Mientras continúan los bombardeos diarios de Estados Unidos e Israel, la vida cotidiana en Irán se desarrolla entre el miedo, la incertidumbre y la crisis económica. Desde el Kurdistán iraní hasta el Golfo Pérsico y la capital Teherán, ciudadanos relataron cómo atraviesan la guerra que sacude al país.
Durante toda la semana, reporteros de la Agence France-Presse (AFP) conversaron con iraníes por teléfono, redes sociales o en su llegada a las fronteras con Armenia, Turquía y Afganistán. Sus testimonios dibujan un panorama marcado por la angustia, el encarecimiento de los productos, los cortes de internet y el temor a la represión para quienes critican al gobierno.
Muchos de los entrevistados pidieron mantener el anonimato por seguridad.
Bombardeos cerca de casa
En la ciudad de Bukan, en el Kurdistán iraní, Reza, de 36 años, gerente de un café, describe cómo la guerra llegó literalmente a su barrio.
Según contó, durante dos noches consecutivas ataques israeloestadounidenses destruyeron el edificio de la prefectura y una base del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica ubicada a apenas 200 metros de su negocio.
“Las calles están llenas de escombros de cohetes y restos de edificios destruidos”, relató.
A pesar del peligro, el café sigue recibiendo clientes. “Lo que más me sorprende es que la gente quiere sentarse en la terraza para ver los bombardeos, como si fuera un espectáculo”, explicó.
Reza cree que esa reacción se debe a que en la región están acostumbrados a la guerra desde hace décadas. Además, el país atraviesa el mes de Ramadán y se prepara para la celebración del Nowruz, que tendrá lugar en pocas semanas.
“El verdadero problema es el dinero. Los bancos ya no entregan efectivo y muchas tarjetas están bloqueadas”, señaló. Frente a esa situación, decidió ofrecer café gratis a quienes no pueden pagarlo. “La solidaridad es lo único que la guerra no puede destruir”.
Trabajo paralizado y precios disparados
En el puerto de Bandar Abás, sobre el Golfo Pérsico, la actividad también se vio gravemente afectada.
Mustafa, pescador de 27 años, contó que tuvo que abandonar su trabajo cuando comenzaron a caer misiles cerca del puerto. “La situación no era buena, así que nos fuimos”, explicó.
La crisis económica se agravó con la guerra. Mohammad, de 38 años, empleado de una granja avícola, relató que el precio de productos básicos se disparó. Según indicó, un bidón de aceite pasó de 400.000 tomanes a 2,2 millones en pocos días.
Estrés y miedo en la capital
En Teherán, la vida cotidiana quedó prácticamente paralizada.
Una profesora de 26 años relató que pasa la mayor parte del tiempo siguiendo las noticias y preparando reservas de agua, comida y una bolsa de emergencia.
“Cuando escuchas las bombas, no tienes idea de dónde van a caer”, dijo.
Según explicó, los niños son los más afectados por la situación. “Tienen mucho miedo y no quieren separarse de sus padres. Además, sin internet no pueden ver programas ni jugar en línea”.
El corte de internet se convirtió en uno de los mayores motivos de frustración. Amir, de 40 años, aseguró que la interrupción de la red impide recibir alertas, informarse o comunicarse con familiares.
“Pensábamos que si había guerra se cortarían la electricidad o el agua, pero lo único que cortaron fue internet”, afirmó.
Otros habitantes de la capital describen una ciudad más vacía y con mayor presencia de fuerzas de seguridad. Robert, un empresario de 60 años, aseguró que muchas personas abandonaron Teherán y que se instalaron puntos de control para evitar saqueos.
Tensiones políticas y protestas
El conflicto también profundizó la división política dentro del país, especialmente tras el asesinato del líder supremo Alí Jamenei.
Mahmed, un traductor de 34 años, explicó que en las calles se alternan manifestaciones de partidarios del gobierno y de opositores.
“Algunos días sale un grupo, otros días el otro”, relató.
Celebraciones y duelo en las calles
En Shiraz, al sur del país, un comerciante afirmó que por ahora la ciudad parece fuera del foco de los ataques, que se concentran en bases militares.
Según contó, tras la muerte de Jamenei muchos opositores salieron a las calles para celebrar. Al día siguiente, en cambio, partidarios del gobierno recorrieron la ciudad en caravanas con banderas de la república islámica y banderas negras de luto.
Controles militares y temor a salir
En la isla turística de Kish, la situación también cambió drásticamente.
Un residente adulto explicó que a partir de las seis de la tarde se instalaron controles militares en los que revisan vehículos e incluso teléfonos móviles.
“Por eso mucha gente ya no se atreve a salir. Durante el día solo se sale si es absolutamente necesario o para comprar comida”, aseguró.
En todo el país, los testimonios coinciden en un mismo sentimiento: la guerra ya no es una noticia lejana, sino una realidad que atraviesa cada aspecto de la vida cotidiana.