Una casa plantada en medio del espinal, puesta en la tarea de hacer memoria. La geografía mesopotámica que todo lo impregna: un río, la flora, los bichos. Retazos de historia, incluyendo un nuevo y original relato del crimen de Justo José de Urquiza. Presencias fantasmales que husmean, juegan, recuerdan y resuelven sus propias cuitas. Y un misterio; el de una familia -los Lucero- que hizo de la casa un hogar para desaparecer sin dejar rastros ni explicaciones. Finalmente, la búsqueda irrenunciable de esas presencias que ya no están.

De todo eso habla “Una casa sola”. La flamante novela de Selva Almada habita un territorio -el Litoral- que cruza su obra y al que ella le proporciona una voz tan potente como delicada. Allí se enlaza “Una casa sola” con “El viento que arrasa”, “Ladrilleros” y “No es un río”; en todos la escritora entrerriana explora su tierra en profundidad y la cuenta con inusitada belleza.

Selva Almada: “Hay que animarse a escribir”

La Solapa es un espectro femenino que castiga a los chicos que se niegan a dormir la siesta. Es un mito entrerriano y Almada lo pone de ejemplo para referirse al elemento sobrenatural que campea en “Una casa sola”. La suya es una tierra atada a infinidad de tradiciones, pero en el caso de la familia Lucero y su enigmática desaparición el drama es actual y de carne y hueso. En ese cruce de lo real y lo ominoso radica también lo apasionante de la novela.