Cuando empezaba a caminar por una redacción cayó en mis manos un libro sobre periodismo cuyo título es una enseñanza de vida: “Las palabras son acciones”. Lo escribió un erudito de la academia como Fernando Ruiz, quien hoy da cátedra de periodismo desde las páginas de Perfil. Aquella obra se me vino encima cuando esta semana que nunca más volverá, escuchábamos a un jovencito de 80 describiendo a la Argentina. La economía puede ser un jeroglífico explicada a los gritos o entendible con palabras simples y números concretos. Así son las palabras. Pueden ser buenas o malas. Pueden desafiarnos, asustarnos o tranquilizarnos. Pueden acariciarnos, retarnos o simplemente ignorarnos. Hagan lo que hagan, las palabras nos movilizan. Tienen un poder supremo. Ricardo Arriazu fue “malo”. Sin mirar a nadie a los ojos, sin personalizar, agarró las palabras y las tiró a los tucumanos. Como si fueran un grupo de chicos que salen al recreo les arrojó la pelota para que todos salgan a jugar.
El economista tucumano que alguna vez entró a una cancha de fútbol con el 9 en la espalda desplegó números sobre una inmensa pantalla para mostrar el comportamiento de la economía argentina. A quienes lo oían desde la tribuna o desde las imágenes de los celulares les advirtió que alguna vez tendrán que aprender que los argentinos piensan en dólares y que mientras no los compren en el mediano plazo al país le va a ir mejor. Cuando mostró las perspectivas del mañana con una guerra aturdiéndonos y con la esperanza de Vaca Muerta y de las explotaciones mineras se abrían posibilidades de crecimiento. El Arriazu que comenzó su charla en Alterpoint fue serio y contundente con los números que empezaban a mejorar. Pero endureció el rostro cuando habló de Tucumán. La moneda del futuro no circula ni se acuña por estos lares. Anda lejos el petróleo patagónico o cerca como el litio y el cobre que se esconden en las profundidades salteñas, jujeñas o catamarqueñas. Para ese entonces, las caras de los espectadores que habían sonreído con las buenas nuevas de la esperanza cambiaron el semblante. Tucumán no tiene las bondades ni las bendiciones de otros. Y, fue ahí cuando Arriazu tiró la pelota. A los tucumanos los invitó a construir, a pensar, a imaginar, a trabajar en manera conjunta para lograr afrontar esta coyuntura.
Cuando terminó la charla muchos se fueron rumiando acciones. Las palabras habían causado su efecto. En realidad, Arriazu había dicho malas palabras. Construir, imaginar, trabajar en forma conjunta no son, precisamente, vocablos que caminan por las calles tucumanas. Arriazu desafió a sus coterráneos a cambiar el paradigma. A salir de los cabezazos, a discutirle de igual a igual a la lógica del amigo-enemigo, de la confrontación porque sí nomás.
Café de por medio algunos recordaron los tiempos en que la minería derramaba plata, oficios y trabajo en esta comarca. Cuando se instaló Bajo la Alumbrera hubo profesionales que encontraron en el talento de los profesionales tucumanos las soluciones a sus problemas. El aeropuerto que por aquellas épocas se cerraba varias horas se empezó a abrir y hasta la imaginación se hizo un hueco para pensar otras formas de trabajo uniendo dos semanas de tareas y separándolas de una de descanso. Las ferreterías, la industria metalúrgica se vieron robustecidas y, una mejor energía se desparramó por los valles. Un empresario de la construcción recordó que por aquellas épocas vendió departamentos a empleados de aquella movida. También está la historia de los edificios de la Universidad Nacional de Tucumán, pero esa es otra historia que desparramó acciones poco decorosas y hasta condenables.
Quizás Arriazu fue duro. Lo más fácil es escuchar un diagnóstico, recibir la receta y después ponerla en práctica. Si falla y sale mal, no será un problema propio sino de quien dictó la receta a seguir. El doctor en Economía no dio la receta. No tiene por qué saberla o tenerla. Pero sí advirtió sobre los riesgos que se asoman, dibujó un escenario y desafió a los tucumanos a buscarle la vuelta al problema.
Paralizados
Entre los muchos espectadores de la palabra de esta suerte de gurú de la economía estaban aquellos que sostienen la construcción desde el sector privado. Ninguno sonreía y el panorama que recibieron tampoco les hizo gracias. Algunos cargaban carpetas, livianas porque eran simples papeles, pero harto pesadas si se analizan sus datos. En rojo se podía leer que el costo histórico promedio de construcción era de 685 dólares por metro cuadrado y que este año estaba por encima de los 1.000 dólares. Es decir que en este 2026 construir es un 48% más caro que el promedio histórico. En esa misma carpeta figuraba la preocupación de profesionales y de los que aportan la mano de obra como los proveedores de materiales que ven un parate preocupante en la actividad. Van a tener un crecimiento importante fue el anuncio tranquilizador que dio en su charla Arriazu. Las caras se distendieron aunque el aumento de tasas, la falta de coordinación entre organismo estatales y la burocracia misma es uno de los ítems que no convertiría en acción esas palabras.
Sin referirse a ningún rubro ni área específica el protagonista de este texto puso varias veces en su alocución un condicionante. Todos los números que daban alicientes y las perspectivas que acompaña el panorama general se dará siempre y cuando los actores políticos no choquen la calesita. Y, en épocas de elecciones muchas veces eso ocurre.
Lo que viene
Los comicios de 2027 están a la vuelta de la esquina. Curiosamente, esta vez se ha convertido en una preocupación de casi todos aún cuando faltan muchos días -y un mundial de fútbol- para que ocurran. El sector empresario sabe que su motor puede fallar si la calesita choca y antes de los comicios el tránsito, los choferes y las sortijas pueden provocar cualquier estrépito. El sector político ya arrancó hace rato y están compitiendo palmo a palmo. No tienen templanza para afrontar el acontecimiento y actúan con arrebatos. Se lo vio en la visita reciente del presidente Javier Gerardo Milei. En esa oportunidad el gobernador Osvaldo Jaldo se quedó con una de las sortijas. Su sonrisa al lado del Presidente, en la pista de aterrizaje del futuro acicalado aeropuerto Benjamín Matienzo, mitigó cabezazos, inundaciones y disputas. Milei no hizo referencias a esos episodios durante su estada y así le puso balas de salva a la artillería libertaria. Hay otros sectores que ven el cambio de reglas de juego y de patrones políticos que lo único que añoran es no estar arriba de la calesita si es que se produce el choque.
La semana se despidió vestida con toga y peluca y se sentó sobre el estrado de la Justicia. Desde Nueva York dictó sentencia sobre la causa de YPF que hipotecaba el futuro de los argentinos. Le vino bien al Presidente para tapar los escándalos de su jefe de Gabinete y el propio del caso $Libra. La Justicia acrecentó sus improperios y su agresividad contra los K. La justicia federal argentina también le dio un regalo al gobierno provincial al archivar la causa en la que la Procelac había pedido investigar a varios municipios tucumanos por el manejo de fondos en tiempos electorales. El magistrado catamarqueño Guillermo Díaz Martínez no encontró razones para darles la razón a los indicios que había detectado la Procelac y decidió no investigar. Archívese, dictaminó y el ministro del Interior provincial se sacó una soga que tenía sobre su cuello.
Esta semana que se despidió para siempre también anduvo de cumpleaños. En Colombres se cantó el cumpleaños feliz en sueco, en brasileño y en tucumano básico. Los directivos de Scania destacaron dos conceptos en cuatro palabras: confianza y trabajo en equipo. Eso permite que las partes tucumanas encajen perfectamente en el todo de sus camiones que ruedan por el mundo. Esas palabras podrían ser las acciones que dejó pendiente Arriazu al tirar la pelota en el carenciado Tucumán del futuro que habrá que construir. En la calesita, esas palabras no se pronuncian. Por eso el riesgo de choque.