Por José María Posse

Abogado, escritor, historiador

Mercedes (Haydeé Mercedes) Sosa nació en Tucumán el día mismo del comienzo de la Patria. Un 9 de Julio de 1935 vio por primera vez la luz del mundo en un hogar humilde, pero lleno de valores. Sus padres le inculcaron desde pequeña el sentido del trabajo fecundo, de la palabra empeñada, de la solidaridad con los que menos tienen.

Hasta los 14 años fue una niña como cualquier otra, que iba a la escuela y aprovechaba cada ocasión para deleitarse en el parque 9 de Julio, donde se sentía libre para comenzar a correr por el mundo. Sus padres se esmeraban para que ella y sus hermanos tuvieran educación y un porvenir. Recordaba de aquellos años: “Éramos muy pobres, pero mi mamá siempre nos lavó y nos vistió como a señoritas de buen pasar”.

Todavía tímida, se asombró de ver la reacción de la gente cuando la hicieron cantar por primera vez.  Tenía 14 años, y en una travesura de niña, sin querer obtuvo su primer reconocimiento musical. Mercedes relataba: “…En la escuela faltó la profesora de canto y la directora me puso en la primera fila para cantar el Himno Nacional. Sentí vergüenza, pero canté... y fue mi debut. Como también faltó la profesora de labores, mis compañeras y yo fuimos a la radio LV12, donde había un concurso de canto. Por miedo de que mi papá me descubriera, me presenté como Gladys Osorio, canté ‘Triste estoy’, de Margarita Palacios... ¡y gané! Seguí cantando en la radio, mi papá se enteró y me retó, pero terminó aceptando que eso era lo mío. ¡Y canté hasta boleros!”.

Los inicios

Allí comenzó a gestarse la leyenda de quién iba a convertirse en una de las mejores voces de Latinoamérica. De a poco pudo hacerse conocida en el mundo musical tucumano, junto al “Ciego Pancho”, a Virgilio Carmona, el guitarrista Bernal, entre otros. Cantó en todos los lugares donde la bohemia comarcana se reunía a disfrutar del arte y la buena música: en la peña el Cardón, en la confitería El Buen Gusto y por supuesto, en la mítica peña El Alto de la Lechuza, de los Aredes. Allí, una noche estaban los integrantes del conjunto Los Fronterizos, quienes escucharon de Mercedes su particular interpretación de la “Zamba de los humildes”. Quedaron tan impactados con la joven cantante de una voz extraordinaria, cara bonita y rasgos criollos, que ya en Buenos Aires contaron acerca de la nueva estrella que comenzaba a brillar desde Tucumán.

El primer amor

En ese tiempo conoció al compositor Oscar Matus, con quien se casó el 5 de julio de 1957 y tuvo su único hijo, Fabián. El matrimonio se radicó en Mendoza, donde se asoció al reconocido poeta Armando Tejada Gómez y su canto comenzó a tener mayor vuelo. Ocurrió que un día le llegó una invitación de una radio y de un canal de televisión de Montevideo; aceptó y viajó al Uruguay donde tuvo un enorme éxito y comenzaron los reconocimientos.

Pero sin duda, su momento inicial fue en el Festival de Cosquín en 1965. En uno de los momentos más altos de las interpretaciones, el legendario Jorge Cafrune se jugó por Mercedes. Desafiando el reglamento, la hizo subir al escenario y la presentó:  “…para ofrecerles el canto de una mujer purísima, aunque se arme bronca: ¡la tucumana Mercedes Sosa!”. Sola, sin más música que un bombo (“una cajita en realidad”), cantó con toda su voz “Canción del derrumbe indio”. La ovación con la que fue despedida por el público presente se recordó durante muchos años. Al bajar del escenario, la esperaba su primer contrato con una grabadora: Philips. Luego con PolyGram grabó su álbum: “Yo no canto por cantar”. El éxito golpeó a su puerta y nunca más se apartaría de ella.  

Fama internacional

En 1967, ya separada de su marido, realizó una gira por Estados Unidos y Europa, donde comenzó a conquistar diferentes públicos y a ser reconocida a nivel internacional. Por aquellos tiempos, uno de sus temas “Canción con todos”, de su amigo Tejada Gómez, tuvo gran éxito en toda América latina, y su nombre fue familiar en cada hogar de habla española. Luego vino la cantata “Mujeres argentinas” de Ariel Ramírez y Félix Luna. Fue célebre su versión de la “Misa Criolla”. También “Cantata sudamericana”, con dos clásicos inmortales: “Alfonsina y el mar” y “Juana Azurduy”.

Todo ello la consagró definitivamente en su país, poniéndola en la cúspide musical del momento. Llovían las invitaciones a programas de radio y televisión, las notas periodísticas y la fama. Sin embargo, Mercedes nunca se mareó con aquello, siempre tuvo en claro que su función en la vida era la de desnudar desigualdades a través del canto. Bregar por un mundo más justo, inclusivo y humano. Otro hito de aquellos años fue la presentación en Chile en 1969, con “Gracias a la vida”, de Violeta Parra, y “Te recuerdo Amanda”, de Víctor Jara. Por entonces, la tucumana ya se había consagrado entre las principales artistas latinoamericanas.

Su compañero

Una persona que fue fundamental en su carrera internacional fue su segundo marido, Pocho Mazzitelli. Un hombre que supo entenderla y fue su complemento personal, su manager y persona de confianza. Con él no había competencia alguna, sólo complemento.

En esos años comenzó también a definirse en Mercedes una posición política desde la defensa recalcitrante de los Derechos Humanos. Por entonces aclaró públicamente la diferencia entre cantora y cantante, tal lo que había escuchado de su amigo Facundo Cabral: “El cantante canta porque puede; el cantor, porque debe”. Tuvo un compromiso férreo en convertirse en la voz de los que no la tenían.

Pero en todo momento fue un apóstol de la no violencia. Condenaba la efusión de sangre entre hermanos y jamás apoyó la lucha armada, como forma de alcanzar un objetivo político. Aún así, fue perseguida por su ideología de izquierda y tuvo que exilarse tres años, lo que llenó de pesar y soledad su vida.

En 1978 murió su segundo marido, sumiéndola en una profunda angustia. Pero el mundo y el éxito pudieron más que la muerte. Cantó en la Argentina con Joan Baez, la notoria disidente norteamericana. Durante la guerra por Malvinas interpretó el inmortal “Solo le pido a Dios”, de León Gieco, porque el conflicto bélico “no la dejó indiferente”. Arrasó en el teatro Ópera de Buenos Aires: 13 recitales a sala llena con los mejores, entre ellos Charly García, y con él, su primera recalada en el rock, que replicaría más tarde con temas de Fito Páez. Y luego, su homenaje a los Beatles: “Cuando vi Submarino amarillo en España los admiré, y me dio vergüenza mi prejuicio”, confesó.

Ovaciones

Su vida por esos años fue puro frenesí. Recitales en el Lincoln Center y el Carnegie Hall (Nueva York), con ovaciones récord: un cuarto de hora, tiempo que solo merecieron Enrico Caruso, Luciano Pavarotti o María Callas. En Europa El Mogador de París, el Concertgebouw de Amsterdam, el Coliseo Romano, la sala Nervi del Vaticano. Nunca antes ni después, una artista latinoamericana había alcanzado mayores reconocimientos. En Chile, después de la caída de Augusto Pinochet, su tema “Todo cambia” fue el segundo himno del país. Entre nosotros, consiguió un lleno total en el Teatro Colón, con ovaciones, incluso de personas que no comulgaban políticamente con ella, pero que se rendían ante su arte exquisito.

Cada tanto volvía a su provincia, familiera como era, no podía estar lejos de los suyos. En su casa del Barrio Jardín, recibía a los amigos, en tertulias llenas de calidez y sencillez. Nunca se puso por encima de nadie, ni se dio ínfulas de estrella, por el contrario, su mano estuvo tendida con generosidad y amplitud. En la intimidad de su familia Mercedes siempre fue “La Marta”. Sus padres, Ernesto y Ema, le eligieron ese nombre, pero según ella, en el Registro Civil su papá “se olvidó adrede del Marta, eligió Haydée, y así quedó”. Sin embargo, para el país y el resto del planeta, siempre fue La Negra o La Mecha.

Su sobrino Coqui Sosa, con quién tuvo una relación muy cercana tanto en el afecto personal, como en lo artístico me relataba: “La tía Mercedes fue una persona muy generosa, ocurre que ella nunca quiso que tomara estado público lo que hacía por los demás. Por ejemplo, si veía un cantante al que le faltaba una pieza dental, ella personalmente se ocupaba de sacarle un turno en el dentista y le pagaba el implante. Decía que la boca de un cantante era su instrumento. Personalmente la ví firmar un cheque de U$S 15.000 para el Hospital de Niños de Tucumán, pero esas cosas nunca se conocieron. Ella se preocupaba mucho por la gente, pero lo hacía calladamente”. Estuvo entre las 23 personalidades mundiales de la comisión “La Carta de la Tierra”, representando a América Latina y el Caribe.

Polémicas

No todo fue color de rosas en su carrera. En 1997, cerró el Festival de Cosquín con Charly García interpretando su discutida versión del Himno Nacional. Era parte de una cruzada que ella había emprendido para unir musicalmente todas las voces, tanto las del folclore como las del rock. Si bien el público los ovacionó, al día siguiente se levantaron voces de críticas muy fuertes, incluso por parte de los organizadores.

Ello llevó a que Mercedes tomara la determinación de no volver a actuar nunca más allí, donde décadas atrás se había consagrado. Al respecto manifestó: “Es verdad que la gente me quiere, y mucho, pero estoy harta de dar explicaciones y de rendir examen. Charly es un músico talentoso y es mi amigo, mal que les pese a los burócratas del Festival y su ceguera”. Pero la cuestión no quedó allí, como refutación grabó con García ese mismo año “Alta fidelidad”, álbum dedicado a los principales temas del rockero.

Por entonces comenzaron algunos problemas de salud y un estado depresivo, que la obligaron a descansar por un tiempo, ella que hasta entonces había sido una mujer incansable, llena de proyectos. Volvió triunfal en 1999 en el estadio de Boca Juniors, que mostraba una ocupación total. Allí interpretó con el gran Luciano Pavarotti “Caruso” y “Cuore ingrato”, haciendo estallar la Bombonera en aplausos y ovaciones.

Su último álbum, “Cantora”, compiló 34 temas y obtuvo el premio Grammy; nuevamente el mundo musical se rendía a los pies de la tucumana. Pero su organismo había comenzado ya a desgastarse. Su salud de hierro comenzó a desmoronarse entre dolores agudos, deshidrataciones rebeldes y fallas renales y cardíacas. Empezó a cantar sentada “porque no puedo levantarme”, decía. Para entonces, entre decenas de estrellas, había cantado con monstruos sagrados como el tenor Alfredo Kraus, Caetano Veloso, Chico Buarque, Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Milton Nascimento, Pablo Milanés, Raphael, Sting, entre otros cantantes famosos de la escena internacional. Había obtenido innumerables premios nacionales e internacionales, y era reconocida mundialmente como una de las mejores voces del planeta.

El adiós

Falleció en Buenos Aires, donde estaba afincada hacía muchos años el 4 de octubre de 2009, a los 74 años. Fue velada en el Congreso de la Nación, decretándose tres días de duelo.

El cortejo hasta el Cementerio de la Chacarita casi emuló al de Carlos Gardel. Sus cenizas quedaron sembradas en Tucumán, Mendoza y, en lugar de Montevideo, Buenos Aires: un cambio que decidió “por justicia a la ciudad que tanto me amó”.

De su enorme repertorio, quedan 56 álbumes, películas, documentales y cientos de horas de entrevistas. Sin duda alguna, fue la mayor cantante argentina de todos los tiempos, su música perdurará en los siglos por venir.