La sucesión de tormentas desde mediados de enero va configurando un escenario inquietante, que repite las emergencias de cada año en esta provincia de veranos pasados por agua. Hoy se da cuenta de las familias evacuadas en el barrio Las Piedritas (Banda del Río Salí), en Aguilares, Villa Chicligasta y Atahona; de cinco personas fallecidas al ser sorprendidas y arrastradas por las aguas mientras pescaban en las últimas dos semanas; una tragedia vial a causa del hidroplaneo de un auto en la ruta 303 en Los Ralos; y de la destrucción de 200 metros de la ruta 321 en Lules. Hubo lamentos de los vecinos de las zonas anegadas, críticas de la oposición y aseveraciones oficiales de que gracias a los trabajos de limpieza de canales y del plan Prelluvia las cosas no fueron peores. Pero todos prenden velas, porque siguen las lluvias –“llovió sobre mojado”, dijo el meteorólogo Cristofer Brito- y eso significa que en suelos saturados el agua se va a desbordar rápidamente.

Lamentos y explicaciones

Dos declaraciones de víctimas muestran las consecuencias: “Cuando uno se ve rodeado de agua no sabe para dónde ir ni qué hacer” (Lilia Leguizamón, señora de 72 años de Los Gómez); “Te quedás mirando lo que quedó y no sabés por dónde empezar” (Abril, vecina de  la localidad de Manuel García Fernández). Los vecinos recuerdan que ya hubo anegamientos y entienden que ahora hubo lluvias extraordinarias -130 mm o 200 mm en poco tiempo- a lo que se añaden desagües obstruidos o cerrados, canales desviados para cultivos y ocupaciones irregulares. Sobre las lluvias extraordinarias se apoyan las autoridades para dar a entender que la emergencia era imprevisible y sostener las bondades de lo que se ha venido haciendo. Ya sea el plan Prelluvia, ya sea el dron de vigilancia denominado “Ojo de Halcón”, que permite monitorear el cauce del río en Banda del Río Salí; ya sea las mediciones del suelo con el sistema Lidar en Concepción.

Pero siempre hay que prender velas con respecto al agua. El mismo intendente de la Banda del Río Salí, Darío Monteros, criticó la proliferación de loteos y de asentamientos irregulares en zonas inundables, con lo que se reconoce la imprevisión en la planificación urbana. La intendenta de Lules, Marta Albarracín, directamente reclamó “obras definitivas” –defensas de hormigón, gaviones, muros de contención y encauzamiento técnico del río- y recordó la extensa emergencia de marzo de 2015 cuando se rompió la ruta 321 en dos partes en la Quebrada de Lules y se partió el puente sobre la ruta 301. “El río busca recuperar su cauce natural”, dijo.

El desastroso 2015

Precisamente en ese marzo de 2015 –cuando llovió todo el mes, se destruyeron puentes como el de Los Alisos; se formaron barrancas en la ruta 336 en Burruyacu y quedaron casas al borde del río Muerto en El Corte- la sociedad debatió a fondo sobre por qué los pueblos se inundan. Hubo 10.000 personas afectadas entonces. Se detallaron varias causas: 1) Faltan obras nuevas y de mantenimiento en desagües y cauces de los ríos. 2) Deforestaciones: “son responsables del 70% de las inundaciones”, dijo Juan Sirimaldi, entonces director del agua. A esto se sumaba la extracción de áridos. Precisamente sobre este tema el biólogo Juan González propone revisar de modo integral la forma en que se extraen áridos en Lules. 3) Desorden territorial: construcciones sin planificación. 4) Falta sistema de alerta. 5) Tucumán no hace un seguimiento del clima y la actividad de cada una de las cuencas.

Memoria corta

El ingeniero experto en hidráulica Franklin Adler citó ese año al ambientalista Antonio Elio Brailovsky para hablar de la “construcción social del desastre” y especificó: “se impermeabilizan los suelos, se construye y urbaniza en lugares inundables y se desforesta irresponsablemente. No hay planificación. Después viene la supuesta catástrofe, lloramos y nos olvidamos. Porque tenemos la memoria corta. No creemos que nos vuelva a pasar”.

Efectivamente, dos años después, en abril de 2017, ocurrió la catástrofe de La Madrid, pueblo que fue tragado por el agua. Entonces se formó una gran comisión multidisciplinaria para hacer un diagnóstico de lo sucedido y se recomendó un plan hidrológico integral. Apenas se hizo algo sobre la cuenca del río San Francisco (que era el que, por haber sido desviado, se había combinado con el Marapa para inundar La Madrid) y todas las ideas quedaron en la nada.

Uno tras otro, al olvido

Así ocurrió a lo largo de los años. En 1993 se había hecho un estudio similar con proyectos de ejecución cuando era vicegobernador Julio Díaz Lozano, que proponía realizar obras por $1.130 millones en 20 años. Quedó en el olvido. A comienzos de los 2000 se hizo una investigación multidisciplinaria para las cuencas  de los ríos Medinas, Gastona y Marapa, presentada ante el Consejo Federal de Inversiones, contó en 2015 el geólogo Luis Suayter. No se avanzó. Hubo dos estudios de la UNT sobre la sobreexplotación de áridos en el río Muerto. Hubo hace un lustro y medio un gran estudio multidisciplinario DAMI de desarrollo de áreas metropolitanas de Tucumán (financiado por el Banco Interamericano de Desarrollo para seis regiones argentinas) que analizaba qué hacer en la montaña y la yunga tucumana. Quedó guardado.

Se hicieron obras, siempre en varias partes, pero inconexas de un plan maestro y siempre como respuesta a emergencias. Nunca se hacen y ejecutan planes integrales. No hay coincidencia entre los técnicos y científicos que tienen mirada amplia y larga y los políticos que tienen la presión de la emergencia y de la obra que se ve. Ni interacción amplia entre lo público y lo privado. En 2015 el ingeniero Antonio Roldán dijo que “Tucumán no sabe lo que pasa y no sabe qué hacer con el agua”.

En una carta de ese marzo de 2015 el ingeniero Rolando Riera recordaba que había organismos y leyes específicos: “ya hay un comité de cuenca; una ley de Bosques (6.292); una de suelos (6.290); de Recursos Hídricos (7.136 y 7.140) y de Medio Ambiente (6.353)”. Y añadía que dentro de la “Ley de Murphy” estaba la “Ley de Soper, que dice que cualquier organismo gubernamental que se crea para incrementar la eficiencia, inmediatamente se hace indistinguible de su predecesor”.

Como señala Adler, hay varios años en que no pasa nada y de repente, cada tanto, vuelven las lluvias salvajes. El río recobra la memoria y se lleva puestos las cosas y los sueños de la gente.