Italia no se quedó afuera, por tercera vez consecutiva de un Mundial, solamente por jugar mal. Se quedó afuera por algo mucho peor; por no saber quién es.

La “Azzurra”, la de las cuatro estrellas, la que supo convertir la defensa en un arte y la competencia en una religión, volvió a quedarse al margen, y ya no alcanza con hablar de accidente. Después de Rusia 2018, llegó Qatar 2022 y ahora otro golpe en la clasificación, lo que aparece ser una crisis de identidad.

Italia cambió. Y en ese cambio, se desdibujó. Crecimos viendo a Italia como un rival al que nadie quería enfrentarse. Rudeza, marca, personalidad y oportunismo en dosis justa fueron siempre sus marcas registradas. La “Azzurra” era reconocida incluso por los que no acostumbraban a mirar fútbol. No hacía falta ver el escudo tricolor, bastaba con ver cómo se paraba en la cancha; el orden, la disciplina, la lectura del juego y la defensa como estructura, no como reacción.

El famoso catenaccio (tan simplificado y tantas veces mal entendido) era mucho más que meterse atrás. Era controlar el partido desde la inteligencia; saber cuándo acelerar, cuándo frenar y cuándo lanzarse a golpear al enemigo. Equipos como los que tenían como figuras a Franco Baresi, a Fabio Cannavaro, a Paolo Maldini, Marco Materazzi o Gennaro Gattuso no jugaban feo; jugaban con una lógica propia.

Italia no necesitaba seducir con su juego para imponerse, necesitaba únicamente ser Italia. Y eso, en el fútbol de selecciones, es una ventaja enorme. Porque cuando el partido se rompe, cuando el contexto aprieta, cuando el plan A ya no alcanza, lo que aparece es la identidad. Ese reflejo automático que no se entrena en una semana ni en un proceso corto.

Después del golpe rumbo a Rusia 2018, que en la península fue catalogado como el “Apocalipsis del Calcio”, Italia sintió que su libreto había quedado viejo. Que el fútbol moderno exigía otra cosa, eso que Pep Guardiola había sacado a la luz con su espectacular Barcelona: protagonismo desde la posesión, presión alta, salida limpia y estética.

Esa influencia empujó ese giro y con Roberto Mancini, Italia buscó aggiornarse. Durante un tiempo la fórmula le funcionó y la conquista de la Eurocopa 2020 pareció confirmar que el camino era ese. Pero el fútbol no es lineal. Y los títulos, a veces, también pueden confundir.

Porque detrás de esa Italia más vistosa empezó a aparecer otra cosa. Un equipo que tenía la pelota, pero no siempre el control del partido; que dominaba, pero que no siempre lastimaba. En síntesis, que jugaba más lindo, pero competía peor. Y ahí empezaron los golpes.

Primero, Suecia; después, Macedonia del Norte y ahora, Bosnia-Herzegovina. Distintos rivales, pero un mismo síntoma: una Italia irreconocible en los momentos decisivos. En esas tres eliminaciones hubo un denominador común: la “Azzurra” no tuvo ese temple que siempre caracterizó a sus selecciones. Cuando la “apuraron” le convirtieron y no apareció ese jugador que ordenara, que enfriara o que sostuviera. A la primera contra, claudicaron y ese no es un dato para nada menor.

El error de Italia no fue cambiar, sino la manera en la que lo hizo. En el fútbol (como en cualquier estructura) la evolución es necesaria. Nadie puede competir hoy con las herramientas de hace 30 años, pero evolucionar no es borrar lo anterior. Es construir sobre lo que ya te hacía fuerte. Y ahí es donde Italia se perdió.

Quiso reemplazar su esencia en lugar de adaptarla, cambió certezas por tendencias y confundió modernización con imitación. Y en ese proceso, dejó de tener un suelo firme al cual volver cuando el partido se ensuciaba.

Porque todos los equipos pueden jugar bien cuando todo funciona, pero no todos saben qué hacer cuando la mano viene cruzada. Italia, durante décadas, sí lo sabía; pero hoy ya no.

Las grandes selecciones cambiaron, pero no dejaron de ser reconocibles. Alemania modernizó su juego sin perder su estructura, Brasil atravesó crisis profundas, pero nunca dejó de confiar en su talento. Argentina encontró un equilibrio entre intensidad, juego y carácter y de esa manera logró consagrarse en 2022.

Ninguna renegó de su esencia, sino que supieron cómo adaptarla. Italia, en cambio, intentó empezar de cero. Y en el fútbol, empezar de cero suele ser empezar en desventaja.

El fútbol argentino también juega este partido

La historia no se queda en Europa. Este debate también atraviesa, en escala, al fútbol nuestro de cada fin de semana. Clubes que cambian de proyecto cada seis meses, dirigencias que copian modelos sin entender su contexto, equipos que quieren jugar a una cosa un fin de semana y a otra distinta al siguiente. Instituciones que dependen más de la coyuntura política que de una idea sostenida.

En ese escenario, la identidad aparece como un lujo; pero en realidad es una necesidad. Porque un club sin identidad no forma jugadores, los improvisa; no construye equipos, los arma y no compite, reacciona.

Y cuando llegan los momentos límites (un descenso, una final perdida o una crisis económica) no les queda de dónde agarrarse; justamente lo que le sucede hoy a Italia.

El fútbol moderno empuja a todos hacia el mismo lugar: intensidad, presión, posesión y dinámica. Pero en ese camino hay una trampa. La de creer que todos tienen que jugar igual.

Los equipos que marcan una época no son los que mejor copian sino los que mejor interpretan lo que son.

Italia quiso parecerse a los demás, y en ese intento dejó de parecerse a sí misma. Pero sobre todo olvidó una regla que no falla: cuando olvidás tu identidad, no solamente dejás de lado tu estilo; ahí perdés el rumbo.