El viaje no fue uno más. No tuvo la lógica de una previa, ni la ansiedad de un partido ni la rutina de un entrenamiento. Esta vez, el destino marcaba otra cosa. San Martín salió a la ruta con un objetivo distinto, lejos del resultado y más cerca de lo humano. La Madrid esperaba, golpeada, herida, todavía intentando ponerse de pie después de las inundaciones que dejaron marcas difíciles de borrar.
El camino ya anticipaba el escenario. Sobre la ruta, máquinas trabajaban a contrarreloj para recomponer los tramos más dañados. La circulación era lenta, interrumpida por desvíos improvisados y el barro que aún resistía. A la vera, algunas carpas improvisadas seguían en pie, con familias que todavía no podían regresar a sus casas. No era una postal habitual: era el reflejo crudo de una emergencia que todavía no terminaba.
El reloj marcaba las 16.30 cuando la escena tomó forma. Tres camionetas cargadas con colchones, bidones de agua, elementos de higiene personal e indumentaria aparecieron en fila india e ingresaron a la ciudad. El movimiento era constante, desordenado, intenso. El ir y venir de personas colaborando, organizando y asistiendo tenía un ritmo frenético, casi como el de una zona de guerra. En el centro de todo, la Plaza Congreso, la principal de la ciudad, se convirtió en el punto neurálgico de la ayuda.
Camiones hidrantes, vehículos de bomberos y hasta uno portuario y logístico recorrían las inmediaciones. Todo parecía funcionar bajo una coordinación silenciosa, sostenida por la urgencia. De una de las camionetas descendieron Lucas Diarte, Víctor Salazar junto a su hermano y Gonzalo Rodríguez. Sin camisetas de juego ni botines, pero con la misma disposición de siempre, se metieron de lleno en la situación.
Apenas bajaron, los futbolistas del “Santo” comenzaron a interiorizarse sobre lo que había ocurrido. Escuchaban, preguntaban, observaban. “Se están recuperando de a poco. El agua les llegaba hasta el pecho a varios. Fue muy dramático lo que se vivió aquí”, le contó un vecino a Diarte. El lateral asentía en silencio, con gesto serio, asimilando cada palabra. No hacía falta mucho más para entender la magnitud de lo sucedido.
Minutos después comenzaron a llegar más vehículos. En ellos venían integrantes de la comisión directiva que se sumaban a la movida solidaria. La comitiva estaba encabezada por el Prosecretario Gerónimo García Mirkin y los vocales Agustín Martínez Lozano, Federico Díaz, Matías Pisarello y Javier Jiménez, además del jefe de prensa Sebastián Pisarello. No hubo protocolo ni discursos: hubo acción.
Antes de ponerse a descargar, los jugadores se tomaron un momento. Algunos vecinos, voluntarios y chicos se acercaron para pedir fotos. En medio del cansancio, del calor que había regresado tras las lluvias y de la humedad que se hacía sentir, hubo sonrisas. Fue un pequeño paréntesis dentro de una jornada cargada de emociones.
La llegada del presidente del "Santo"
A las 17, la actividad se intensificó. Hubo corridas de un lado a otro, coordinación para ordenar los elementos y distribuirlos. En ese momento apareció Oscar Mirkin, que se sumó de inmediato a la descarga. Pero antes, protagonizó una escena que resumió el espíritu de la jornada. Junto con el “Tucu” Salazar, el presidente se acercó a un pequeño fanático. “Él juega a la pelota y sueña con ser jugador profesional. Sácate una foto”, le dijo, señalando a Joaquín Torres, de apenas siete años. El nene, atravesado por días difíciles, recuperó la sonrisa por un instante. Y ese instante valió todo.
La sorpresa no terminó ahí. El “Turbo” Rodríguez bajó de una camioneta una camiseta de San Martín. Junto a sus compañeros, la firmaron y también dedicaron una pelota. Joaquín la recibió como un tesoro. En medio del caos, del barro y de la incertidumbre, ese gesto fue un respiro. “Muchas gracias por venir. No saben lo que fue para nosotros recibir esta ayuda”, expresó un vecino, con la voz cargada de emoción, mientras estrechaba manos una y otra vez. No fue el único. Cada gesto, cada bolsa descargada, cada palabra, encontraba respuesta en la gente.
Desde lo deportivo, el plantel vivió una experiencia distinta. Acostumbrados a competir, a medirse, a pensar en el próximo rival, esta vez el desafío fue otro. No hubo táctica ni estrategia, pero sí compromiso, trabajo en equipo y solidaridad. Valores que también construyen identidad.
Promesas
La jornada se fue apagando con fotos grupales, abrazos y promesas. Algunos jugadores se comprometieron a volver, otros a seguir colaborando. Todos eligieron mantener un perfil bajo, sin declaraciones, dejando que los hechos hablaran por sí solos.
Sin embargo, La Madrid seguía mostrando sus heridas. El olor a barro en las veredas sin pavimentar, los charcos en las esquinas y la tierra acumulada en los pisos de las casas eran parte del paisaje. Algunos vecinos trapeaban el agua; otros, resignados, permanecían sentados en la vereda, esperando.
El sol, tímido, trajo algo de calma. Y la visita de San Martín dejó algo más: una sonrisa en medio del dolor. Tal vez momentánea, tal vez insuficiente para todo lo que falta, pero profundamente necesaria. Porque a veces, fuera de la cancha, también se juegan partidos importantes.