Paz Juárez tiene 18 años, vive en Córdoba y decidió hablar de algo que casi siempre se esquiva: la adicción al consumo de pornografía. Todo empezó en su propia escuela secundaria, cuando notó que muchas conversaciones entre compañeros terminaban en comparaciones sexuales, rumores, imágenes que circulaban y vínculos atravesados por expectativas irreales.
“Lo veía en los diálogos, en cómo se hablaba de las relaciones y en la presión constante sobre los cuerpos”, recuerda en diálogo con LA GACETA. Los síntomas aparecían silencios incómodos, vergüenza y formas de vincularse que impactaban de lleno en la salud mental. “Ahí me pregunté si, con la edad que teníamos, todavía podíamos crecer, cambiar y salir de eso”, cuenta.
Con apenas 16 años decidió hacer algo. Se formó con psicólogos, aprendió a investigar datos oficiales y diseñó una charla de concientización pensada específicamente para adolescentes. La llevó a escuelas secundarias de Córdoba y el impacto fue inmediato: ya pasó por más de 40 instituciones.
El icebreaker: fotos, risas y una pregunta incómoda
La charla no buscaba moralizar. El clima se construyó desde el primer minuto. Paz empezaba con un icebreaker: mostraba fotos de modelos conocidas y pedía que digan sus nombres. Los chicos se reían, jugaban y competían. Hasta que aparecía el quiebre. “Cuando se dan cuenta de que conocen a todas, surge la pregunta: ¿qué nos está pasando?”, explica.
El humor inicial dio paso al silencio. Muchos chicos reconocieron en voz alta: “Me sé todos los nombres, me parece que tengo un problema”, cuenta que le decían. A partir de ahí aparecieron relatos sobre miedo, vergüenza y primeras experiencias atravesadas por expectativas irreales. “Las mujeres casi nunca se reconocen como consumidoras, pero sí como afectadas: por la presión sobre el cuerpo, las exigencias y los vínculos desiguales”, señala.
De una charla individual al impacto colectivo
Con el tiempo, Paz entendió que el problema —y también la solución— excedían una sola voz. “Yo sola yendo a colegios no alcanza. No quiero quedarme con el micrófono ni personalizar una problemática colectiva”, explica. “Quiero formar a otros jóvenes para que hablen desde sus provincias, con sus realidades y sus tonadas”.
De esa decisión nació Altavoz, un programa federal que busca multiplicar voces jóvenes en las aulas. Mientras cursa el ingreso de abogacía, Paz cruza militancia y formación académica. “Veo una falta de datos, de regulación y de contención para las juventudes en una era hiper tecnológica. El derecho me permite pensar estas discusiones desde otro lugar”, dice. Y repite una idea que guía el proyecto: jóvenes formados son voces conscientes.