Desde hace décadas, y a través de distintos gobiernos, las inundaciones vuelven a instalarse como el eje de una discusión vieja, estéril y nunca resuelta en la provincia de Tucumán. Cada verano, la política parece frotarse las manos: de un lado, la puesta en escena de la solidaridad; del otro, la autocrítica discursiva. Dos actitudes que deberían ser permanentes, pero que aquí se activan solo cuando el agua ya se llevó todo. Incluso, en muchos casos, hasta la vida misma. Durante cinco años trabajé en el Ministerio de Desarrollo Social de la provincia asistiendo a damnificados. Colchones, chapas y alimentos que entregábamos un año eran arrastrados por el mismo río al siguiente. Esa experiencia deja una enseñanza clara: el Estado provincial aún no comprende que el asistencialismo es un parche obligatorio en la emergencia, pero jamás la solución de fondo. Desde la vereda opositora, la crítica por la falta de inversión y de obras estructurales es real y atendible. Sin embargo, el discurso sin acción termina siendo otra forma de omisión. Señalar responsables sin impulsar soluciones concretas es parte del mismo problema. Mientras tanto, vemos diputados y ex funcionarios del interior, hoy alineados con el Gobierno nacional, sacándose fotos en zonas arrasadas por el agua. Gestos que conmueven por un instante, pero que no se traducen en políticas públicas duraderas. Nunca leí un proyecto serio de inversión que apunte a terminar con este conflicto estructural que padecen miles de tucumanos. La tragedia se repite y los responsables, de uno y otro lado, ya fueron elegidos. Lo que falta no es diagnóstico ni sensibilidad ocasional. Lo que falta es decisión política para dejar de administrar la catástrofe y empezar, de una vez por todas, a prevenirla.
Williams Rodrigo Fanlo Llanos
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