Hay algo que se nos fue perdiendo sin que nadie lo anunciara. No hubo comunicado, ni conferencia, ni mucho menos una ruptura visible. Fue algo más sutil, como una grieta que empieza siendo mínima y, que cuando uno quiere darse cuenta, ya atraviesa todo. El fútbol, ese que aprendimos a amar de la mano de nuestros viejos, ya no se siente igual.
Para muchos, el fútbol empezó en una tribuna. En una tarde cualquiera, con el sol pegando en la cara y la ansiedad de ver salir a tu equipo. Empezó con una mano fuerte que te apretaba el hombro cuando el partido se complicaba y con una enseñanza simple: acá puede pasar cualquier cosa. Y la magia era esa, la incertidumbre.
El árbitro era parte del juego, no de la historia. Podía equivocarse (y lo hacía), pero nadie creía que sus decisiones respondieran a algo más que a su propia mirada, limitada y humana. Pero hoy esa idea está en crisis.
El caso que vuelve a encender la polémica
El 12 de octubre de 2021, Tigre y Mitre de Santiago del Estero empataron 3 a 3 por la Primera Nacional. El árbitro de ese partido fue Luis Lobo Medina, un tucumano nacido en Banda del Río Salí, que por entonces dirigía en el ascenso.
Aquel duelo dejó decisiones discutidas, como la expulsión del defensor del equipo santiagueño, Santiago Corda, en el primer tiempo (por una segunda amarilla que generó cuestionamientos) y también por un penal a favor de Tigre en el complemento, por una infracción que distintos análisis posteriores consideraron inexistente. Ese penal fue convertido por Pablo Magnín y resultó determinante en el resultado.
Semanas más tarde, Tigre iba a conseguir el ascenso a la máxima categoría de nuestro fútbol.
Durante mucho tiempo, lo que sucedió esa jornada quedó archivado en la categoría de “fallos polémicos”; como uno más de los tantos que aparecen cada fin de semana. Hasta ahora.
Chats, dinero y la AFA: denuncian un posible arreglo de partidos que salpica al árbitro tucumano Luis Lobo MedinaHace unos días, el programa ¿La ves?, emitido por TN, difundió supuestos chats atribuidos a Juan Pablo Beacon, ex integrante del Consejo Federal de la AFA y colaborador cercano de Pablo Toviggino, actual tesorero de la Asociación del Fútbol Argentino y uno de los hombres de mayor confianza de Claudio “Chiqui” Tapia.
En esos intercambios aparece un supuesto diálogo con Lobo Medina en la previa y posterior a aquel partido.
Según la investigación, los mensajes sugieren un intento de influir en el desarrollo del encuentro en favor de Tigre. Además, se menciona un supuesto pago de $400.000 destinado al árbitro.
Uno de los fragmentos más sensibles incluye un mensaje desde un contacto agendado como “Tovi II”: “Hermano, me pide 400 Lobito”, en el marco de una conversación en la que también se discuten tiempos y modalidades de entrega.
Denuncian al árbitro Lobo Medina por presunto arreglo de partido en la Primera NacionalLos chats también contienen referencias a un encuentro en una oficina ubicada en la calle Lavalle, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, un lugar que aparece mencionado en otras investigaciones judiciales como posible punto de circulación del dinero no declarado vinculado al fútbol argentino.
Hasta el momento no hay condena judicial, pero sí hechos concretos. Difusión pública de chats que ya habrían sido incorporados a una causa judicial vinculada a la compra de una propiedad en Pilar, mención explícita de un monto de $400.000, identificación de intermediarios ligados a la estructura dirigencial de la AFA, decisiones arbitrales cuestionadas en un partido clave, una denuncia penal por parte del legislador porteño Facundo del Gaiso y falta de respuesta por parte de Lobo Medina ante la consulta de LA GACETA, conforman un maraña de elementos que alimenta las suspicacias.
Y un dato que no es menor: el viernes, en medio del escándalo, y tras varias idas y vueltas sobre si sería ratificado o no, Lobo Medina dirigió Banfield vs. Tigre por el torneo Apertura, como si nada ocurriera; porque el fútbol argentino, una vez más, parece seguir como si nada.
El caso no aparece en soledad; se suma a un contexto en el que la AFA acumula tensiones y cuestionamientos: sospechas recurrentes sobre arbitrajes en distintas categorías, creciente visibilidad de vínculos entre dirigentes del fútbol y actores políticos, falta de transparencia en situaciones que requieren explicaciones urgentes y un esquema de poder altamente concentrado.
No se trata de un hecho puntual, sino de una acumulación. Y cuando la acumulación crece, la credibilidad se achica.
El espejo incómodo
Italia ya atravesó este camino. El escándalo conocido como Calciopoli, que salió a la luz en 2005 a partir de interceptaciones telefónicas, expuso un sistema de manipulación en la designación de árbitros para favorecer a determinados clubes en la Serie A.
Las investigaciones determinaron responsabilidades de dirigentes, árbitros y autoridades federativas. Y las consecuencias fueron históricas.
A Juventus la descendieron a la Serie B y le anularon los títulos en los Scudettos 2004/05 y 2005/06. También, hubo sanciones deportivas y económicas para clubes como Milan, Fiorentina, Lazio y Reggina; además de inhabilitación de un dirigente como Luciano Moggi, quien fuera director general de la “Vecchia Signora” entre 1994 y 2006, y que fue acusado de ser el artífice del mayor caso de corrupción del fútbol italiano.
Todo eso no fue únicamente un castigo, sino más bien fue una limpieza forzada para recuperar credibilidad.
Pero el problema de todo esto no es únicamente judicial ni dirigencial, sino que es emocional.
El hincha sigue yendo a la cancha y sigue creyendo (o intentando hacerlo). Pero hay algo que cambió, porque cuando aparece un fallo dudoso, ya no se discute sólo la jugada. Se discute el contexto y se termina sospechando del sistema.
Y ahí el fútbol entra en terreno peligroso, porque el error es parte del juego pero la sospecha no. El hincha no necesita pruebas para sentir que algo está mal. Le alcanza con la reiteración, con los indicios o con esa sensación que empieza a repetirse. ¿Fue casualidad o fue otra cosa?
Lo de Lobo Medina no es únicamente un caso, sino parece ser todo un síntoma. El síntoma de un fútbol que se fue alejando de su esencia, de un sistema que, ante cada señal de alerta, parece optar por el silencio o la inercia y de una dirigencia que no termina de entender que la credibilidad no se negocia. Porque el fútbol puede sobrevivir a casi todo; a los malos torneos, a las derrotas o a las crisis económicas. Pero cuando se pierde la confianza, ahí todo se viene abajo.
El fútbol argentino está parado frente a un límite. Porque si el hincha deja de creer que lo que ve es real, entonces todo lo demás pierde sentido. Y ahí sí, lo que nos enseñaron de chicos (ese fútbol impredecible, injusto a veces, pero auténtico) deja de existir. No porque alguien lo haya prohibido, sino porque dejamos de confiar en él.