(Casi) increíble pero real. Después de 464 días sin cantar victoria en rodeo ajeno, el Atlético Tucumán de Julio César Falcioni se dio el grandísimo gusto de conseguir un triunfo inédito en Primera División en el estadio Monumental con un gol de Renzo Tesuri que constará en los libros de historia. En definitiva, ante un River desteñido, el “Decano” metió un batacazo inesperado para cerrar el torneo Apertura de la mejor manera.
El “Millonario” salió a jugar conociendo que no necesitaba del resultado –ni Argentinos Juniors había empatado, ni Rosario Central ganado en la previa-, es decir que ya nada ni nadie lo privaría del puesto de escolta de Independiente Rivadavia en la Zona B.
Atlético, en cambio, saltó a la cancha consciente de que tenía ante sí la oportunidad de pegar un golpe en la mesa para comenzar a dejar atrás una campaña deslucida y mediocre, de sumar para llegar al inicio del Clausura con algo de alivio en la anual.
En la práctica, Eduardo Coudet presentó un mix de titulares y suplentes, con la buena noticia del regreso de Maximiliano Meza tras haber superado una lesión que lo dejó casi seis meses fuera de las canchas, y también la vuelta de Juan Fernando Quintero, esperando su momento en el banco de suplentes.
El “Emperador” Falcioni, se sabía, había decidido apostar por el mismo "11" que había decepcionado frente a Banfield en el José Fierro, otro tipo de mix, en este caso conformado por una dosis de confianza y también de criterio de realidad, con menos alternativas para variar que su colega del banco vecino.
La jugada del gol anulado por posición adelantada de Leandro Díaz, tras el remate de Tesuri que se desvió en el delantero centro y desparramó al arquero Santiago Beltrán, mostró el camino para Atlético.
Que hasta entonces había mostrado una versión demasiado timorata, refugiado en su propio campo. Pero el ímpetu de este River remendado duró apenas esos siete minutos iniciales.
Aquella jugada que terminó con la pelota dentro del arco, aunque no fue subida al marcador por el fuera de juego, marcó un antes y un después en el trámite.
El “Decano” comenzó a creer en sí mismo, que esta vez sí podía ser. Y el desaire de Franco Nicola a Germán Pezzella que culminó con un centro de aquellos que lastiman, que ni Leandro Díaz pudo empujar ni Maximiliano Villa terminar de usufructuar logró su objetivo final: la pelota le quedó a Tesuri, quizá quien más se merecía una alegría así, la de vulnerar a Beltrán, y esta vez sí que valía.
El Monumental con sus 80 y pico mil personas –otra vez no estuvo colmado, aunque casi- sintió el impacto. Y al equipo también le llevó un rato volver a presionar más alto y retomar la iniciativa.
Un zurdazo de media vuelta de Agustín Ruberto hizo revolcar a Luis Ingolotti, quien minutos después se equivocó al salir precipitadamente y le regaló el arco a un Ian Subiabre peleado con el gol.
En el último cuarto de hora de la primera etapa se hacía difícil apostar por aquello con más chances de acontecer: que el anfitrión lograra perforar a un Atlético compacto y voluntarioso o que la visita pudiera aprovechar alguna de las tantas defecciones de River a la hora de salir jugando o de marcar con sus centrales adelantados al círculo central.
Cuando la voz del estadio avisó que se jugarían dos minutos de tiempo adicional, casi sucede lo segundo: Beltrán achicó como el gran arquero que ya es y ahogó el grito de gol de Díaz, muy bien asistido por Nicolás Laméndola.
La gente, era previsible, despidió al equipo con silbidos, más merecidos que inesperados: River no venía jugando bien con los titulares y menos lo hizo con suplentes, ante un Atlético inteligente y pragmático, al modo Falcioni de cuando el oponente es quien debe asumir el protagonismo.
El “Chacho” respondió a su muy visible molestia por el bajo rendimiento de los suyos con tres cambios en el entretiempo. Era la hora de Maximiliano Salas, el ecuatoriano Kendry Páez y el juvenil Lautaro Pereyra, quien casi deja todo igualado en el arranque del complemento tras una gran jugada individual.
El “Decano” comenzó a hacer su juego, se trataba de que el tiempo pasara y que los nervios de su rival aumentaran. Pero la eficacia de la visita a la hora de ocupar espacios iba en caída, el aporte en la generación de Páez y Pereyra comenzó a dar frutos.
Páez definió livianito e Ingolotti evitó el empate y un cabezazo de Salas se estrelló en el travesaño. Ya "Juanfer" estaba en cancha.
Faltando menos de veinte, bajó desde los cuatro costados el típico “movete… movete”. River no encontraba los caminos y el reloj avanzaba.
Para entonces quedaba por verse cuál de las dos rachas negativas sería cortada, la del año y pico sin victorias de visitante o la de los más de ocho meses sin puntos cosechados en tal condición.
La escena del final tuvo la respuesta: el éxtasis de ese ramillete de camisetas celestes emocionadas por una victoria de alto impacto, con un Monumental silbando en estéreo.