En el fútbol, la frontera entre la convicción y la negación suele ser delgada. Tras 10 fechas disputadas, San Martín se encuentra en ese territorio difuso donde los números todavía lo mantienen en la conversación (dentro de la zona de Reducido), pero las sensaciones en el campo de juego empiezan a generar ruido. Es el tramo del calendario donde el análisis del video se mezcla con la necesidad de blindar la cabeza antes de que el murmullo baje de la tribuna.

El inicio de semana en el complejo Natalio Mirkin estuvo marcada por un mensaje unificado. Si después del empate contra Tristán Suárez fue el propio Andrés Yllana quien se plantó ante la prensa para defender su proceso, esta vez fueron los jugadores los que tomaron la posta de ese discurso. El “no estamos tan mal” se ha convertido en el mantra oficial dentro del vestuario.

Sintonía total: la voz del grupo como eco del DT

Jorge Juárez, protagonista de un ingreso levemente positivo frente a Agropecuario, fue el encargado de refrendar esta postura. El volante, que al menos mostró una cara más participativa y punzante que la de Kevin López en el último compromiso, se alineó sin fisuras con el entrenador. “Nos adaptamos a lo que nos pide Andrés; él es quien lee los partidos”, afirmó el “Tucu”, desactivando cualquier atisbo de duda sobre la rotación constante de esquemas. “En el plantel hay tantos buenos jugadores que podemos variar los dibujos; eso es buenísimo tanto para nosotros como para el cuerpo técnico”, agregó.

Esa ductilidad que el plantel pregona como una virtud (pasar del 3-5-2 al 3-4-3 o al 4-3-3 según la conveniencia del rival) es, hoy por hoy, el principal foco de debate en las tribunas. Mientras el cuerpo técnico y los jugadores ven versatilidad, desde afuera se percibe confusión.

Sin embargo, las palabras de Juárez traslucen una confianza ciega en la conducción. La idea de que tener un plantel con nombres de jerarquía permite cambiar el traje a mitad de la fiesta sin la necesidad de perder la elegancia. El problema es que, en el último partido, el traje terminó bastante desprolijo.

Verticalidad: la urgencia del sábado

Lo de Juárez no es sólo un discurso. En sus minutos en el duelo contra Agropecuario, el equipo encontró un atisbo de la verticalidad que Yllana le reclamó a él y a Matías García en el entretiempo. “Nos pidió que agarremos la pelota y seamos más agresivos“, confesó el volante. Esa diferencia de ritmo respecto a la pausa excesiva que a veces propone Kevin López podría ser la llave para destrabar el partido ante Atlético de Rafaela.

En un torneo en el que los equipos suelen venir a La Ciudadela a abroquelarse, la “ambición de ser protagonistas” que Juárez destaca se ha vuelto, paradójicamente, el mayor escollo del “Santo”. San Martín quiere, pero a veces no sabe cómo. Y esa impotencia empieza a trasladarse de los pies a la cabeza.

¿Fútbol o psicología?

De los seis partidos jugados en su casa, San Martín empató cuatro. La estadística es fría, pero el clima comienza a calentarse en Bolívar y Pellegrini. Si bien este año la nueva dirigencia y el armado de un plantel con nombres de peso han generado un “colchón” de paciencia más mullido que en temporadas anteriores, el crédito no es infinito.

Juárez admitió que lo de Carlos Casares fue “inusual porque no salió nada de lo trabajado”. Pero el fútbol profesional tiene tiempos que no siempre coinciden con los de la autocrítica constructiva. El sábado, ante la “Crema”, el equipo no solo jugará contra el rival. A planteles de años anteriores, la presión del murmullo descendiendo desde las cuatro tribunas les terminó jugando una mala pasada, transformando la ambición en apresuramiento y la táctica en pelotazos.

El grupo actual asegura tener la tranquilidad necesaria para corregir detalles, pero el fútbol es, ante todo, un estado de ánimo. Y en La Ciudadela, el estado de ánimo suele depender de que la pelota infle la red antes de que el reloj marque los 20 del segundo tiempo.

La moneda está en el aire: o el discurso de la paciencia se transforma en el cimiento de una levantada, o la presión empezará a resquebrajar el blindaje de un equipo que, por ahora, elige creer que el tiempo todavía está de su lado.