El nombre Solmar nació de la unión de dos familias, Soleski y Marcus, hace exactamente ocho décadas. Los primeros venían del mundo de la joyería -por entonces muy ligada a la óptica-, mientras que el joven Marcus se había recibido recientemente de óptico. En paralelo a esa historia fundacional, Francisco Pineda padre, un experto jefe de taller en otra firma, comenzaba a fabricar lentes de forma independiente.
Los caminos se cruzaron definitivamente a fines de los 70. "Transcurría 1978 y la segunda generación de Solmar no quería continuar en el rubro. Mi padre compró el fondo de comercio justo cuando yo nací y, junto a mi madre, transformaron ese oficio en una misión: la de dar trabajo", cuenta Francisco Pineda (hijo), quien hoy lidera la empresa junto a su hermana Valeria. El local no fue una elección de carrera, sino un escenario cotidiano: "A los 10 años ya ayudábamos a envolver productos o a dar el vuelto. Crecimos acá adentro; Solmar es nuestro hogar".
De Tucumán al mundo: el salto tecnológico
Lo que diferencia a la firma en el mercado nacional es su obsesión por la autonomía. Mientras la mayoría de las ópticas del país tercerizan sus cristales a laboratorios de Buenos Aires o Rosario -lo que demora las entregas hasta 15 días-, la empresa tucumana decidió invertir en tecnología de punta en su propia tierra.
"Amamos las máquinas y la innovación. Hace una década, cuando nadie hablaba de esto, nosotros ya teníamos procesos robotizados con maquinaria autónoma que trabaja las 24 horas", explica Pineda. Este enfoque permite entregar trabajos de alta complejidad en apenas uno o dos días.
Sin embargo, Francisco aclara que esta automatización no busca desplazar al personal: "No suplantamos personas por máquinas. La robótica nos permite estandarizar la calidad, como ocurre en la gastronomía: si no medís todo con exactitud, la 'salsa' cada día sale con un sabor distinto. Usamos la tecnología para asegurar que el estándar sea siempre el más alto y, sobre todo, constante".
Esa visión ambiciosa se forjó en viajes a los centros neurálgicos del rubro: Milán para la industria, París para la moda y China para la escala de producción. "Hoy tenemos un mix de fabricación propia y extranjera que nos permite ofrecer un estándar mundial a costos mucho más bajos que la competencia, sin resignar la calidad que nos define".
El valor de la mirada experta
Para Pineda, un anteojo es mucho más que un accesorio: es una herramienta que mejora el rendimiento y la calidad de vida. "Hoy somos muy demandantes de la perfección. Si ves menos, sos más lento. Tu cerebro no recibe la información a tiempo", señala, comparando la evolución de la óptica con la de las zapatillas deportivas, donde cada actividad -ya sea pescar, jugar al golf o trabajar frente a una pantalla- requiere una especificidad técnica distinta.
Esa interpretación profunda de la receta médica es lo que mantiene el vínculo con los clientes a través de las décadas. "Mi padre, que ama el mostrador y tiene más de 50 años allí, hoy atiende a los hijos de los nenes que atendió en sus comienzos. Se genera un vínculo familiar que trasciende lo comercial".
Expansión y nueva generación
Con 11 tiendas físicas, una plataforma de ventas online (www.solmar.com.ar) y un equipo de más de 100 empleados, la empresa no se detiene. El plan de expansión para este año incluye nuevas aperturas en Banda del Río Salí, Tafí Viejo y Monteros.
Además, la firma se prepara para duplicar su capacidad operativa. "Estamos ampliando nuestra planta a 2.400 metros cuadrados. Contamos con salas de atmósfera modificada y cañones de iones para lograr el producto que el cliente merece", detalla Francisco. Mientras tanto, empieza a guiar a la siguiente generación que ya asoma en el negocio, asegurando que el apellido Pineda siga ligado a la salud visual de los tucumanos por mucho tiempo más.