La autora de estas memorias quizás sea una de las últimas artistas renacentistas, aquellas y aquellos para quienes no existían límites entre las artes y el conocimiento. Hija de la posguerra y del “baby boom”, cuando el mundo resurgía de sus cenizas y todo estaba por hacerse, desde pequeña tuvo muy claro su deseo de experimentar, conocer, pensar, escribir, crear, mientras leía como una poseída a Lewis Carroll, Baudelaire, William Blake, Rimbaud o la Biblia, los nombres que le abrieron las puertas a su propia percepción poética del mundo que le tocó vivir.

Dueña de un impulso que la habitó desde siempre y que ella define como su “joroba rebelde”, “tan repulsiva como necesaria”, abandonó la casa paterna, luego de dar en adopción un bebé no deseado, rumbo a Nueva York, con el propósito claro de convertirse en artista. Su encuentro con Robert Mapplethorpe, al que homenajeó en Éramos unos niños, fue el big bang de un movimiento contracultural surgido al calor de la Guerra de Vietnam que tuvo al Hotel Chelsea y al bar CBGB como epicentros, donde veremos aparecer nombres como los de William Burroughs, Allen Ginsberg, Sam Shepard (su pareja por esos años y quien la impulsó a animarse a los escenarios) o su admirado Bob Dylan. Un movimiento que se propuso fundir poesía y rock, del que ella fue su madrina indiscutida.

Su primer disco, Horses, un debut tan explosivo como la corriente de libertad juvenil que expresa, le valió un lugar en la cultura norteamericana, junto con el rock and roll, el jazz, el expresionismo abstracto y los beatniks, la gran contribución de EE.UU. a la cultura occidental, y con el que comenzó las giras, en una de las cuales conoció al amor de su vida, el músico Fred Sonic Smith, con el que se casó y tuvo dos hijos.

Escrito con una prosa deslumbrante, bajo la tutela de los poetas que la formaron, e ilustrado con bellísimas fotos (algunas de las cuales le pertenecen), resulta el legado perfecto de una artista que sobrevivió a muchos de su generación, diezmada por las drogas y el sida. Un legado dedicado a su generación, la que creció en las calles, se curó con remedios caseros, se educó en el temor a Dios, leyó a los clásicos y fue libre hasta lo impensado, y para el mundo del futuro, donde la naturaleza será reemplazada por un holograma y la libertad será una palabra desconocida, de parte de una creadora que vivió el arte y el amor a sus prójimos como lo único valioso y digno de resguardar.

© LA GACETA - MARÍA EUGENIA VILLALONGA