Por Solana Colombres

Para LA GACETA - BUENOS AIRES

-¿Qué te llevó a la literatura francesa? ¿Qué encontrás en esa tradición que sigue interpelándonos?

-Mi acercamiento no fue programático: en Argentina hay una relación histórica con Francia que viene desde Esteban Echeverría o Sarmiento. Antes de que yo la eligiera, esa tradición ya me llamaba. Mi relación con el francés fue difícil: estudié como pude, con altibajos, y pensé que iba a dedicarme a la literatura italiana. Pero alguien me abrió la puerta de la cátedra de literatura francesa y apareció la fascinación. Y también el vértigo: como decía Nicolás Rosa, la literatura francesa es un infierno, vastísima y llena de estados de lengua distintos. Con el tiempo me acomodé en lo canónico, mientras que las nuevas generaciones se acercan mucho a la francofonía, lo cual me parece fantástico. Francia y Argentina siguen dialogando.

-¿Y la lengua? ¿Entraste a ella por su musicalidad?

-Sí. La palabra tiene un poder inmenso. Víctor Hugo lo llamaba “psicagógico”: cura, hiere, transforma. La traducción es justamente estar dentro de la lengua, elegir cada palabra. Ahí la IA tiene un límite: puede imitar, pero reponer la atmósfera del siglo XIX, esa voz decimonónica que busqué para traducir a Charles Baudelaire, requiere subjetividad.

-Hablemos entonces de las Cartas a la madre. ¿Qué encontraste ahí?

-Fue un encargo que impulsó César Aira. Existían traducciones, como la de Ulises Petit de Murat, pero estaban envejecidas: las traducciones caducan. En esas cartas aparece un Baudelaire íntimo: sus más de 40 mudanzas en París, sus deudas, los conflictos con el padrastro -el coronel Aupick-, la censura de Les fleurs du mal, su relación con Jeanne Duval, su amante mestiza, su aislamiento. Y algo extraordinario: su conciencia de obra. Le escribe a su madre: “La posteridad me concierne”. No es vanidad: es lucidez. Hay que sumar el episodio en Constantinopla: Flaubert y Bouilhet le dicen a la madre que su hijo es el escritor más importante de París, y recién ahí ella lo cree. Es conmovedor. Es la lucha eterna entre un creador y la mirada de su familia.

-Y además coincide con las narrativas actuales sobre la madre.

-Totalmente. Hoy proliferan los relatos de filiación: Emmanuel Carrère, Delphine de Vigan, Annie Ernaux, en Argentina María Negroni. Las Cartas a la madre de Baudelaire dialogan con esa tradición. Baudelaire le llega a preguntar a su madre, Caroline: “¿Cómo pudiste casarte de nuevo teniendo un hijo como yo?”. Es literatura y es psicoanálisis: la novela familiar del neurótico.

-¿Qué le diría Baudelaire a un lector joven? ¿Qué vigencia tiene su spleen?

-Muchísima. El spleen es angustia existencial, melancolía, vacío. El tango incluso lo tomó como palabra. Y hoy muchos jóvenes sienten esa deriva. Baudelaire vivió mutaciones enormes en París: los bulevares, el progreso, el periodismo moderno. Como leyeron Walter Benjamin y Siegfried Kracauer, cada cambio trae pérdidas. Hoy lo vemos con la tecnología: cambia cómo leemos, cómo sentimos. No es el spleen exactamente, que es más metafísico, pero genera una inquietud contemporánea. Baudelaire cantó ese pozo interior: dolor y maravilla.

-De ahí a Proust, ¿ves continuidad?

-Sí. Proust escribió un estudio precioso sobre Baudelaire. Ambos venían de familias acomodadas, ambos despilfarraron dinero a su modo, ambos fueron incomprendidos. Proust llega a la gran novela después de fracasar con Jean Santeuil. Y decide escribir siete tomos cuando ya tiene más de 40 años. No era joven, ni para su época ni para la nuestra. Aunque Baudelaire y Proust estén en territorios distintos -poesía y novela- dialogan entre sí. Son dos nombres gigantescos.

-Mencionabas la memoria voluntaria e involuntaria. ¿Por qué creés que esa teoría no se desarrolló más?

-Bergson define la memoria voluntaria: la que busca un dato. Y la involuntaria: la que te invade sin aviso, como un rapto. Proust la transforma en experiencia literaria. Es ascensional, sinestésica, mezcla sensorialidades. En Baudelaire aparece como memoria de los poetas: Gautier, Villon… Él trabaja la tradición y, además, accede a un inconsciente de época. Los grandes poetas tienen un radar lingüístico.

-Hablás del yo. Una de las ideas claves de Proust.

- Para mí es uno de sus grandes descubrimientos: somos múltiples. El yo de hoy no es el de hace diez años. El tiempo nos construye y nos derrumba. ¿Cómo reconocer entonces los yoes del otro? Proust ve eso en los salones, que muchos leen como chismes pero son laboratorios del tiempo. En El mundo de Guermantes y el caso Dreyfus aparece la grieta, los cambios de opinión, la volatilidad ideológica. Todo lo que hoy vemos en redes, ya está ahí. Por eso digo que para entender esas oscilaciones no hay que leer diarios: hay que leer Proust. Lo que me fascina es eso: la conciencia de que estamos siempre a merced del tiempo.

-¿Y cómo fue para vos la lectura de Proust?

-Dificilísima al principio. Abandoné el segundo tomo a los 20 años. No estaba preparado. Siempre digo: si alguien no puede pasar, bienvenido; quizá no es su momento. Después lo leí dos veces, con lápiz, y enseñar Proust fue revelador: uno entiende cuando explica. Roland Barthes decía que Proust es el centro de la constelación literaria francesa. Produce un efecto único: no comprendés el sentido total si no atravesás digresiones, celos, percepciones. El narrador crece y vos crecés con él. Leer siete tomos te cambia

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