Alejandro Urueña
Ética e Inteligencia Artificial (IA) - Founder & CEO Clever Hans Diseño de Arquitectura y Soluciones en Inteligencia Artificial. Magister en Inteligencia Artificial.

María S. Taboada
Lingüista y Magíster en Psicología Social.  Profesora Titular de “Linguística General I” y “Política y Planificación Linguísticas” de la Fac. de Filosofía y Letras de la UNT.

Hay libros que se escriben para ocultar lo que dicen. El 18 de abril, la cuenta oficial de Palantir —el gigante tecnológico fundado por Peter Thiel y dirigido por Alex Karp— publicó en X veintidós tesis que resumen The Technological Republic, el manifiesto con el que su CEO pretende explicar el futuro de Occidente. El texto usa palabras tranquilizadoras: república, patriotismo, deber cívico, crecimiento, paz. Leído con atención, dice otra cosa. Arnaud Miranda y Gilles Gressani, en Le Grand Continent, lo tradujeron línea por línea y lo desarmaron con elegancia quirúrgica). La conclusión es incómoda: el proyecto consiste en convertir al Estado en una filial (una empresa subordinada) de su propia infraestructura digital.

Extractivismo de datos y cautiverio

Conviene recordar qué es Palantir antes de celebrar su vocabulario cívico (Metadatos, regulación y derechos humanos: ¿invasiones sin ejércitos?). La empresa nació en 2003, luego de los sucesos del S 11, con capital inicial de In-Q-Tel, el fondo de inversión de la CIA, con el objetivo de “registrar y atacar células terroristas”. El lema “oficial” esconde el uso de materiales de detección y destrucción para fines de todo tipo, desde guerras hasta persecución de migrantes. Y el insumo es el extractivismo de datos: “matamos con metadatos”. Su herramienta estrella, Gotham, se usó en Irak y Afganistán para detectar artefactos explosivos. Más de la mitad de su facturación proviene de contratos públicos.

Su método comercial tiene nombre propio: land and expand (aterrizar y expandirse). Como señalan Miranda y Gressani, consiste en entrar a una institución con un contrato simbólico —durante la pandemia cobró una libra esterlina al sistema de salud británico— e instalar allí a sus ingenieros y su “ontología” propietaria (la forma en que organiza los datos) hasta que sacarla se vuelve imposible. Los economistas llaman a eso vendor lock-in: quedar prisionero del proveedor. En palabras claras: cautiverio.

Sobre ese piso industrial, Karp construye una arquitectura filosófica que aparenta moderación. A diferencia de Thiel —que desde 2009 viene diciendo que libertad y democracia son incompatibles— o de Curtis Yarvin —que propone directamente un CEO convertido en monarca—, Karp prefiere el lenguaje de la “república tecnológica”. Miranda y Gressani recurren a una distinción del filósofo Leo Strauss para entenderlo: hay un discurso exotérico (público, pensado para el oyente común) y uno esotérico (reservado, pensado para quien sabe leer entre líneas). En el registro exotérico, Karp habla de democracia. En el esotérico, anuncia la reforma completa del Estado norteamericano. El vocabulario republicano es, en términos de marketing, el packaging.

Las 22 tesis despliegan ese doble juego con puntualidad. Silicon Valley tiene una “deuda moral” con la nación. Por eso, de ser un nicho independiente de objetivos de defensa y bélicos, ahora los contratos con el Pentágono son el grueso del negocio. El manifiesto de Palantir exalta la necesidad de pasar del soft power, cultural y diplomático al hard power: poder duro, militar y coercitivo. Este poder se construirá sobre el software que, más allá de toda sorpresa, vende Palantir. La era de disuasión atómica termina y empieza la era de la “disuasión basada en IA”: eufemismo para potenciar la expansión bélica. Palantir se postula como la infraestructura de esa nueva disuasión. Cada tesis filosófica es, al mismo tiempo, una factura.

La república tecnológica en tiempo real

Un punto revelador es la asimetría que denuncian los comentaristas franceses. En la tesis XVIII, Karp se queja de la “exposición despiadada” de la vida privada de los dirigentes públicos: una de las razones por las que la política ahuyenta talentos. Mientras tanto, ImmigrationOS —el producto que Palantir le vende a ICE, la agencia migratoria estadounidense— ofrece “visibilidad casi en tiempo real” sobre personas en proceso de deportación, cruzando pasaportes, datos fiscales, lectura de matrículas y telefonía. Traducido: opacidad para quienes mandan, transparencia total para quienes son mandados. La república tecnológica es una república óptica monocular: se ve desde una sola dirección.

Hay tesis que directamente hacen temblar la escritura. Karp sostiene que la neutralización de Alemania y Japón tras 1945 fue una “corrección excesiva” y debe revertirse. Afirma, sin medias tintas, que algunas culturas son superiores a otras, y que pretender lo contrario es dogma. Se trata de un retorno sin tapujos al darwinismo social del siglo XIX y a todas las teorías precedentes fundadas en la racialización: razas, mentes, culturas superiores destinadas a gobernar el mundo frente a otras inferiores que requieren ser dirigidas y encauzadas. Tal vez por eso la “neutralización” de Alemania es excesiva: detrás de la manipulación discursiva se oculta la filiación al nazismo y a los fascismos alimentados por esas teorías. Miranda y Gressani lo interpretan como un dog whistle (silbato para perros: un mensaje cifrado que solo capta la audiencia que comparte el código) dirigido a la derecha culturalista blanca. Todo esto convive, en el mismo texto, con invocaciones a Jürgen Habermas y a la Escuela de Frankfurt: estrategias y referencias discursivas para disfrazar la real filiación ideológica. Karp fue, efectivamente, discípulo de la sociología crítica alemana. Su itinerario intelectual es el de alguien que estudió a Habermas para desactivarlo por dentro aggiornándolo a sus objetivos: una colonización epistémica inadmisible pero coherente con sus pretensiones actuales de dominación y colonización planetaria.

La “selección tecnológica”

Ahora bien, que un CEO publique su manifiesto no es, en sí mismo, una novedad. Todas las grandes tecnológicas lo hacen, más clara o más opacamente, en sus páginas web. Lo nuevo —y lo que nos toca— es que esta doctrina está dejando de ser opinión de al menos un sector importante Silicon Valley para convertirse en política estadounidense. Y lo que ocurre allá siempre llega acá con unos años de retraso, envuelto en consultorías y licencias. La pregunta relevante para nosotros no puede quedarse en qué piensa Karp, sino en advertir qué hacemos cuando alguien llame a la puerta de un ministerio argentino con un contrato simbólico, una sonrisa y la promesa de modernizar el Estado por una libra esterlina. Circula desde hace un tiempo información sobre acuerdos entre la SIDE y Palantir. Y en ese contexto, es sugestiva la “visita” de Thiele a Argentina, que aparentemente se transformará en una estadía prolongada para la cual acaba de adquirir una mansión en Buenos Aires. No menos sugestivo es que la primera reunión con el presidente haya sido precedida por la “desacreditación” y la consecuente proscripción de toda la prensa en la Casa Rosada

La tesis final del manifiesto es una clara evidencia de adónde pretenden llevarnos empresas como ésta, que tiene incidencia en los servicios de inteligencia de buena parte del mundo, que recibe jugosos capitales públicos y cuyo fundador es una de las personas más ricas y poderosas del planeta: “debemos resistir la tentación superficial de un pluralismo vacío y sin sentido. Nosotros, en Estados Unidos, y más ampliamente en Occidente, hemos resistido durante el último medio siglo la definición de culturas nacionales en nombre de la inclusión. Pero: ¿la inclusión de qué?”

No es inocente el uso del plural (nosotros) y la generalización de la ideología de los autores a todo “Occidente” en una construcción discursiva que pretende erguirse como un reflejo de la realidad. La negación del pluralismo, de las diversidades culturales nacionales y la interrogación sobre la inclusión no dejan lugar a dudas: lo que se pretende es una pseudo república, fundada en una IAcracia, autocrática y gobernada sobre un modelo de pensamiento único, homogéneo y hegemónico, sin derechos a la pluralidad, a la autodeterminación, a las identidades.

Y, si seguimos delegando en la IA y en los LLM, nuestras potencialidades cognitivas, bajo el manto protector y la discursividad paternalista y mesiánica de las empresas tecnológicas sobre sus productos, no serán necesarios los software ni el hard power de Palantir. Nos habremos entregado -involuntaria o conscientemente- a la “república” tecnológica. Que ya no será “res” pública (cosa pública) sino patrimonio y decisión de magnates privados.