Si fuera una novela de suspenso, la gestión Milei tendría su clímax entre el viernes 19 y el lunes 22 de septiembre pasados. Ese viernes, los integrantes del equipo económico del gobierno argentino vivían la jornada de mayor tensión de sus vidas. El Banco Central cerraba la semana con una venta de 678 millones de dólares en una sola jornada precedida por una previa de 379. Eran los indicadores de una corrida que estallaría el lunes siguiente con la apertura del mercado y que, a ese ritmo, derrumbaría al Gobierno en pocos días.
El Presidente tenía su última actuación oficial en una conferencia en la Bolsa de Comercio de Córdoba, en la tarde de ese viernes. Era la última oportunidad para que el Gobierno enviara un mensaje para calmar al mercado pero en el discurso presidencial no hubo ni una insinuación en esa dirección. En un tramo, en lo que pareció una muestra de absoluta desconexión con el dramático contexto, Javier Milei contó que estaba terminando un paper en el que había logrado conciliar la “teoría de la mano invisible” con la “teoría de la fábrica de alfileres”. Con la perspectiva actual, sabemos que en esas horas se tejía contra reloj el anuncio -que podía fallar- de una asistencia inédita que Scott Bessent plasmaría en un tuit salvífico, minutos antes de la apertura del lunes negro que no fue.
Ética y capitalismo
El miércoles pasado, la exposición del Presidente en Davos giró en torno a los argumentos que se desprenden de ese paper que pergeñaba en septiembre y cuya versión final hizo pública su coautor Demian Reidel en la red X, horas antes del discurso. Volvió a flotar en el auditorio una sensación de desajuste entre la oportunidad, el ámbito y el contenido de la alocución. También de alivio. Lejos del tono de interpelación y de las controversias que suscitaron sus discursos en el mismo evento en 2024 y 2025, en esta ocasión el texto que leyó Milei pareció una apaciguada disertación preparada para un congreso de filosofía económica.
En Davos, muchos de los principales líderes globales de la política, el empresariado, la tecnología y la sociedad civil se reúnen para pasar algunos mensajes, coordinar acciones y orientarse sobre las tendencias que gravitarán en el escenario en el que deben moverse. Un alto porcentaje de los integrantes de la audiencia son hombres de negocios que representan empresas cuya valuación conjunta supera los 15 billones de dólares (25 veces el PBI argentino). Parecía una buena oportunidad para hacer una descripción del potencial y las facilidades que ofrece nuestro país para las inversiones de esas compañías. Hubo menciones en el discurso de Milei a los logros de su gestión para estabilizar rápidamente la economía pero la mayor parte fue un despliegue teórico en el que se intercalaron menciones a una amplia gama de pensadores y economistas -desde Ulpiano, Jenofonte y Locke hasta contemporáneos (desconocidos para quienes lo escuchaban) como Jesús Huerta de Soto, Hans-Hermann Hoppe o Alberto Benegas Lynch (h)-. El líder libertario descalificó las críticas a los monopolios, fustigó las barreras regulatorias que atentan contra la libertad de los emprendedores y, fundamentalmente, asoció la eficiencia con la justicia. El eje de la tesis mileísta fue la relación de la moral y el capitalismo (resumida en un réquiem dedicado a Maquiavelo). Un discurso estimulante para los megaempresarios que lo escuchaban, novedosos integrantes del tramo superior de la pirámide ética humana. No tanto para los políticos y burócratas, especie que habitaría el estrato inferior.
Riesgos y oportunidades de la IA
“Mi única tarea es que no aparezca ninguna ley de inteligencia artificial”, dijo el ministro Federico Sturzenegger en una de las mesas de Davos. Música para los oídos de los tecnólogos que lo escuchaban. La Argentina se propone como el paraíso anómico para las compañías de IA, la pampa fértil para la feligresía dataísta que incubará al “homo deus” que tanto inquieta a Yuval Harari.
En la sala estaba Alex Pentland, director del programa de Big Data del Foro de Davos y autor de Sabiduría compartida, quizás el libro más lúcido para entender la relación de la IA con el futuro de nuestros esquemas de convivencia. Pentland advierte los riesgos de una inercia tecnológica que potencia la polarización y la erosión de los pilares sobre los que se sostiene la armonía de nuestras sociedades. La tecnología, afirma, más allá de una función sustitutiva, debe potenciar las mejores capacidades humanas: la memoria, la deliberación, la cooperación, la confianza. No debe convertirse en una nueva “mano invisible” ni en un “Leviatán algorítmico” sino en una usina de sabiduría compartida.
Un reality en los Alpes
El gran foco de atención en Davos estuvo puesto en la esperada charla de Donald Trump. En las campañas norteamericanas los publicistas políticos suelen preguntar a los votantes con qué candidato se tomarían una cerveza o a cuál le dejarían el cuidado de sus hijos. Si preguntaran a cuál irían a ver en un show de stand up, hasta los demócratas dirían “Trump”. El tipo, admitámoslo, sabe manejar los escenarios.
Los líderes del mundo reunidos en Davos no querían divertirse sino atenuar la extraordinaria tensión con que arrancó el año. Lo más tranquilizador que dijo el presidente estadounidense fue que descartaba el uso de la fuerza para apropiarse de Groenlandia. Desaceleró la loca escalada de las últimas semanas. El Pentágono tomó nota: volvieron a Defcon 4 y los marinos desplegados en buques de guerra por el Ártico supieron que esa noche habría cerveza.
“Estados Unidos es el motor del mundo. Cuando crecemos, crecen todos”, sentenció Trump. Describió su primer año de la actual gestión como la mayor vuelta de campana de la economía en la historia de su país. El acento de su discurso estuvo puesto en la energía (especialmente en el petróleo, su nivel de producción y un precio del galón proyectado a la baja para los estadounidenses), el endurecimiento de la política migratoria, el gasto público (“cortamos 100.000 millones y echamos a 270.000 burócratas”) y el liderazgo en la carrera de la IA.
“Europa cayó en la estafa verde. La cantidad de molinos de viento que tiene un país indica la proporción de dinero que pierde; casi todos los hace China pero no usa ninguno”, contrastó. Asoció lo que juzga como una pésima estrategia económica con la falta de aporte de los aliados europeos de la Otan a la defensa militar (“ellos deben ocuparse de Ucrania, no nosotros que tenemos un enorme océano en el medio”) y dijo que no olvidaría si finalmente no le ceden Groenlandia. “Solo pido un pedazo de hielo. Si hay una guerra, la mayoría de los misiles pasarán sobre la isla”, advirtió.
Bien vale un Nobel
Thomas Friedman, columnista estrella de The New York Times, al igual que Milei en su discurso eligió un ángulo ético para enfocar, en su caso, la actuación de Donald Trump en Davos. Sostiene que el presidente norteamericano puede llevar a su país a una quiebra moral por intentar despegarlo de la escala de valores con que ha sido conducido históricamente.
Friedman describe el pataleo público por no haber recibido el Nobel de la Paz como una muestra de narcisismo exagerado. Resulta llamativo que alguien que desprecia al progresismo woke ansíe un reconocimiento de un comité integrado por miembros de un parlamento con mayoría socialdemócrata. Pero le interesa.
Alguien debería iniciar una campaña pública en Change.org para que el Comité noruego haga una excepción y le conceda una medalla honorífica, como esos Oscar a la trayectoria que la Academia otorga para que los excluidos históricos no se resientan tanto, con la particularidad -en este caso- que contribuiría a la estabilidad mundial. Si se lo dieron en el pasado a personajes como Yasser Arafat -que fue a recibirlo con campera militar y metralleta colgada al hombro-, podrían considerarlo en esta ocasión.
París bien valía una misa; la tranquilidad mundial, un Nobel para Donald.