En el fútbol argentino hay una mentira elegante que se repite desde hace décadas. Que el hincha quiere jugar bien, que valora los procesos y que prefiere una idea antes que un resultado. No es cierto, para nada. O, al menos, eso no resiste demasiada prueba. Acá se reivindica a César Luis Menotti, se cita a Pep Guardiola, se habla del paladar negro, del juego asociado y de respetar los proyectos. Pero basta una racha de dos derrotas para que toda esa literatura se incendie de inmediato. Y entonces aparece la única verdad que verdaderamente importa: sólo sirve ganar.

El famoso paladar negro, tantas veces invocado como patrimonio moral del hincha, en la mayoría de los casos no es más que una coartada estética mientras los resultados acompañan. Cuando dejan de hacerlo, las convicciones se vuelven negociables. Y Tucumán hoy ofrece una prueba contundente.

Hace apenas unos meses, en Atlético, Hugo Colace aparecía como la representación de un fútbol moderno. Su Reserva “cinco estrellas” era mostrada como modelo: intensidad, presión alta, circulación y audacia. No eran pocos los que reclamaban que ese proyecto debía tener continuidad en Primera; y cuando la dirigencia decidió promoverlo tras la salida de Lucas Pusineri, la sensación fue que el club apostaba por una idea antes que por un apellido. Pero esa idea duró lo que duraron las derrotas. Bastaron unos cuantos malos resultados para que muchos de quienes habían pedido a Colace empezaran a cuestionarlo. El crédito que parecía amplio resultó minúsculo; y la paciencia fue una ficción. Entonces llegó Julio César Falcioni, símbolo del pragmatismo, y el volantazo fue aplaudido. Ya no importaba la doctrina del buen juego, sólo importaba salir del pozo. Y hoy, como el “Emperador” tampoco encuentra respuestas, empiezan otra vez las dudas. La secuencia es extraordinaria por lo que revela: se exige un proyecto, se abandona ante las primeras turbulencias, se recurre al técnico bombero y luego también se lo discute.

Ojo no es una anomalía exclusiva de 25 de Mayo y Chile; es una lógica, porque en San Martín ocurre algo parecido. A Andrés Yllana se lo cuestiona porque el equipo empata demasiado y porque de local no termina de hacerse fuerte. Pero el “Santo” está ahí, peleando los primeros lugares de la zona B de la Primera Nacional aunque, claro, todavía falta una eternidad para definir algo. Pero para los hinchas no alcanza porque la ansiedad no suele entender de contextos.

En La Ciudadela hay memoria de sobra para probarlo. A Pablo De Muner lo empujaron a la salida y tiempo después muchos pidieron su regreso. A Iván Delfino lo reclamaron como solución y luego lo condenaron porque “no jugaba a nada”. E incluso a Ariel Martos llegaron a insultarlo cuando el equipo venía primero. No hay entrenador que sobreviva ileso a esa contradicción. Se le pide identidad, pero se lo evalúa por la urgencia.

Eso no ocurre únicamente en Tucumán, y una clara muestra de ello es que también pasó en la selección argentina. Cuando Lionel Scaloni asumió, abundaban los escépticos. Se dudaba de su experiencia, de su peso y de sus decisiones. Cada convocatoria era sometida a sospecha y nadie se atrevía hablar entonces de un “proceso”. Después llegaron los títulos, y el país se llenó de “scalonistas”. Ahí está, quizás, la gran trampa argentina; los procesos suelen ser valorados de manera retroactiva. Se los celebra cuando ya triunfaron, pero antes casi nadie se los banca. Porque mientras se gana, hay convicciones, pero cuando se pierde hay crisis. Esa es la verdad incómoda que muchas veces se esconde detrás de la retórica menottista.

El juego vistoso sólo importa cuando el equipo gana

No se trata de que el hincha argentino desprecie jugar bien; está claro que siempre se disfrutan los equipos que despliegan un buen fútbol. Pero la mayoría de las veces sólo se soporta el juego vistoso mientras no le haga pagar el costo de perder. Si ese costo aparece, el lirismo deja de ser virtud y empieza a ser irresponsabilidad. Por eso la vieja división entre menottistas y bilardistas siempre tuvo algo de sobre interpretación intelectual. La mayoría de los hinchas no vive esa discusión como doctrina porque sólo quiere ganar. Si se puede jugar lindo, mejor; pero primero hay que ganar. El resultado absuelve casi todo, incluso las contradicciones. Porque muchos de los que citan a Menotti reclamarían hoy un técnico pragmático si su equipo encadena tres derrotas. Y muchos que desprecian el resultadismo celebran planteos conservadores cuando traen puntos.

No es hipocresía individual, sólo se trata de una cultura futbolera. Una cultura atravesada por la urgencia. Por eso los verdaderos procesos son tan difíciles de sostener ya que van contra una lógica emocional que exige respuestas inmediatas. Y acaso ahí esté la excepción que volvió extraordinario a Scaloni: no que haya tenido un proceso, sino que logró sobrevivir el tiempo necesario para que ese proceso madurara. Porque en Argentina eso casi nunca pasa. Se predica paciencia, pero se consume ansiedad; se invoca el proyecto, pero se administra la coyuntura y se habla de ideas, pero se juzga por resultados.

Tal vez el problema no sea que en nuestro fútbol sólo importe ganar; eso, en definitiva, puede ser una honestidad brutal. El problema es fingir lo contrario. Recitar a Menotti, romantizar a Guardiola, hablar del paladar negro y pedir la cabeza del técnico en la tercera fecha, cuando los resultados llegaron en contra. Esa es la verdadera mentira.

El hincha argentino no es tan procesista como le gusta creerse; es profundamente resultadista. Siempre lo fue y probablemente siempre lo será. Porque en este fútbol casi todo se discute, salvo una cosa: la derrota. Eso no se perdona.