No es un domingo cualquiera en Las Talitas. En una casa de El Colmenar, el almuerzo familiar se interrumpe por algo más importante. En el celular aparece Facundo Valdez y del otro lado lo escuchan su mamá Mariela, su papá Luis, sus hermanas Ivana y Nahiara, y su sobrina Aitana. Nadie dice demasiado, sólo hay sonrisas y mucha emoción.
Hace apenas unos días, el chico tuvo su noche soñada. En Florencio Varela, por Copa Argentina, debutó en la Primera de Independiente; hizo un gol, dio dos asistencias y fue la gran figura de la cancha. “Todavía no caigo. Fue todo muy rápido… debutar así es algo que no me voy a olvidar nunca en la vida”, cuenta en diálogo con LA GACETA con una mezcla de incredulidad y de felicidad.
Pero su historia no empezó ahí, Facundo hizo un recorrido muy amplio. “Desde los seis años jugaba todo el día al fútbol”, recuerda. Y en Estación Experimental ya daba señales de lo que podía llegar a ser. Videos que todavía circulan en las redes sociales lo muestran gambeteando a todos. “A la mañana jugaba en los Cebollitas; a la tarde en la liga, y también en torneos independientes. Siempre quería jugar”, dice.
El talento estaba y también la decisión de llegar a ser futbolista profesional. “En ‘Las Abejas’, el club de mi barrio, me formé como jugador y como persona”, explica. Y en ese camino aparece un nombre que repite con gratitud: Adrián Roldán, uno de los que lo acompañó desde el inicio.
El salto al fútbol grande llegó temprano, pero no fue fácil. “A los 7 u 8 años me fui a probar a Buenos Aires. Quedé en Independiente y en Lanús, pero mis viejos eligieron Independiente”, cuenta. Desde entonces, la rutina cambió por completo: viajes eternos, distancia y sacrificio. “Viajábamos más de 30 horas en tren”, recuerda.
En 2015 se instaló definitivamente en Buenos Aires. Primero vivió en una casa de familia que pagaba el club. Después se mudó con su mamá y su hermana, y con el tiempo, y tras ganarse su lugar, Independiente le dio su propio departamento. “No fue fácil, pero siempre tuve el apoyo de mi familia”, dice.
En ese recorrido también hubo personas importantes y Facundo no se olvida. Menciona con emoción a Rafael Lauricella y a la familia Villagra. “Me ayudaron mucho cuando más lo necesitaba”, reconoce.
Pero mientras el sueño iba tomando forma, Valdez además terminaba la escuela. La vida no era sólo fútbol y él lo sabía. En tanto, adentro de la cancha, su identidad siempre estuvo clara. “Me dicen ‘Tucu’ o ‘Robiño’. Me gusta gambetear, encarar e ir para adelante”, describe. El apodo no es casual; su estilo atrevido, de uno contra uno, tiene una referencia directa. “De chico miraba mucho a Neymar”, admite.
Y su llegada a Primera fue tan rápida como impactante. Bajo la conducción de Gustavo Quinteros empezó a entrenarse con el plantel mayor semanas antes del debut. “Fue algo inexplicable, pero estaba tranquilo por la confianza que me dio el entrenador”, cuenta el volante, que respondió como soñaba.
El debut de Valdez fue soñado: gol y dos asistencias
El gol en el duelo contra Atenas llegó tras una jugada colectiva. Control, enganche y definición. Después asistió dos veces para estirar el resultado y comenzar a asegurar la clasificación del “Rojo” a la próxima instancia. “Cuando terminó el partido no lo podía creer. Todo lo que había soñado desde chico estaba ahí”, dice.
Sin embargo, cuando le toca resumir lo que vivió, no habla de estadísticas ni de elogios. “Todo esto es para mi papá y mi mamá, que me acompañan a la distancia, desde Tucumán. También para mi familia y para toda la banda de El Colmenar”, dice, sin dudar.
Porque hay algo que no cambió. En ese barrio, en el que todavía recuerdan al nene que no soltaba la pelota, aseguran que “siempre fue distinto” y que cada paso suyo se vive como propio. No es sólo su historia; es la de todos.
Desde un potrero tucumano hasta la Primera de Independiente y desde los viajes interminables en tren hasta una noche inolvidable, Valdez recién empieza a escribir su camino. Pero en Tucumán, hace rato que lo saben: hay crack para rato. (Producción periodística: Carlos Oardi)