La trampa del pluriempleo en Tucumán: "Al bajar la inflación quedó al descubierto la cruda realidad de los sueldos"

El economista Fernando Marengo desarma el mecanismo de defensa de la clase media. Sostiene que desapareció el amortiguador de los aumentos trimestrales y el salario real quedó atado a la falta de competitividad local.

Fernando Marengo analiza por qué el pluriempleo dejó de estar asociado al progreso. Fernando Marengo analiza por qué el pluriempleo dejó de estar asociado al progreso.

Para entender el trasfondo de una realidad que desborda las calles de la provincia, es necesario ir más allá de lo que vemos todos los días y entender qué pasa con los números fríos de la economía. El Gran Tucumán muestra una tasa de desempleo relativamente baja, en torno al 5,6%, pero la sensación térmica de la gente es de un agotamiento total. Ese cortocircuito desnuda una realidad incómoda porque el trabajo por sí mismo dejó de ser un pasaporte a la tranquilidad y las horas del reloj hoy en día parecen no alcanzar. 

Quien pone la lupa sobre este fenómeno es Fernando Marengo, economista jefe de BlackTORO, al explicar que detrás de ese agotamiento social opera una transformación económica de fondo. En diálogo con LA GACETA, el analista tucumano hoy radicado en Buenos Aires, desarma la devaluación del valor del tiempo para retratar el dilema de una clase media atrapada entre el sacrificio cotidiano y la urgencia de llegar a fin de mes.

Es que, a diferencia de otras épocas, el esfuerzo de asumir un segundo trabajo o realizar horas extras estaba asociado a una meta de progreso, como alcanzar la casa propia, cambiar el auto o planificar unas vacaciones. En la actualidad, la dinámica viró hacia un mecanismo de defensa para empatar una carrera que los salarios formales vienen perdiendo. El pluriempleo ya no se traduce en bienestar, sino en la necesidad de completar el ingreso de la actividad principal para cubrir la canasta básica.

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"Dependiendo del momento y del nivel socioeconómico, el pluriempleo podía significar el acceso a bienes de confort o esparcimiento", analiza Marengo. "Sin embargo, en la realidad que enfrentamos hoy, en la que hay una economía fuertemente fracturada entre sectores ganadores y perdedores del nuevo modelo, ese segundo o tercer ingreso está estrictamente asociado a llegar a fin de mes de una manera un poco más confortable, y no con las vacaciones".

El fin de la "ilusión monetaria"

El quiebre de la relación entre el salario y el costo de vida no es nuevo en el país, pero la velocidad del escenario actual lo dejó al descubierto debido a la desaparición de un fenómeno técnico conocido como la ilusión monetaria. Allí radica la paradoja que define esta encrucijada: el freno de los precios no trajo el alivio esperado, sino una dosis de cruda lucidez. Durante los períodos de alta inercia inflacionaria, la constante actualización de los ingresos distorsionaba la percepción real del poder de compra.

"En un proceso inflacionario, te ajustan el sueldo cada tres meses y esa recomposición te genera una falsa sensación de mejora inmediata", detalla el economista. "Al mes siguiente, la inflación ya te comió el poder de compra, pero el mecanismo funcionaba en la cabeza de la gente. Hoy, con la baja de la inflación, esa ilusión desapareció. Quedó al descubierto la cruda realidad porque si el sector o la empresa en la que trabajás no es productiva, tu retribución salarial se deteriora".

Productividad en jaque y el peso impositivo

Esta necesidad de duplicar las jornadas laborales derrama sus consecuencias colaterales en las propias empresas de la región. Un trabajador que divide su día en múltiples empleos rompe una variable fundamental de la economía y termina afectando los índices de eficiencia generales. El desgaste crónico deteriora el rendimiento en el puesto y termina golpeando la dinámica de todo el hogar.

¿Rinde económicamente un empleado que llega a su puesto habiendo dormido apenas cinco horas? Marengo es tajante al respecto. "Seguramente afecta, y genera problemas de eficiencia en todos los índices. Hay un círculo vicioso que involucra al trabajador, pero también al chico que va al colegio, duerme mal y se alimenta mal". Ante esta situación, plantea que el sector empresarial enfrenta el desafío de evaluar ese costo en el rendimiento cotidiano. "Cada empresa tendrá que hacer una evaluación de cuál es el costo que tiene de esa pérdida de productividad. Si siente efectivamente ese impacto, por ahí le convendría pagar mayores salarios con tal de que la persona llegue más descansada a su posición de trabajo".

El debate de fondo no se resuelve con atajos políticos ni incrementos por decreto que históricamente terminaron alimentando las crisis inflacionarias. El problema radica en la porción de los ingresos que absorbe el sector público antes de que el dinero llegue al bolsillo del asalariado. Ante esto, Marengo pone la lupa sobre el peso del Estado en la intermediación y recuerda que la estructura pública nacional se queda con casi un tercio de la nómina salarial en forma de impuestos, a lo que se suman las presiones locales.

"Siempre miramos al Gobierno nacional, pero yo muchas veces le digo a los empresarios que al gobernador lo tienen más cerca, y al intendente aún mucho más cerca", dispara. "El Estado provincial que cobra una alícuota de ingresos brutos elevada le afecta la rentabilidad a la empresa. Cuando el Estado se lleva una parte de eso, hay menos para repartir entre el inversor and el asalariado. Del mismo modo pasa con las tasas municipales elevadas, la torta es más chica para repartir".

El factor cultural y la urgencia de agrandar la torta

La discusión macroeconómica se traslada finalmente a un terreno generacional y cultural. El fenómeno del pluriempleo también está operando una transformación en la mentalidad de los trabajadores más jóvenes, abriendo el interrogante de si el tucumano de hoy siente que vive peor que sus padres.

"Es una pregunta muy filosófica. Viven en un mundo con mayores desafíos que el de sus abuelos, pero también es una generación que valora otras cosas más allá del trabajo", reflexiona el economista. "Venimos de una época anterior en la que el sacrificio era visto como algo virtuoso en sí mismo. Las generaciones más jóvenes hoy ya no encuentran virtud en el sufrimiento o en el sacrificio vano; priorizan su tiempo y ponen otras vivencias al mismo nivel que la obligación laboral".

Para los más chicos que deben insertarse en este mercado complejo, Marengo aconseja planificar a mediano plazo, mapear los sectores con ventajas competitivas reales (como la minería, la energía o el conocimiento) y, fundamentalmente, apostar por las habilidades blandas. "Anterior a la capacitación es la iniciativa. Hay que tener ganas de aprender, de involucrarse y resolver problemas. Y por encima de eso, hay que ser buena persona, porque en un ámbito laboral uno comparte muchas horas con la gente".

Sin embargo, el analista advierte que las respuestas individuales no bastan si la macroeconomía no rompe su estancamiento histórico. Según afirma, la recuperación definitiva del salario real y la salida estructural de la pobreza demandan un horizonte de crecimiento sostenido que el país no logra registrar desde finales del siglo XIX. La única salida genuina requiere de inversiones que permitan, de una vez por todas, agrandar el tamaño de la torta productiva.

"¿Se puede recuperar el salario real? Definitivamente sí, pero la única respuesta es creciendo de manera sostenida durante 10, 15 o 20 años, cosa que hicieron Chile, Brasil, Colombia o Perú", concluye el economista, quien deja una advertencia final que interpela directamente a la gestión política de la provincia. "El futuro está en intentar generar riqueza en lugar de pelearnos por cómo la distribuimos. Si la política no está a la altura de ese desafío, la alternativa latente será regresar al modelo de las últimas décadas: esconder nuestras ineficiencias bajo la alfombra de la inflación. Una fórmula que largamente demostró su capacidad para fabricar más pobreza".

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