El valle del Loira (Val de Loire, en francés) fue declarado a principios de siglo Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, que lo definió como "un paisaje cultural excepcional, de gran belleza, de ciudades y pueblos históricos, grandes monumentos arquitectónicos, los castillos, y tierras que han sido cultivadas y moldeadas por siglos de interacción entre las poblaciones locales y su entorno físico". Conocido como el "jardín de Francia", este rincón europeo fue el punto de partida de Charlene Guyonneau. La joven de 20 años viajó desde allí hasta el otro jardín, el de la República Argentina, para maravillarse con los vinos y la cultura de los Valles Calchaquíes.
Hace un año, Charle llegó a Colalao del Valle como parte de una gira de estudio de la carrera de Negocios y Marketing de Vinos de la Escuela Superior de Agricultura (ESA), en Angers. Fueron ocho días que le marcaron la vida. "Viví muchos momentos intensos, una inundación de emociones por la amabilidad y hospitalidad de la gente local, los festivales, los bailes, los regalos. En todos los lugares a los que fui, sentí muchísimo cariño", recuerda en una charla con LA GACETA y confiesa: "Ha pasado el tiempo y sigo nostálgica".
El viaje la marcó de tal manera que sintió la necesidad de eternizarlo. Por eso eligió tatuarse la botella de "Jamás Vencido", el vino que producen Alicia Ortiz y Gustavo Hourcle en Finca Viñas del Chañar, ubicada en el kilómetro 4.314 de la ruta 40: "Siempre quise marcar mi pasión por el vino en la piel, pero quería tomarme el tiempo para expresarlo correctamente y que fuera significativo". "La etiqueta de Alicia y Gustavo proviene de una historia magnífica que todos podemos interpretar a nuestra manera. Para mí tuvo un gran significado en la vida, en el mundo del vino, y fue un poderoso guiño al maravilloso viaje que tuve", agrega.
"Es un lindo tatuaje", dice y revela que su hermana mayor lo ama, que sus amigos están fascinados y que el tatuador se tomó el trabajo de investigar algunos detalles de la etiqueta para que quedara perfecto.
Detrás del viaje de Charlene y sus compañeros a tierras tucumanas hay un entramado de cooperación internacional que comenzó en 2021. Ese año, un convenio entre Tucumán y el valle del Loira habilitó el primer intercambio. Javier Díaz, referente de proyectos institucionales en la Tecnicatura Superior de Enología y Viticultura de Colalao del Valle, explica que los franceses empezaron a llegar en 2023, siempre en marzo para vivir la vendimia local. Los tucumanos, por su parte, viajan en septiembre a la cosecha europea. "Allá nos reciben muy bien y no gastamos un peso", detalla Díaz. La hospitalidad se devuelve acá, gestionando alojamiento gratuito o subsidiado en algunas de las fincas de Colalao.
La sorpresa
La región de donde proviene Charlene es célebre por sus bodegas y por ser cuna de algunos de los mejores blancos del mundo: chenin, sauvignon blanc, sancerre y muscadet. Sin embargo, ella y sus compañeros quedaron fascinados con una cepa autóctona argentina: "Al principio, los vinos tucumanos sorprenden, pero es normal cuando descubrís algo nuevo. Los tintos son muy aromáticos, con taninos hermosos, y combinan perfecto con las carnes asadas que comimos. Pero el torrontés nos impactó por su claridad, era casi como agua. Esperábamos algo simple en boca, pero nos encontramos con una explosión de sabor y dulzor. Realmente lo disfrutamos".
Entre tanta técnica y aprendizaje, hubo un encuentro que no esperaba: la Pachamama. "Me sorprendió mucho", admite. "No sabía nada de esa tradición. Me parece magnífico honrar a la tierra, especialmente con todo lo que tiene para darnos".
Visitó muchas bodegas en Tucumán y hasta se llevó algunas botellas de Altos La Ciénaga para su cava en Francia. Pero lo que más valora no son los vinos, sino un encuentro. "Hablo muy poco español, y aunque nuestro profesor traducía, era difícil. Por suerte conocí a Nicolás Gramajo, un estudiante de enología que se tomaba el tiempo de explicarme todo".
Otro de los aspectos que la asombraron fue la libertad con la que trabajan los viñedos en Tucumán. "Donde yo vivo hay muchísimas reglas para la producción y la vinificación. Acá podamos al extremo", compara. "En Tucumán me sorprendió la libertad que le dan a las vides. A veces se ve muy claramente que la vid es una planta trepadora. Es auténtico; realmente me gusta".
Otro de los aspectos que la asombraron fue la manera en que trabajan los viñedos en Tucumán, tan distinta a la rigurosidad europea. "Donde yo vivo, en Francia, hay muchísimas reglas con respecto a la producción de vino y la vinificación. Todo está medido, controlado, y podamos las vides lo más posible", explica Charlene. Por eso, lo que vio acá la descolocó: "En Tucumán me sorprendió muchas veces la libertad que le dan a las vides. Allá se ve muy claramente que es una planta trepadora, con su forma natural, casi salvaje. Es auténtico; realmente me gusta".
"Los franceses deben descubrir las variedades aromáticas de los Valles Calchaquíes. Los viñedos tucumanos tienen mucho que ofrecer, son muy prometedores. Al tener menos normas cuentan con una diversidad enorme de métodos y enfoques. No hay dos vinos iguales, siempre hay nuevos aromas por descubrir. Los locales maridan sus vinos con una gastronomía maravillosa. Eso enriquece todo", sentencia.