Los últimos 20 años de la Argentina estuvieron signados por varias tragedias. Una de ellas fue la obsesión que mostraron -y que muestran- algunos políticos por treparse a pedestales morales y desde allí construir discursos de poder. O al menos intentarlo. El problema es que cuanto más alto pretende ser ese pedestal, más estrepitosa suele ser la caída. Si quedan dudas, basta el ejemplo de Manuel Adorni.

Magullado, el jefe de Gabinete de ministros de la Nación intenta retomar la agenda después de una serie de escándalos que lo tienen como protagonista: viajes familiares a Punta del Este en un avión privado y varios interrogantes respecto de los pagos de esos vuelos; la presencia de su esposa en el avión presidencial cuando rige un decreto que lo prohíbe, y la aparición de una casa en un country de Buenos Aires que le atribuyen, pero que no figura en su declaración jurada han puesto en duda su palabra. Justamente la suya, que desde el atril de la vocería de la Presidencia y desde sus cuentas en las redes sociales ha recurrido a la ética y a los valores como garrotes para apalear a todo aquel que disiente y cuestiona las políticas del Gobierno nacional. Se trate de otros políticos, de empresarios o de periodistas.

Esa ha sido, claro está, una fórmula que le ha dado resultados al presidente Javier Milei. De hecho, en las urnas, un sector de la sociedad le otorgó el mandato de desbaratar una casta de amorales que durante décadas se benefició a costa del resto de los argentinos. O al menos él lo interpretó así. A tal punto que hace menos de un mes le escuchamos decir en el Congreso de la Nación (con Adorni en uno de los palcos) e inclusive en el Foro Económico del NOA (Fenoa) que se realizó en Tucumán, que lo que él denomina como la batalla cultural que lleva adelante debe encuadrar dentro de una dimensión moral. Menudo favor le está haciendo el jefe de Gabinete.

El termómetro se enfría

Ahora bien: ¿cuánto pueden incidir los escándalos de Adorni o las revelaciones de la causa Libra, por ejemplo, en la percepción que construye el electorado sobre la administración de Milei? Hay un informe muy interesante que distribuye todos los meses la Universidad Torcuato Di Tella y que mide la evolución pública de la labor que desarrolla el Gobierno nacional. Se trata del Indice de Confianza en el Gobierno y se elabora a partir de los siguientes ítems: la imagen o evaluación general del Gobierno, la percepción sobre si gobierna pensando en el bien general o en el de sectores particulares, la eficiencia en la administración del gasto público, la capacidad para resolver los problemas del país y -atención con este punto- la honestidad de sus integrantes.

El lunes se conoció el reporte de marzo, que muestra una disminución del 3,6% respecto de febrero. A su vez, ese mes ya había reflejado un descenso en comparación con enero, que también había sido inferior a diciembre. Vale destacar que octubre y noviembre fueron los últimos meses en los que la medición entregó valores positivos (apalancados por el triunfo electoral) y que en los últimos días del año se empezó a registrar la caída que se mantiene hasta hoy. Es decir: si bien la aceptación de las políticas de Milei sigue siendo alta, aparecen datos que permiten intuir cierto descontento o malestar en la sociedad y que posiblemente estén alimentados al menos en parte por hechos o versiones que ponen en duda la integridad de algunos miembros del Gobierno (tema que la Justicia tendrá que determinar, claro). La inflación que se resiste a seguir bajando, la prácticamente nula recuperación del salario real y la pérdida de puestos de trabajo, entre otras cosas, posiblemente también inciden en estos resultados, pero son temas para otra columna.

El uso de los valores morales como herramienta -vacua- para ejercer el poder no es patrimonio del mileísmo. Entre otras tantas maldades cometidas durante más de una década, el peronismo kirchnerista (que puede ser encuadrado como la casta por excelencia) ha utilizado los derechos humanos como una vara para medir adhesiones y para castigar a los disidentes. Así, han contaminado irremediablemente postulados que deberían haber servido para sanar las heridas de los argentinos. Y sólo han logrado profundizar las divisiones y las dicotomías. Los únicos que se beneficiaron con ello fueron los Kirchner y sus acólitos nacionales y provinciales, que parapetados en discursos moralistas se llenaron los bolsillos. Hoy, muchos de ellos están condenados y presos.

Roban, pero hacen

Es cierto que los argentinos y los tucumanos -particularmente- hemos presenciado a lo largo de los años tal degradación en los valores por parte de quienes ejercen el poder que llegamos a la sinrazón de destacar a aquellos políticos que “roban, pero hacen” en contraposición con una gran mayoría de dirigentes que han hundido municipios, comunas y ciudades en lo más profundo del atraso y la descomposición. Como prueba basta una escapada a La Madrid y a Sol de Mayo (en lancha, claro).

En Tucumán, la falta de inversiones en infraestructura hídrica y vial de envergadura durante los últimos 50 años es la manifestación más clara del fracaso. Si sacamos a los militares y al Antonio Domingo Bussi de la democracia vamos a advertir que desde principios de los 70 (tiempos en los que se proyectaron las últimas grandes obras) hasta hoy gobierna el mismo partido: el peronismo. Así, nunca falta aquel que se lamenta porque “tenemos los políticos que nos merecemos”. Pero cuidado: si partimos de la base de que los acoples están consagrados en la Constitución tucumana desde hace 20 años, se hace difícil esperar cambios significativos.

LA MADRID. Una familia limpia su casa tras las inundaciones; en la pared se advierte la altura que alcanzó el agua. LA GACETA / ANALÍA JARAMILLO

Hay un pasaje de una novela de Mario Vargas Llosa que encaja perfectamente con la realidad argentina y con la tucumana, en particular (y al que ya hemos recurrido en otras oportunidades en este mismo espacio). El protagonista de “Los cuadernos de Don Rigoberto” le escribe una carta a su arquitecto y le dice: “usted ha hecho un bonito diseño de mi casa y de mi biblioteca partiendo del supuesto -muy extendido, por desgracia- de que en un hogar lo importante son las personas en vez de los objetos (...). Pero mi concepción de mi futuro hogar es la opuesta. A saber: en ese pequeño espacio construido que llamaré mi mundo y que gobernarán mis caprichos, la primera prioridad la tendrán mis libros, cuadros y grabados; las personas seremos ciudadanos de segunda”. Sin demasiado esfuerzo se puede trazar un puente entre los caprichos de Don Rigoberto y lo que ocurre en estas comarcas: sus libros y sus cuadros parecen representar los mandatos de políticos y dirigentes que buscan adaptar la realidad a sus intereses, por más perjudicial que ello pueda resultar para la sociedad. Pero hay novedades para los Rigobertos del poder tucumano: cuando baja el agua de las inundaciones quedan expuestas todas las responsabilidades. Y no importa cuántos colchones, cuántas frazadas ni cuántos cabezazos hayan repartido.