Algunas palabras cambian de sentido según el contexto en el que aparecen. “Academia”, por ejemplo, remite a aprendizaje, a formación, a algo que se transmite. Y, sin embargo, es el término que utilizó la CNN para describir comunidades online donde hombres intercambian contenido, experiencias y “consejos” vinculados a la violencia sexual y a cómo evitar ser condenados. Durante semanas, una investigación del medio siguió el rastro de una red internacional de chats y foros que operaba en plataformas como Telegram, en los que miles de usuarios compartían instrucciones, dosis de drogas y estrategias para sedar, grabar y abusar de mujeres. No se trataba de intercambios aislados: había reglas, categorías y una dinámica sostenida de producción y circulación de contenido.
La investigación detectó algo más inquietante que el delito en sí: la naturalización. No había clandestinidad.
Los números ayudan a dimensionarlo. Solo uno de los sitios vinculados a esta red registraba 82 millones de visitas mensuales. No son rincones oscuros de internet. Es circulación masiva.
En ese ecosistema, términos como “rape academy” (academia de violación) empezaron a usarse para describir estos espacios donde usuarios intercambian experiencias, prácticas y material.
Lo que aparece ahí tampoco es homogéneo, pero sí reconocible. Contenido íntimo sin consentimiento. Relatos que funcionan como validación entre pares. Clasificación del material como si se tratara de cualquier otro archivo. Y, en muchos casos, un dato: gran parte de esta violencia ocurre en vínculos cercanos. La violencia, otra vez, no llega desde afuera.
Uno de los hallazgos más perturbadores de la investigación fue el espacios identificado como “Zzz”. En el mismo se podía encontrar la categoría “sleep” o “dormir”, en la que se compartían videos, relatos en primera persona y “consejos” sobre cómo abusar de mujeres dormidas, muchas veces en contextos de pareja.
Después de la publicación de la CNN, el grupo “Zzz” desapareció. Pero no del todo. Surgieron comunidades espejo. El contenido no se borró, migró a otros grupos.
La pregunta, entonces, no es solo qué pasa dentro de esos espacios, sino por qué encuentran terreno fértil.
Ahí es donde la idea de excepción empieza a resquebrajarse. Porque no son hechos aislados. Casos como el de Gisèle Pelicot en Francia o el de Collien Fernandes en Alemania vuelven visible algo que ya estaba: una violencia que no aparece de la nada, sino que encuentra formas de organizarse, justificarse y, en algunos casos, incluso replicarse.
A eso se suman señales que circulan en paralelo, muchas veces más naturalizadas. En Brasil, por ejemplo, el contenido “caso ela diga não” (“y si ella dice no”) se volvió tendencia, sobre todo en TikTok, en el que hombres simulan reacciones violentas ante un posible rechazo sexual.
Al mismo tiempo que estas redes funcionan, otros datos aparecen en paralelo. Un estudio realizado por The Guardian, basado en encuestas en 29 países, señala que, en varios indicadores, los hombres de la generación Z (los nacidos entre 1997 y 2012) expresan posturas más conservadoras que los baby boomers (los nacidos entre 1946 y 1964).
Dentro de la gen Z, además, la brecha es clara: las mujeres jóvenes tienden a ser más progresistas, mientras que los varones jóvenes se inclinan hacia posiciones más tradicionales.
Este dato no explica por sí solo lo que ocurre en esas comunidades, pero sí ayuda a entender el clima en el que aparecen.
En paralelo, otros números siguen marcando una dirección similar: el 31% de los varones gen Z cree que una mujer debería obedecer a su marido; el 24% considera que no deberían ser “demasiado independientes”; y el 21% sostiene que una “mujer de verdad” no debería iniciar relaciones sexuales.
Si bien no parecen fenómenos completamente desconectados. No hay una línea recta entre esos datos y lo que ocurre en esas plataformas. Porque, aunque se trate de indicadores generacionales, esas comunidades no están habitadas sólo por jóvenes: quienes participan son, en su gran mayoría, hombres de distintas edades. No es un fenómeno generacional aislado: es una lógica que se reproduce más allá de la edad.
En el mundo digital, además, la asimetría es clara: el 98% del material íntimo no consentido afecta a mujeres. Y el 99% de los deepfakes sexuales también tiene como objetivo a mujeres.
Las cifras no explican todo, pero ayudan a ver el contorno.
En paralelo, las estadísticas de violencia extrema siguen marcando una persistencia inquietante. En Argentina, una mujer es asesinada cada 33 horas. En España, el promedio es de una por semana. En México, hay días en los que no se registra ni una sola jornada sin víctimas.
Nada de esto ocurre únicamente en internet. Pero internet funciona como amplificador, como espacio de ensayo, como lugar donde lo que antes podía ser marginal encuentra comunidad.
¿Qué parte de todo esto es nueva y qué parte simplemente se volvió visible?
Tal vez lo más incómodo no sea la existencia de estos espacios, sino la evidencia de que no están desconectados del resto. Que no son un “afuera”. Que dialogan con ideas que siguen circulando, con modelos de masculinidad que no termina de correrse, con formas de vínculo donde el consentimiento todavía se discute.