El recorrido por La Madrid no terminó en la descarga de donaciones ni en las fotos que, por un instante, rompían la rutina del dolor. A medida que la tarde avanzaba, la escena empezó a llenarse de historias. Algunas aparecían en silencio, otras en forma de relato urgente, como si cada vecino necesitara contar lo que había vivido en estas últimas horas que semejaron ser una pesadilla. Y en ese entramado, la historia de la familia Torres se convirtió en una de las más representativas. El pequeño Joaquín, que minutos antes había recibido una camiseta y una pelota firmada por los jugadores de San Martín, todavía sostenía el regalo como si fuera un tesoro.

Su sonrisa contrastaba con el contexto. “Soy delantero”, dijo, con orgullo, casi marcando territorio dentro de ese mundo que lo golpeó demasiado rápido. Contó que juega, que le gusta atacar y que sueña con transformarse en un futbolista profesional.

“Estoy muy contento por el regalo de los jugadores”, explicó a viva voz, sin soltar la pelota. Pero enseguida, como si la emoción no pudiera ser completa, dejó ver lo que le dolía.

La inundación no sólo arrasó con muebles o ropa. También se llevó recuerdos. “Perdí fotos de mis abuelos”, contó, bajando la voz. Y ahí, en esa frase corta, apareció el peso real de lo que había sucedido en las últimas jornadas.

A su lado, acompañándolo de cerca, estaba su papá, Leonardo Torres. Con 39 años, el rostro cansado y la voz firme, intentaba ordenar una realidad que todavía no termina de acomodarse del todo.

Empleado público, acostumbrado a hacer guardias de 24 horas, explicó cómo la rutina se volvió cuesta arriba. “Nos tenemos que mover para trabajar. Acá en La Madrid no hay muchas oportunidades”, se lamentó.

Su familia también atraviesa ese proceso de reconstrucción. Además de Leonardo, estaba Esperanza, su hija de 10 años, y su madre, una mujer viuda con discapacidad, de quien están a cargo.

FAMILIA. El pequeño Joaquín posa junto a los suyos en La Madrid. Foto de Osvaldo Ripoll/LA GACETA.

“Los chicos viven acá, pero todo se complicó. La escuela también”, explicó Torres. Claro; la normalidad, por ahora, es una palabra lejana.

Aun así, reconoce el acompañamiento. “Estamos recibiendo ayuda constantemente. Nos están dando una mano grande, porque esto fue muy fuerte”, afirmó. Pero enseguida dimensionó lo ocurrido con una imagen imposible de ignorar. “Yo mido más de 1,80 y el agua me pasaba el pecho. Fue impresionante”, aseguró con asombro.

De esa manera, la comparación con la inundación de 2017 surge casi de manera automática. “Aquella fue menos. Esta fue el triple. El agua entró por todos lados; por los cuatro puntos cardinales”, explicó. Y en ese contexto, también aparece una situación que se repite en muchas familias de La Madrid. “La gente ayuda; trae ropa, agua, pero a veces no tenés ni un lugar para guardarla. Estás en la ruta, sin luz, con mosquitos”, agregó con una mueca de resignación y de dolor.

El fútbol como refugio

En medio de todo eso, el fútbol vuelve a aparecer como refugio. “Somos de San Martín. También de Boca por mi papá, pero el ‘Santo’ es muy importante para nosotros. Tengo amigos que jugaron ahí, siempre vamos al complejo. Es hermoso”, contó “Leo” y señaló a su hijo. “Él juega. Le encanta. Lo tuve que llevar a otro lugar porque acá estaba todo inundado. Estuvimos en el techo cuando pasó lo peor”, recordó.

A LA ESPERA. Córdoba se mantiene expectante mientras su familia limpia lo que dejó la inundación. Foto de Osvaldo Ripoll/LA GACETA.

Con la del “Santo”

La historia de “Leo” Torres y su familia no era la única. A unos metros, otra escena sumaba una nueva dimensión a la jornada. Sentado frente a su casa, con una camiseta de San Martín puesta, Ángel Silvestre Córdoba observaba cómo sus familiares intentaban sacar el agua del interior con un trapeador. Afuera, al sol, se acumulaban colchones húmedos, ropa y algunas pertenencias que lograron rescatar.

Tiene 57 años y una vida marcada por el “Santo”. Incluso en medio de la adversidad, se permitió una sonrisa. Entre risas, le pidió una camiseta al presidente Oscar Mirkin. “Soy fanático desde los cinco años”, contó. La frase salió natural, como si el fútbol fuera una constante incluso en los momentos más difíciles.

No llegó a ver de cerca a los jugadores, pero eso no cambió su percepción. “Que vengan a ayudar, aunque sea un ratito, significa mucho para todos nosotros”, dijo. “Como hincha, lo agradezco. Es importante que estén acá”, agregó.

Su vínculo con San Martín viene de la infancia. “Vivíamos en la ciudad y me llevaban a la cancha. Y ahí se me pegó ese amor”, recordó. Pero cuando habla de la inundación, el tono cambia. “Es todo tristeza. Uno pierde todo. La ayuda alcanza para comer, para salir del momento, pero no para recuperar lo que perdiste”, explicó con lágrimas cayendo desde sus ojos.

A su alrededor, la escena era el reflejo de esa frase. Familiares trabajando para sacar el agua, objetos extendidos al sol y el intento de recuperar algo de lo que quedó. “Aprovechamos el sol para secar lo poco que se salvó”, dijo.

La Madrid es eso hoy: una suma de historias atravesadas por el agua, la pérdida y la necesidad de volver a empezar; una vez más.

Algunas tienen al fútbol como hilo conductor, otras no. Pero todas coinciden en algo: el golpe fue profundo, seco y prácticamente demoledor.

En ese contexto, la presencia de jugadores y dirigentes de San Martín no fue únicamente una visita. Fue, además, un gesto que conectó a la institución con su gente desde otro lugar. Fue un contacto más allá de la pelota, de los resultados o de la tabla; y ahí el “Santo” apareció donde hacía falta.