Tucumán es conocida como “El Jardín de la República”, con tal mote, resulta un poco contradictorio ver pocos árboles y vegetación urbana. También la realidad no acompaña al apodo. “El tema central de mi proyecto  de investigación tiene que ver con evaluar distintas estrategias para recuperar bosques ribereños, que son los que se desarrollan alrededor de ríos y arroyos o de otros cuerpos de agua”, contó en LG Play Edgardo Pero, doctor en Ciencias Biológicas.

Resulta al menos curioso que el especialista se refiera a una recuperación forestal en “El Jardín de la República”. Así como el científico tucumano intenta resolver un problema generado, el plan de poda responsable encarado por la actual intendencia de Rosana Chahla busca revertir años de falta de mantenimiento. También en las veredas tucumanas hay descuido; ya es un problema. Las acciones para que la situación no crezca a escalas exponenciales, no dependen solo de las autoridades, los ciudadanos también pueden aportar desde las veredas de sus hogares.

“Los tucumanos cada vez están incorporando más plantas a sus viviendas”, reconoce la arquitecta Graciela Gómez. La también paisajista fue Directora de la Escuela Municipal de Jardinería “Carlos Thays” dependiente de la Dirección de Espacios Verdes de la Municipalidad de San Miguel de Tucumán. Su ojo adiestrado indica esperanza que el entorno mejorará a futuro. “Esta ciudad debería tener en cuenta cada vez más el uso de plantas para reducir las altas temperaturas y volver a ser ‘El Jardín de la República’. Es incorporar la naturaleza en las calles, en los parques y en todos los espacios libres. Contribuiría a que las personas vivan más saludables mental y físicamente”, aseguró la docente jubilada.

Con su planteo es que los tucumanos pueden tomar un rol activo y dejar la pasividad de contemplar cómo las grúas elevan a las alturas a los podadores que forman parte de las cuadrillas del plan. ¿De qué manera? Los cercos vivos pueden ayudar. Sí, desde cada hogar el aporte puede mejorar una situación que a futuro parece dramática. Reemplazar o combinar las tapias con plantas y árboles aportaría una gran dosis de solución. “Los cercos vivos pueden estar formados por arbustos y enredaderas. Se pueden usar: Eugenias, Photinias, Durantas, Olea Texano, Buxus, Crataegus, Ligustros, Lantanas, Jazmines Amarillos, Jazmín del Cielo o Plumbago, Coronas de Novia”, detalló Gómez.

Todo dependerá del lugar y espacio disponible en el terreno a usar. “Las enredaderas, como por ejemplo, Vigna Caracalla, Jazmín Chino, Maracuyá o Pasionaria, Bignonia naranja, Clarín de Guerra… hay una magnífica variedad”, remarcó la especialista.

En cuanto a los costos, puede pensarse que levantar un muro de ladrillos y cemento o un enrejado es caro y un cerco vivo más accesible económicamente. “Todo va a depender del lugar, del espacio y de las plantas a utilizar”, explicó Gómez. La lectura entre líneas es que la opción menos costosa puede amoldarse a cualquiera de las dos versiones, pero la del cerco vivo es la que generará el plus de beneficio a la comunidad.

Los cercos vivos en zonas urbanas generan una regulación térmica porque en plena ciudad, donde el pavimento arde, un cerco vivo actúa como un aire acondicionado natural y funcionan como filtro de contaminación gracias a las hojas que purifican el aire que entra a las casas.

Los desafíos

Tanto un muro como un cerco vivo deben ser mantenidos, pero la complejidad es lo que los diferencia. A una pared se la pinta cada tanto, el cerco vivo requiere poda, riego y fertilización; una atención constante. Además para mantener la armonía, no hay que descuidar una posible invasión a la vereda de un vecino. El análisis del espacio también es clave en la convivencia porque las raíces pueden entrar en conflicto con tuberías, cables subterráneos o levantar baldosas si no se elige la especie correcta.

Los cercos vivos son más fáciles de gestionar en zonas rurales, pero son más necesarios en la ciudad por sus beneficios ambientales pero, requieren una elección de especie mucho más estratégica que sea de crecimiento lento, raíces no invasivas y resistente a la polución. 

Ese conjunto de aspectos negativos forman parte de la respuesta de porqué se ven tan pocos cercos vivos en la ciudad, pero el principal está en las condiciones climáticas tucumanas. Tucumán tiene un clima subtropical con estación seca, lo que significa que en verano la combinación de humedad y calor hace que las plantas crezcan a una velocidad increíble. Con el calor y la humedad de enero, una planta que se descuida dos semanas se convierte en una selva. Esto requiere una poda mucho más frecuente que en ciudades más secas o frías.

Puede parecer que con un cerco vivo se resigna seguridad, pero se puede tener una reja y, del lado de adentro, un cerco verde que sobresalga apenas. Lamentablemente, en muchas zonas urbanas de Argentina se prefiere el muro sólido o la reja con visión clara por una cuestión de seguridad, evitando que el cerco sirva como "escondite" o punto ciego. Otro dato clave para tener un cerco vivo en Tucumán hay que tener en cuenta que necesitará riego artificial. Un sistema por goteo que sea sencillo ayudará a que en los meses de agosto y septiembre, cuando el aire es muy seco y el sol ya empieza a “pegar”, el cerco se mantendrá verde mientras el resto de la ciudad se vea gris.