85.000 personas pueden impulsar a un equipo completo. También pueden callarse de golpe, y 85.000 en silencio no es cosa fácil para los 11 en la cancha. River vivió esa sensación en carne propia. El Monumental llenísimo, las expectativas altísimas, un arranque del torneo con sonrisas… y, de golpe, un 4-1 en casa que dejó a todos los hinchas (y al fútbol argentino) en shock.
Ese es el punto exacto en el que River se encuentra hoy. Un presente sensible, incómodo, con la presión de siempre y con una particularidad que lo vuelve más difícil de procesar. El club parece caminar por una autopista hacia el futuro, con anuncios de elite. De a ratos parece el Manchester City. El equipo, en cambio, está enredado en su propio laberinto. Esa distancia se nota demasiado.
La gestión nueva llegó con bombos y platillos. Stefano Di Carlo asumió en noviembre y la institución se movió rápido. Se anunció el techado del Monumental. Se avanzó con contratos por el nuevo naming. Se cerraron acuerdos millonarios por años para recitales. En ese plano, River da la impresión de estar a nivel de los grandes clubes europeos, con ingresos gigantes, con gastos gigantes, con planificación gigante. La estructura entusiasma y alimenta un orgullo que no depende de un resultado del fin de semana.
El problema es que River se mide con otra vara cuando rueda la pelota. Y ahí, el arranque del Apertura 2026 jugó con los nervios de todos. Primero, el alivio. Dos triunfos para empezar, ante Barracas Central y Gimnasia. Un inicio que fue un guiño coqueto. El equipo había empezado ganando y eso, en Núñez, siempre funciona como anestesia. Había felicidad y ganas de creer que el año venía con un giro.
Cuesta abajo
Después vino Tigre y lo rompió todo.
La goleada 4-1 en el Monumental fue una derrota dura y, además, una escena que pegó como un trauma porque ocurrió donde más duele, en casa, con más de 85.000 testigos. River tuvo chances, desperdició muchas posibilidades y el partido que en la previa parecía un trámite se convirtió en una piña directa al ánimo. Tigre lo jugó de manera perfecta. Pegó temprano y pegó seguido.
La noche dejó un mensaje que nadie quería leer y dejó a Marcelo Gallardo de nuevo con la sensación de cuerda tirante que acompaña cada tropiezo.
Esa goleada también reabrió una vieja herida. La falta de gol y cifras que pesan porque reflejan una tendencia. Facundo Colidio llegó a 23 partidos consecutivos sin convertir, con su último tanto el 19 de julio en el 4-0 a Instituto. Maximiliano Salas arrastra 12 encuentros sin festejos desde su gol del 2 de octubre a Racing. Sebastián Driussi acumula 14 partidos sin goles y su última conquista fue el 21 de agosto ante Libertad por la Libertadores. Agustín Ruberto volvió a sumar minutos oficiales tras una lesión grave y sus ingresos dejan una incógnita instalada, ligada a una decisión que Gallardo sabe que no puede patear mucho más. ¿Tiene que sostener a los habituales o debería apostar por la juventud?
En La Paternal, River volvió a perder 1-0 con Argentinos Juniors y la semana terminó de torcerse. El análisis de ese partido ya existe y está sobre la mesa. Lo que importa para el panorama general es lo que dejó a la vista. Otro golpe seguido y un cierre todavía más amargo por la expulsión de Gallardo, que se fue por gestos al árbitro Andrés Merlos. Para colmo, Juan Carlos Portillo se lesionó apenas entró y dejó una impotencia que se siente peor que la derrota.
Cuando el partido terminó, Juan Fernando Quintero tomó el micrófono otra vez. Y puso palabras a un clima que se venía cargando, otra vez. “Tenemos que hacernos cargo nosotros de lo que es dentro del juego. No hay más palabras”, dijo. Después fue directo al hueso. “El DT siempre nos exige, ya es la segunda fecha que perdemos, en River no puede pasar esto”, cerró.
En Nuñez, cuando un referente repite ese tipo de frases, el equipo siente el peso multiplicado. Porque se trata de un club donde el diagnóstico se discute y se amplifica. Y porque, además, este presente viene con arrastre.
El 2025 terminó mal. Racing eliminó a River en octavos del Clausura y fue una salida con olor a final anunciado. En ese momento, el equipo estaba en una zona gris. Con un pie afuera de la Libertadores y con una calculadora que marcaba un camino estrecho. El giro llegó con la típica crueldad que solo el fútbol puede dar. Antes de esos octavos, River dependía de sí mismo para clasificarse al torneo continental, aunque con una condición extrema, tenía que ser campeón. Con la eliminación, la clasificación quedó atada a un resultado ajeno. Necesitaba que Argentinos, Boca o Lanús ganaran el Clausura. Lanús y Argentinos quedaron afuera rápido. Todo terminó dependiendo de Boca. Racing también eliminó a Boca. Y ahí se cerró la historia.
River no clasificó a la Libertadores 2026. Para un club con tanta historia y cuatro copas en la vitrina, fue un golpe enorme, un papelón difícil de disimular. La Sudamericana apareció como premio consuelo pero deja gusto a poco en un club acostumbrado a mirar más arriba. A todo esto, River venía de un 2025 con Mundial de Clubes, con participación como uno de los dos argentinos presentes junto a Boca. La experiencia fue mala en resultados, eliminado en fase de grupos, aunque el hecho de estar ahí también tiene su valor. Ese contraste queda instalado. Un River con vidriera global y, en lo local, un recorrido que se va deshilachando.
A ese cierre se le suma otro golpe previo. La Libertadores 2025 también terminó con eliminación, a manos de Palmeiras en cuartos de final. Después de eso se dijo de todo sobre Gallardo. Rumores de salida, versiones de desgaste, de “cama” por parte de los jugadores, la idea de que cada derrota lo deja al borde, y así, infinidades de declaraciones. Gallardo sigue. Se mantiene firme. Y cada partido que se pierde vuelve a poner sobre la mesa la misma pregunta. Cuánto aguante queda para derrotas así.
Llegadas y salidas
En el medio de ese clima, el mercado de pases intentó dar una señal. River eligió una línea de "calidad" por sobre "cantidad" con cuatro refuerzos (por ahora), muchas salidas y limpieza en un plantel que ya lo pedía. La inversión hasta ahora suma U$S 8 millones. Medio millón como cargo por el préstamo de Fausto Vera. Siete millones por la compra del pase de Aníbal Moreno, con contrato hasta diciembre de 2029. Medio millón como cargo por la cesión de Matías Viña desde Flamengo, con vínculo hasta diciembre de 2026 y opción de compra que puede volverse obligatoria según objetivos. Kendry Páez llegó como operación fuerte por su nombre y por su potencial, a préstamo desde Chelsea por 18 meses, sin cargo y sin opción de compra, con derechos de vidriera y con chance de repesca para el club inglés en junio de 2026. River, por esa llegada, no pagó un gasto directo.
La dirigencia, además, imaginó un rango de inversión mayor para el semestre. Se habló de gastar entre 20 y 25 millones en refuerzos. Por eso aparece otra idea alrededor del club. Todavía hay margen para sumar. Hay una estrategia para estirar la ventana hasta el 10 de marzo si se libera un cupo. Se mencionan opciones vinculadas a la Reserva para liberar ese espacio, como Agustín De La Cuesta y Juan Cruz Meza. En ese plan, la búsqueda apunta a un futbolista atrevido, capaz de romper líneas, que pueda darle desequilibrio en los últimos metros a un equipo que viene sufriendo la ausencia de un nueve de área y, al mismo tiempo, arrastra una sequía larga en sus atacantes. Ahora está sonando Edwuin Cetré. ¿Será?
Eso convierte al presente en un rompecabezas con piezas que no terminan de encastrar. El club se mueve como un gigante y se proyecta con obras y acuerdos millonarios. El equipo empezó ganando y pareció tomar carrera. En una semana, dos derrotas seguidas lo dejaron golpeado.
El Apertura recién empezó. Aun así, la urgencia está instalada porque River vive de otra manera. Vive con una exigencia que no espera, vive con un estadio lleno que aguanta con 85.000 personas todos los partidos... hasta que dejan de aguantar.
En esa dicotomía está la actualidad. El River institucional se expande y se potencia. El River futbolístico busca una versión que todavía no aparece. El tema es que cuando esa búsqueda se hace larga, el club “más grande” vuelve a parecer vulnerable, justamente en el lugar donde se supone que nunca debería serlo. En la cancha.