En los últimos tiempos se escucha con frecuencia -o aparece como comentario en las redes sociales- el término “princeso”. Dicho por mujeres y en general vinculado al mundo de las citas o de las relaciones con hombres. Muy rara es, en cambio, la referencia a los “príncipes”, menos todavía a los “azules” (“destiñen”, advertía el título de una novela de Megan Maxwell).
Pero, ¿a qué alude este neologismo? Las mujeres suelen calificar de “princesos” a aquellos hombres que adoptan un rol más bien pasivo, similar al que tradicionalmente se esperaba de ellas. Una actitud femenina que no les gusta. Por eso, lo de “princeso” es despectivo. Implica que son inútiles, faltos de iniciativa y de motivación, indecisos, cobardes.
¿Algo más? Pretenden ser cortejados, atendidos y consentidos por las mujeres. O buscan una reciprocidad excesiva, priorizando su comodidad emocional. No se la juegan, no se exponen, cero esfuerzo. “Encima se hacen los misteriosos, un embole”, comenta una de las desencantadas. De hecho, muchas veces se los asocia con la falta de responsabilidad afectiva.
Otra acepción se refiere a hombres que se preocupan mucho por su aspecto, tienen una visión idealizada del amor y la fantasía de encontrar una mujer proveedora y hasta de quedarse en la casa cuidando los hijos. Heterosexuales hipersensibles, poco viriles para el gusto de varias, no muy “caballeros”... en las antípodas del macho alfa. “Demasiado deconstruidos”, dicen algunas (otras, directamente los tildan de “gays”). Entre sus referentes estéticos está Justin Bieber.
La otra campana
Asimétricamente, estos hombres no opinan lo mismo. Consideran que hablar de “princeso” para ridiculizar a quien expresa sus emociones, cuida su apariencia y no se siente obligado a ser el más fuerte… atrasa. En el sentido de que refuerza los viejos estereotipos de género (y por ende el mismo machismo que ellas dicen querer combatir). Y entonces plantean que las mujeres son independientes y empoderadas “cuando les conviene”.
Pero además “pretenden que activemos, las pasemos a buscar y paguemos todo, obvio”. Consideran que “no se puede tener igualdad por un lado, pero por el otro pedir que el hombre sea un caballero tradicional”. Curiosamente, también las mujeres retrucan diciendo que ellos se acuerdan de la “igualdad” cuando les viene bien.
Algunos postulan que hablar de “princeso” puede ser una racionalización cuando un chico les gusta y éste se muestra desinteresado y negligente. Entonces prefieren burlarse, en lugar de ver la realidad, hacerle frente al orgullo herido y aceptar el rechazo.
De machos a hombres
El Instituto para el Desarrollo de Masculinidades Anti-Hegemónicas (fundado en 2018, con perfil en redes #demachosahombres) proclama que este prejuicio “refuerza la idea de que lo femenino es algo negativo o menor, lo cual afecta fuertemente a las mujeres de entrada, pero de paso indica que es algo completamente indeseado en un hombre, dando por sentado que la única forma de masculinidad posible es una basada en la rudeza y agresividad deliberada”.
Manifiestan que “en lugar de ridiculizar, deberíamos aceptar que cada persona, hombre o mujer, pueda construirse desde la autenticidad. Es esencial que dejemos de lado estos principios para crear formas de relacionamiento más igualitarias”. Y concluyen: “Permitir que los hombres sean sensibles, vulnerables, estéticos o emocionales no los hace menos, los hace más humanos. Y ese debería ser siempre el objetivo”.