Avanza despacio entre las hierbas altas, con la calma de quien pertenece al monte desde antes que existieran los caminos. Su cuerpo robusto se abre paso entre el verde espeso, mientras su hocico -en forma de pequeña trompa- tantea el aire. Parece una criatura antigua, salida de otro tiempo. Pero vive aquí, en Tucumán, entre la humedad y la sombra de la yunga. Es el tapir, el mamífero terrestre nativo más grande de Sudamérica, y una de las especies más valiosas -y amenazadas- del norte argentino.

Durante décadas fue perseguido, cazado y casi olvidado. Hoy, científicos, ambientalistas y organismos públicos buscan devolverle un lugar central en la selva tucumana. No sólo por su valor simbólico, sino porque sin tapires, la naturaleza pierde uno de sus principales aliados.

El arquitecto de la yunga

Herbívoro, solitario y de hábitos mayormente nocturnos, el tapir puede superar los 150 kilos y recorrer largas distancias dentro del monte. Le gusta bañarse, nadar y desplazarse cerca de cursos de agua. Pero su verdadera importancia está en lo que hace mientras vive.

Se alimenta de frutos y vegetación nativa, y luego dispersa semillas a lo largo de amplios territorios. Muchas de esas semillas, incluso, mejoran sus posibilidades de germinación después de pasar por su sistema digestivo.

“Es una especie arquitecta del paisaje”, explica Laura García docente de educación ambiental de la Reserva Experimental de Horco Molle.

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El tapir no sólo siembra bosque al trasladar semillas; también abre senderos naturales, modifica recorridos dentro de la vegetación y ayuda a regenerar sectores del monte.

ALIMENTO. Con su trompa móvil y flexible come hojas, frutas y ramas.

Por eso también puede ser llamado “el jardinero de la selva”.

Especialistas remarcan que la desaparición del tapir de distintas zonas tucumanas no fue un hecho menor. Su ausencia dejó un vacío ecológico que todavía se siente.

“Hace unos 80 años que falta esa pieza”, remarca García. La principal causa de su retroceso fue una combinación conocida en toda América Latina. La caza furtiva y la destrucción de su hábitat. El avance de la frontera agropecuaria, la pérdida de selva nativa, los incendios, la contaminación, los atropellamientos en rutas y el ataque de perros también figuran entre las amenazas actuales.

Al tratarse de una especie grande y visible, proteger al tapir implica además conservar el ambiente donde vive.

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Garcia indica que en biología, eso se conoce como “especie paraguas”. “Al resguardar su territorio, también se protege a innumerables especies menos visibles, como anfibios, reptiles, aves, insectos y pequeños mamíferos que conviven en la misma zona”, detalla.

Devolverlo a la libertad

En nuestra provincia, uno de los principales esfuerzos de conservación se concentra en la Reserva Experimental de Horco Molle, dependiente de la Universidad Nacional de Tucumán.

Actualmente allí viven nueve ejemplares en espacios amplios de semicautiverio o semilibertad, pensados para respetar sus conductas naturales y sus necesidades de desplazamiento.

El objetivo final es reintroducir nuevamente al tapir en libertad dentro de las yungas tucumanas.

El camino no fue sencillo. “Años atrás se avanzó con liberaciones experimentales, pero una de las hembras fue cazada ilegalmente, lo que obligó a revisar estrategias y reforzar sistemas de seguridad y monitoreo”, cuenta García.

EN CARTEL. Es de hábitos mayormente nocturnos y es un gran nadador.

Desde entonces, equipos técnicos trabajan en nuevas tecnologías de seguimiento, selección de zonas aptas y sitios con agua, alimento y menor riesgo de acceso para cazadores furtivos.

No obstante, si algo cambió en los últimos años fue la relación entre el tapir y la sociedad. Quienes trabajan en educación ambiental recuerdan que tiempo atrás muchas personas ni siquiera reconocían al animal. “Hoy ocurre lo contrario. Niños lo nombran, lo buscan en la reserva y lo identifican como parte de la fauna tucumana”, dice la docente.

Y ese cambio también se observa en otras áreas. El Ente Tucumán Turismo eligió al tapir como imagen de Wayki un personaje creado para promover el cuidado ambiental y recibir a visitantes.

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La vicepresidenta del organismo, Inés Fría Silva, comenta que la decisión estuvo vinculada a la necesidad de poner en valor una especie autóctona muchas veces desconocida y temida. “Cuando la gente se encuentra con uno, por su tamaño, tiende a tenerle miedo. Entonces pensamos cómo hacer para que lo conozcan y, sobre todo, lo preserven”, señala.

El nombre Wayki remite a la amistad y la hermandad en lengua quechua, y busca conectar identidad regional, naturaleza y hospitalidad. “No es una mascota, porque es un animal que no es domesticable. Es el anfitrión de nuestra provincia”, remarca Frías Silva.

Mientras tanto, custodiado por nuestras yungas, el tapir camina en silencio entre los árboles de Horco Molle, ajeno a todo lo que causa, y sólo hace lo que hizo siempre. Comer frutos, abrir senderos y sembrar selva.

Quizás por eso recuperarlo no sea sólo rescatar una especie vulnerable. Tal vez también sea una forma de intentar que la yunga tucumana vuelva a funcionar completa.