Por Abel Novillo
Para LA GACETA - TUCUMÁN

Pienso que todo escritor, poeta, ensayista, periodista y, en fin, toda persona dedicada a las bellas letras, resulta por cierto, un ser común, ni mejor ni peor que nadie, pero que sí, señaladamente, es un ser distinto a todos.

De cualquier manera, está absolutamente aceptado que cada ser es una persona exclusiva, única e irrepetible, pero en el caso del escritor hasta me atrevería a decir que ello se ve potenciado

Pienso al escritor como un soñador, pero no un soñador ingenuo, sin despertares advertidos, más bien es un creador permanente, un trabajador literario, un acomodador de las palabras que desarrolla siempre sus tareas en silencio y en una abrumadora soledad, un simple mortal que permanentemente se codea con el arte.

El escritor es un creador de fantasías a las que describe como realidades, y un escrutador severo de realidades a las que describe como fantasías.

Incursiona en los realismos más candentes y en los surrealismos intangibles que, en oportunidades, solamente ve su pluma.

Se ufana como un filósofo agudo, penetrante, que escruta en los insondables misterios de la existencia humana, o se pasea orondo con advertidas metáforas, pinturas, gráficos sociológicos y con toda la temática que tenga que ver con su mundo íntimo y también con el mundo universal que lo circunda, porque inevitablemente, el escritor, por acción, por inadvertencia, y sin proponérselo, es el cronista de su tiempo. También el natural juglar de las cosas del amor y los desamores, de las lealtades y deslealtades, de los sentimientos apasionados y de los amores cansados; de las vicisitudes inevitables del transcurrir humano, de sus fortalezas cuando le brilla el sol. Y de sus debilidades, cuando se le hace la noche.

Su trabajo es argumento, es música, es pintura, es sentimiento, es humildad y es soberbia. Es alumno y es escuela, es ovación y es abucheo, es mentira y es verdad. Él es toda una utopía, pero también es toda una realidad.

© LA GACETA

Abel Novillo – Historiador y escritor.