Somos iguales; tenemos dos brazos y dos piernas”, razona.
Viajar por el mundo le permitió al deportista no sólo colgarse medallas, sino también conocer distintos lugares y culturas. “Sentir que hay algo que te une con un chico de la otra punta del mundo, por más que no te entiendas con palabras, es hermoso”, reflexiona, sobre el vínculo creado por el karate.
Pero ese roce internacional tuvo un costo familiar alto. “En mi caso, en el mundial me quedé en un hotel con unos compañeros porque no teníamos todo pago por la federación. Sí nos ayudó, pero también tuvieron que hacer un esfuerzo enorme nuestras familias”, recuerda. Esa etapa de “viajar a pulmón” está por quedar atrás. Aquel bronce en Italia le aseguró el financiamiento total, tanto por la Federación Argentina de Karate como por el beneficio que le acaba de otorgar el Enard.
La beca
Su talento no pasó inadvertido para las autoridades nacionales. Recientemente, el tucumano fue seleccionado para integrar el programa DAR (Desarrollo al Alto Rendimiento) del Enard, un hito fundamental para su carrera. En un contexto en el que el karate corre por detrás del taekwondo y el judo por no figurar como deporte olímpico, Fontana es uno de los únicos dos karatecas en todo el país que recibe este apoyo.
“Es una ayuda muy grande, en lo económico y en los viajes”, explica. Esta beca no sólo es un reconocimiento a su esfuerzo, sino la llave que le permite costear los traslados y alojamientos en competencias internacionales. Ahora, en lugar de la incertidumbre de no saber si llegará con los fondos, puede enfocarse exclusivamente en lo que pasa dentro del área de combate. Además, dispone de psicólogos y recibe una suma mensual para sus gastos a la hora de entrenarse. “Sólo un chico de Santa Fe y yo fuimos elegidos para esto. Es una gran responsabilidad”, reconoce.
Para él, este reconocimiento es también un premio para el karate local. Bajo la guía de su entrenador, Iván Trejo, Lisandro se siente parte de una tradición. “Tucumán siempre tiene representantes en la selección argentina; acá el nivel es muy alto”, afirma, citando a referentes como Gonzalo Navarro (último ganador tucumano del Premio Olimpia).
Herencia y pasión
Al mirar hacia atrás, Lisandro se ve a sí mismo a los cuatro años, probando taekwondo por dos semanas antes de encontrar su lugar definitivo en el karate. El joven sostiene que la competencia es su motor, aunque la primera vez no fue nada fácil. “Yo estaba muy nervioso; tenía nueve años y me puse a llorar antes de salir. Terminé ganando, pero esa parte la sé solo por fotos. Me acuerdo más que nada la escena del llanto”, dice.
Por supuesto, aquello quedó rápidamente como una mera anécdota. Pronto comenzó a competir más seguido y al ganar constantemente, sus padres se dieron cuenta de que podía lograr grandes cosas. “Cuando tenía 10 años fuimos a Córdoba con mi papá y mi mamá en el auto. No teníamos idea de que había una selección argentina ni nada. Ahí también salí campeón”, recuerda.
Pero el karateca tiene claro que el apoyo familiar no depende de los resultados. “Obviamente están orgullosos de mis logros, pero ellos son felices sólo con verme haciendo lo que me gusta”, reflexiona. Para él, el karate es una pasión absoluta. “Es algo que te acompaña hasta que te morís”, describe.
El estilo de vida detrás del cinturón
Fuera del tatami, Lisandro es un adolescente más. O casi. El atleta cursa la secundaria en el colegio Gymnasium. Allí, entre apuntes y recreos, debe aprender a decir que no. Mientras sus amigos planean salidas, él piensa en el descanso y en la nutrición. “Uno tiene que tener un equilibrio; tampoco puedo privarme de todo. Pero sí, trato de no desvelarme y no tomar bebidas que me hagan mal. Además me cuido con las comidas”, aclara con madurez.
Es que el alto rendimiento también se juega en el plato. Bajo la supervisión de un nutricionista, atraviesa hoy un proceso de adaptación física para su nueva categoría (Junior -75kg). “Es mucho esfuerzo. Hay días en los que salgo tarde del colegio y voy directo a entrenarme o a la parte de pesas”, explica sobre ese trabajo invisible que el público no puede ver. Para él, las enseñanzas que le dio el karate son las que hacen que no le cueste tanto: la disciplina y el autocontrol ya son su estilo de vida.
Un 2026 plagado de desafíos
Antes de despedirse y de volver al entrenamiento, Lisandro repasa un calendario que asusta. Tanto en el Sudamericano en junio (buscará su tercer oro) como en el Panamericano en agosto (va por la revancha tras obtener la plata), tendrá un escollo extra: cambiará de categoría. Dejará Cadetes para competir en Junior, que incluye a los luchadores de 16 y 17 años.
Más adelante, los Juegos Olímpicos de la Juventud aparecen también en el cronograma, a inicios de noviembre, aunque aún no está confirmada su participación. “Esas cosas nos dicen a último momento; tal vez para que no nos relajemos”, analiza.
Pero donde sí está asegurado su lugar es en el Mundial de Polonia, a mediados de octubre y el karateca ya se ve de nuevo cruzando el charco en busca de su anhelo. “Sueños hay varios, pero si tengo que elegir uno, quiero ser campeón del mundo”, concluye Lisandro, el embajador tucumano que ya avisó que pretende ser el mejor de todos.