Hace 48 horas se recordó el comienzo de la última dictadura militar en el país, cuyos máximos responsables fueron juzgados en 1985 por los tribunales ordinarios argentinos, en un hito sin precedentes.

Antes de ese proceso, el principal antecedente fueron los juicios realizados a criminales de guerra nazis y japoneses por tribunales militares especialmente creados por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial y con jueces designados entre abogados de los países beligerantes y ocupados por los ejércitos del Eje. Su legitimidad de origen estuvo dada por haber ganado la contienda, mientras que el caso argentino tuvo la particularidad única de haber sido un enfoque punitivo efectuado por los propios connacionales sobre los culpables de hechos aberrantes y con tribunales preexistentes.

El cine tomó varias veces esos procesos como fuente de inspiración para distintas películas, sobre la base de los hechos reales que ocurrieron en los debates. “Nüremberg” se suma a ese listado, pero con una mirada propia y autónoma. El filme que hoy se estrena en las salas argentinas aborda la labor del teniente coronel Douglas Kelley, oficial del Cuerpo de Inteligencia Militar del Ejército de los Estados Unidos nombrado psiquiatra jefe y con el trabajo de determinar la capacidad mental de los 22 primeros acusados en esa sede antes de que fueran juzgados.

La naturaleza del mal absoluto

El guión se centra en la estrecha relación que establece el psiquiatra con Hermann Göring y su obsesiva búsqueda por comprender la naturaleza del mal absoluto del nazismo, tarea que lo afectó íntimamente por el resto de su vida hasta su propio suicidio, luego de denuncias por violencia doméstica y la publicación del libro “22 celdas en Nüremberg”, en el que narró distintos momentos de su labor violando la reserva que debía tener por el secreto profesional.

Con un ritmo narrativo que trabaja sobre el suspenso y el drama psicológico histórico, el filme fue escrito y dirigido por James Vanderbilt, a partir del libro “El nazi y el psiquiatra”, de Jack El-Hai. En lo que es considerado un duelo interpretativo de relevancia, se enfrentan Rami Malek (como Kelley) y Russell Crowe (muy elogiado por su composición de Göring). Michael Shannon, Leo Woodall, Mark O’Brien, Colin Hanks, John Slattery y Lydia Peckham integran el elenco.

Ricardo y el "Chino" Darín colaboran con Netflix en una serie prometedora: Segunda Guerra Mundial, Alemania nazi y el tango

La producción describe los distintos comportamientos de los acusados con sus evaluadores (desde el desprecio hasta la confrontación intelectual). Eso deriva en la consideración de Kelley de que Göring es un narcisista muy inteligente que usa su cordialidad para negociar privilegios individuales y con quien establece un vínculo especial hasta que descubre que fue engañado por el líder alemán.

Así se desarrolla un juego de gato y ratón, donde la manipulación y la pulseada intelectual entre ambos es constante, incluyendo el cuestionamiento sobre la legitimidad ética de los vencedores para juzgar. Asimismo, el comportamiento de Kelly es puesto en cuestionamiento por los magistrados, lo que complica aún más su situación.

El atractivo de la historia inspiró ya en 1961 a “El juicio de Nuremberg”, con Spencer Tracy, Burt Lancaster y Maximilian Schell (ganó el Oscar a mejor actor de reparto), pero cuyo libreto jugó con el proceso en sí, mientras que la nueva película trabaja más en las relaciones entre los personajes. El peso de los hechos cometidos en Europa eclipsaron los juicios de Tokio, donde se analizaron los crímenes de guerra en el escenario oriental de la contienda global. Las sentencias dictadas en ambos procesos constituyeron la base del derecho penal internacional y del delito de genocidio, reconocido a partir de 1948.

La ciudad alemana de los juicios (fueron varios, hasta 1949, contra 177 acusados de diversos crímenes) fue elegida especialmente por los aliados por su valor simbólico: una década antes de que comenzó el primer proceso, había sido la sede del séptimo congreso del Partido Nazi, durante el cual se promulgaron normas antisemitas y racistas redactadas por el ministro del Interior, Wilhelm Frick, que constituyeron el paraguas legal para la persecución institucional de judíos, gitanos, negros y otros grupos sociales. Frick fue condenado a muerte y ejecutado.