El sol de la siesta tucumana no tiene piedad, pero para él es solo un compañero más. Mientras algunos están sentados en una oficina y otros descansan, Damián Ovejero ajusta los últimos tornillos de un cielorraso. Sus manos, curtidas por el roce constante con el material, cuentan una historia que empezó hace poco más de una década, cuando su cuñado lo introdujo en el oficio. A los 33 años, su vida es un equilibrio constante entre la cuchara de albañil y la pelota.

Hoy, para llegar a horario, trabajó de corrido hasta las cuatro de la tarde. Su combustible para el entrenamiento fue apenas una pera y dos bananas compradas al vuelo mientras manejaba hacia Villa Alem. "Somos albañiles y si hay que pintar, pintamos. Hay que ganarse la vida en lo que se pueda porque con el fútbol tucumano no se puede vivir", explica. "Si yo no trabajo, no tengo para comer y se me complica para arreglarme con lo que gano en el club. Si bien me ayuda mucho, no llego a completar", suelta con naturalidad. Es la cruda realidad del futbolista amateur que le roba horas al descanso para cumplir con su trabajo y su pasión.

Andamios y botines: el riesgo invisible

La rutina no sabe de treguas. Damián admite que su profesión le juega en contra al momento de entrenar; pasar horas en puntas de pie sobre una escalera de tijera le contractura las piernas. Esa tensión es una amenaza latente. A principio de año, una semana instalando Durlock terminó en un desgarro.

Pese al dolor, faltar a la obra no es una opción. En la construcción, la jornada se cumple o no se cobra. "Lo voy manejando con masajes o algún inyectable para seguir", explica, marcando una brecha de resistencia con los compañeros más jóvenes. Ovejero recuerda con orgullo un sábado donde hizo hormigón a pleno sol hasta las dos de la tarde e inmediatamente después fue a jugar: "Parecía que no había trabajado", dice, subrayando que a un chico de 18 años le costaría mucho más sostener ese ritmo.

De "La Tentación" a la ilusión que no fue

Hubo un tiempo en que la número 5 amagó con serlo todo. Damián salió de "La Tentación", una escuelita de fútbol infantil en la zona del barrio Lola Mora. De allí tuvo un paso por UTA antes de saltar a las inferiores de Banfield, donde vivió dos años el sueño del profesionalismo. Pero el desarraigo y los problemas económicos lo trajeron de vuelta.

“Me fui a Buenos Aires cuando tenía 9 años. Venir de una familia humilde te juega mucho en contra. Hay otros jugadores que tienen más plata, que tienen representante”, recuerda. “Yo me fui solo y me tenía que bancar las comidas, la pensión, todo. Mis viejos hacían lo posible para pagar el lugar y la comida; se hacía difícil y el club tampoco se quiso hacer cargo. Es imposible si el club no te banca todo”, agrega.

El segundo salario

El camino no fue lineal. Hubo momentos en los que la realidad casi lo saca definitivamente de la cancha. “Se me cruzó muchas veces dejar; es más, dejé el año de la pandemia. Yo estaba en Amalia y al año siguiente tampoco iba a seguir”, confiesa. Sin embargo, el llamado de Lastenia lo trajo de vuelta.

“No quería seguir por el tema económico". Pero en esa balanza, el deporte terminó ofreciendo una estabilidad inesperada: "A veces tenés laburo de albañil todo el año, y otras veces tenés dos meses y después estás parado. En cambio, del club vos sabés que tenés tu sueldo seguro toda la temporada". Para Damián, la pelota pasó de ser solo una pasión a ser un trabajo más, el que garantiza el plato de comida cuando la construcción se detiene.

Villa Alem: la estructura de un proyecto serio

Pasó por San Jorge, Amalia, Central Norte y Lastenia antes de llegar a este presente. Hoy, Ovejero viste los colores de Tucumán Central, un lugar donde encontró una seriedad no tan común en la región. "Cuando me llamaron lo pensé mucho porque no sabía con qué me iba a encontrar, pero hoy no me arrepiento. Hay unos dirigentes de fierro", asegura, destacando la gestión de Soledad González.

Su llegada coincidió con una racha de gloria: formó parte del ascenso desde la B de la Liga Tucumana, salió campeón en la Primera División liguista y ahora el equipo alcanzó la final del Regional Amateur. Más allá de los títulos, valora la estructura: "Entrás a la cancha y te da otra sensación por lo linda que está. Detalles como que todos entrenemos con la misma ropa o que haya varios profes, suman un montón; te dan esa impresión de que estás llegando a un lugar en serio".

El ascenso al Federal A representa mucho más que un salto de categoría: es el puente hacia el profesionalismo. "Obvio que se piensa eso. Más de uno desea tener un contrato profesional y, en mi caso, poder dedicarme 100% al fútbol", admite. Aunque en el vestuario no se hable de ello para no romper el clima de humildad, la conciencia de que un contrato les permitiría "sobrevivir un poco mejor" está presente. Es la posibilidad latente de cambiar la escalera por el césped de tiempo completo, aunque solo sea por lo que dure la temporada.

Los cimientos del hogar: familia y formación

Detrás de cada pared levantada y cada pelota despejada, hay un pilar fundamental. Damián comenzó en la albañilería hace una década, por medio de los familiares de su esposa Claudia González. Ella ha sido su sostén absoluto: “Es incondicional, me sigue apoyando hasta el día de hoy con 33 años que tengo”, dice con orgullo.

Cuando el ruido de la obra y los gritos de la tribuna se apagan, aparecen Sol, de 8 años, y su hermana más pequeña Alma, que está por cumplir los dos. Ellas son su norte. Sol practica gimnasia artística en el club y él le marca la cancha: "Primero el estudio, después el deporte. Sacame bien las pruebas y recién ahí vení a gimnasia", le dice, convencido de que la educación les dará a sus hijas las oportunidades que a él le faltaron.

Ese mismo mandato es el que intenta transmitir a los pibes que recién arrancan y ven en la pelota la única salida. Con el peso de quien lamenta haber llegado solo hasta octavo grado, Damián es tajante: "Si no tenés formación, no conseguís laburo. Si sale lo del fútbol, bienvenido sea, pero con los libros tenés algo asegurado".

El sabor agridulce de la final

Damián Ovejero no podrá poner el último ladrillo dentro de la cancha, pero viajará con el grupo para apoyar desde afuera, entendiendo que su obra ya está avanzada. "Me perdí la final de la Liga por una lesión y ahora me pierdo esta por la expulsión", confiesa con una bronca que intenta calmar con los días.

Mañana, sus hombros volverán a cargar bolsas de cemento, pero su mirada seguirá puesta en Catamarca. Porque, al final del día, el fútbol —como la vida— se trata de no dar el brazo a torcer hasta terminar la construcción. O hasta llegar al Federal A.