MISCELÁNEA
ANTIMEMORIAS
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE
(Anagrama - Barcelona)
Con un título que tomó prestado de la autobiografía de Malraux, el alimento fundamental del libro de Bryce Echenique son los recuerdos, es decir, atraer por lo que se evoca, que es aplicar un correcto criterio selectivo, sumado a la calidad con que ello se transmite.
Si esto lo ha hecho un gran escritor, cuya admirable producción suele estimular naturalmente un interés en conocerlo más cercanamente, entonces un texto con semejante nivel se vuelve una prodigiosa invitación a concretar ese objetivo, con el guía más autorizado para conducirnos por los pliegues reales de una vida, los que están antes o después o en el medio de lo literario, que lo trascienden y explican muchas claves que han generado un oficio de escribir. Conformada por crónicas independientes entre sí, que no demandan la lectura lineal o secuencial, la obra en su conjunto recrea episodios de todos los matices imaginables, desde episodios cargados de un delicioso humor, al drama; desde los afanes del novelista peruano por dar con el mot just flaubertiano, hasta sus amores -siempre sorprendentes-, el fervoroso culto de la amistad o a la impresión particular que en un hombre sensible puede suscitar algo aparente, trivial y cotidiano. Todo ello, con los rasgos que son atributos constantes de las Antimemorias, el apasionamiento, la lucidez, la generosidad en el juicio de otros escritores y su perceptible opción por la experiencia vital, que en Bryce Echenique tiene un definitivo valor que la labor intelectual, aun con su importancia, nunca sustituye.
De París a Lima
Hay mucho más en lo que nos regala este también viajero infatigable, que tuvo sólo dos residencias prolongadas, las de París y Barcelona. Su relato de esas etapas, sobre todo la parisiense, nos sitúa -con extraordinaria lucidez- en el escenario que compartió con otros exiliados, continuadores, muchos años después, del clima bohemio y artístico que habían generado en la Ciudad Luz. Figuras de la talla de Hemingway, Pound, Joyce o Gertrude Stein. En los 70 y 80, es el turno de los autores representativos del boom latinoamericano que rápidamente seducen el ambiente cultural de Francia: Cortázar, Carpentier, Carlos Fuentes, García Márquez y sus compatriotas, Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro, este último de significativa influencia en el novelista y quien propició la edición de Un mundo para Julius, la primera novela de Bryce Echenique, que habría de significarle el elogio de la más exigente crítica europea.
De modo que hay en estos dos textos un valor agregado: la posibilidad de asomarnos al universo de otros notables autores, y, finalmente, con el retorno del escritor a Lima, entender a través de su mirada y de la descripción de un fuerte episodio personal el sesgo más tenebroso impuesto por el régimen de Fujimori.
Un arquero del idioma
Bryce Echenique es un gran escritor, lo reiteramos. Podríamos haber justificado esa valoración en su esplendidez técnica, en el perfecto uso del contraste y del ritmo, o en la habilidad para crear neologismos de indiscutible “acierto”, como un infalible arquero del idioma. Pero preferimos decir simplemente que al terminar de leer este extenso libro (más de 600 páginas), se experimenta esa infrecuente sensación de completud que sólo nos han procurado los textos mayores.
(c) LA GACETA
Willy G. Bouillon
Perfil
Alfredo Bryce Echenique (Lima 1939-2026) fue uno de los mayores exponentes de las letras latinoamericanas. Desde la publicación de su primer libro de cuentos, Huerto cerrado, hasta la de clásicos como Un mundo para Julius o Antimemorias, su carrera literaria estuvo plagada de reconocimientos, como el Nacional de Narrativa, el Premio Planeta o el Grinzane Cavour. Fue uno de los escritores más traducidos de habla hispana.