En el Museo Histórico Nacional está el daguerrotipo de Gregorio Aráoz de La Madrid junto a su hija Berenice y su yerno Ciriaco Díaz Vélez. Es la segunda mitad de la década de 1850, poco antes de la muerte, en 1857, del guerrero de la Independencia y las guerras civiles. Felipe Pigna dice es “uno de los personajes más extraordinarios de nuestra historia” y que sus “Memorias” son, junto a las del General José María Paz, una fuente imprescindible para conocer la historia desde la mirada unitaria. Pero el tucumano fue también federal (aunque lo acusaban de federal disfrazado) y vivió una existencia de peleas desde los 17 años hasta los 57. Además se pasó la vida escribiendo su experiencia.
En el prólogo a estas “Memorias” de La Madrid, Carlos Páez de la Torre (h) dice que tuvo una “romancesca biografía”. Era conocido por el modo en que animaba a su tropa, siempre hambrienta y con frecuencia derrotada. En la campaña de La Rioja, en 1840, al ver hambrientos a sus soldados, llama a un par de cantores y les dicta: “Constancia, bravos riojanos,/ que aunque no haya qué comer,/ prometen los tucumanos/ morir todos o vencer”. Y el estribillo: “Siga la guerra,/ truene el cañón:/ pronto tendremos/ Constitución”. En 1841, luego de cruzar la cordillera tras una derrota, lo agasajan en Chile con un baile. Cantan la canción “A la lid”. Las damas que sabían de la inclinación poética del tucumano, le piden un poema. La Madrid improvisa 16 estrofas, que empiezan: “¡Argentinos que os halláis en Chile...”, con versos especiales para el estribillo “A la lid”.
En “De hambre y vidalitas” (27/08/2013) Páez de la Torre recuerda un episodio narrado por Benjamín Villafañe, que era secretario de La Madrid, en la campaña de La Rioja. Iban caminando al frente de la columna. “De vez en cuando oíamos a nuestra espalda gritos como éstos: ‘¡Hambre! ¡Hambre! ¡Empanadas! ¡Arroz con leche! ¡Ricos matambres! ¡Carne con cuero!’... confieso que llegué a temer que apareciera de repente un ‘sálvese quien pueda’ ”, dice Villafañe, que temía que hubiera una sublevación. Añade que La Madrid “caminaba silencioso y triste” y cuando trató de animarlo, La Madrid le contestó: “Déjeme por ahora, que estoy componiendo una vidalita”. Villafañe, estupefacto, se preguntó: “¿Es el general o soy yo quien está loco?”