Pragmatismo u oportunismo: la nueva piel de Milei, entre Maquiavelo y Groucho Marx

Por Hugo E. Grimaldi para LA GACETA

Javier Milei, presidente de la Nación. Javier Milei, presidente de la Nación.
Hace 1 Hs

“Estos son mis principios, y si no les gustan, tengo otros”, ironizaba Groucho Marx. La frase, nacida como gag humorístico, se ha convertido en un retrato perfecto de la política cuando las piezas de sostén se vuelven intercambiables. Javier Milei encarna hoy esa tensión entre la política-ficción del outsider que prometía dinamitar la casta y la realpolitik del Presidente que necesita negociar para gobernar. Su metamorfosis abre un dilema: ¿es virtud saber adaptarse para conseguir resultados o hay allí un defecto subyacente por haber perdido mucho tiempo en la intransigencia?

El tema debe mezclarse fatalmente con las olas políticas que han llevado a la Argentina a su decadencia actual, tras casi un siglo de zigzags. Y ese devenir no ha sido solamente la alternancia lógica entre fuerzas, sino la pulsión de muchos actores de la política, activos y pasivos, por romper todo y empezar de nuevo. El pragmatismo del Presidente puede ser saludable, pero también corre el riesgo de confundirse con oportunismo y en esa frontera difusa, la política argentina vuelve a mostrar que la coherencia es un bien escaso y que el poder, una vez conquistado, tiende a repetir viejos tics autoritarios.

La paradoja es que el realismo en política, cuando se lo ejerce con convicción, puede ser una herramienta de gobernabilidad, pero cuando se percibe como concesión o claudicación, erosiona la credibilidad del liderazgo. Así, el juego institucional se mueve en ese terreno ambiguo entre la necesidad de negociar para avanzar y la tentación de justificar cualquier viraje como realismo. Y allí, aparece el plano de la gente que es capaz de convalidar cualquier cambio solamente porque la corriente o el personaje se ha puesto de moda. Ha sucedido muchas veces en la política argentina que quienes apoyaban hasta ayer se dan vuelta y pasan a ser los difusores de la inestabilidad, para darle inicio a otro período de idas y de vueltas. Dicho de otra manera, a la reaparición del populismo depredador que luego buscará ser reemplazado por un nuevo Mesías.

A un año exacto del Caso $LIBRA, el Presidente no llega virgen a estas instancias porque hay mucho por explicar aún, después de haber revalidado con todas las de la Ley sus políticas y su rumbo en octubre del año pasado. La ciudadanía, que siempre es sabia, la ha dado la oportunidad de tener manejo en ambas Cámaras del Congreso, sobre todo dotándolo de más de un tercio de votos para gambetear cualquier instancia de juicio político y para que los opositores no le volteen los DNU. Así y todo, los números de diputados y senadores le resultan insuficientes –otra genialidad ciudadana– para que per se el mileísmo no pueda sacar las leyes sin apelar a las componendas políticas, tantas veces repudiadas por un Milei menos práctico. Como dicen las abuelas, “tuvo que hocicar” para conseguir los votos que lo encaminen a subir varios escalones ya bastante postergados.

El Senado consiguió darle media sanción con números más que categóricos a una Reforma Laboral que tuvo que ser diseccionada a gusto de quienes ponían los votos. Hubo más de 20 cambios que se aceptaron a último momento y que modificaron el dictamen de mayoría que Patricia Bullrich tenía firmado desde diciembre. Las variantes que se aceptaron (o concesiones por votos, como se quiera mirar) implican para el Ejecutivo rediseños presupuestarios, a partir de reparto de Ganancias hacia provincias y beneficios a gremios y empresas en relación a los aportes, una menor presión sobre las obras sociales sindicales y patear para adelante (a junio, en principio) el nuevo fondo de indemnizaciones similar al de la UOCRA.

No obstante, no todo es oro lo que reluce, ya que algunos puntos amenazan con cruzarse en Diputados cuando se trate la modernización del tema laboral, entre ellos las licencias por enfermedad o el costo de la atención por parte de las empresas de un empleado en esa situación. El oficialismo ya ha dicho que pretende tratar todo en un Plenario de Comisiones el miércoles próximo y que no va a aceptar cambios, lo que pararía la Ley porque debería volver al Senado. Está claro que en esa necesidad de avanzar se pueden negociar modificaciones en la reglamentación. Pragmatismo puro.

También fue aprobado en Diputados un primer escalón para tener un nuevo régimen penal juvenil con edad de imputabilidad hacia la baja y el Acuerdo Mercosur-Unión Europea, aquí con una división monumental del peronismo que dejó aislado especialmente a los bonaerenses. En el agrande político que sintió el oficialismo, todo esto aceleró la agenda de temas a tratar en las dos cámaras en lo que queda de las Sesiones Extraordinarias. La Ley de Glaciares, por ejemplo, un instrumento que las provincias con fronteras andinas quieren obtener para mejorar la llegada de inversiones extranjeras directas, en el área minera sobre todo.

Si lo laboral puede servir para dinamizar el empleo y el nivel de actividad, para forzar aún más el eventual deseo inversor debería encararse de inmediato lo tributario, aunque todo indica que para el resto del año no habría una Ley abarcativa, salvo pequeñas acciones puntuales. La ultranecesaria Reforma Previsional quedará finalmente para 2028, ya que en un año electoral será imposible encararla. Habrá espacio probablemente para una Reforma Electoral que habrá de ser mirada con cuatro ojos y una nueva Ley de Financiamiento para las Universidades.

El Gobierno encontró esta vez en su Mesa Política una gran ayuda, debido al orden que se autoimpusieron los archirrivales de la interna, Karina Milei y Santiago Caputo, y a toda la experiencia puesta sobre la mesa sobre todo por Bullrich. Codo a codo. Ambos vigilaron el paso por el Senado de la Reforma Laboral y seguramente lo seguirán haciendo cuando pase por Diputados, aunque sus diferencias de fondo estén por otro lado: en la Justicia y en los Servicios de Inteligencia.

En paralelo, la cuestión cambiaria sólo le da buenas noticias al dúo Milei–“Toto” Caputo. Más allá de lo errático que están los mercados internacionales por el lastre que significa Donald Trump, con devaluaciones del dólar frente al yuan, la libra, el yen o el euro, la Argentina valorizó su peso y el riesgo-país viborea ahora en los 500 puntos básicos, mientras que el Banco Central compra dólares y suma Reservas, más de U$S 2 mil millones en lo que va del año.

Lo que parece jugarse hoy en materia política en la Argentina es la diferencia entre flexibilidad y acomodamiento, entre adaptación y renuncia. Y allí se abre la pregunta de fondo: ¿puede un proyecto que nació como ruptura sostener su identidad sin caer en la lógica de ser o representar “lo mismo de siempre”? En ese aspecto, la frase de Groucho funciona como caricatura del oportunismo político. Pero si se la pone en sintonía con Nicolás Maquiavelo, quien parece que se resiste a morir, la ironía se vuelve reflexión: en “El Príncipe”, el florentino defendía que el gobernante debía estar dispuesto a usar cualquier medio para conservar el poder y garantizar la estabilidad. Allí nació la idea de que “el fin justifica los medios”.

El pragmatismo puede ser saludable, pero también corre el riesgo de confundirse con oportunismo. En esa zona gris, la política argentina vuelve a mostrar que la coherencia es un bien escaso y que el poder, una vez conquistado, tiende a repetir viejos tics autoritarios. En realidad, la política toda es un ecosistema darwiniano: no triunfa el más fuerte sino el más apto para adaptarse, donde la astucia vence a la fiereza y el liderazgo se convierte en un organismo compuesto de convicción, cálculo y flexibilidad. Milei, quien se presentó como depredador solitario, ha empezado a mutar en un animal político que negocia para sobrevivir.

La cuestión es si esa mutación lo convierte en especie dominante o si va a ser una variante domesticada de lo mismo de siempre. En política, como en la naturaleza, la adaptación asegura la supervivencia, pero eso no garantiza la autenticidad. Porque cuando los principios se vuelven intercambiables, finalmente la supervivencia deja de ser una virtud y se convierte en caricatura. Groucho lo dijo como chiste y Maquiavelo como doctrina y hoy, Milei –a prueba y error– parece moverse entre ambos.

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