La derrota en Salta dejó algo más profundo que un simple 1 a 0. A San Martín se le cortó otra vez el impulso y, sobre todo, quedó expuesto en una faceta que hasta aquí parecía controlada: la capacidad para competir emocional y tácticamente en contextos incómodos. Porque el partido contra Gimnasia y Tiro no fue una catarata de situaciones ni un festival futbolístico. Fue, en realidad, uno de esos encuentros cerrados, ásperos y de detalles mínimos que la Primera Nacional suele presentar como examen permanente. Y en ese escenario, al igual que en Carlos Casares, el “Santo” volvió a fallar.

Lo más llamativo fue la postura inicial. El equipo de Andrés Yllana prácticamente regaló el primer tiempo. No solamente porque casi no pateó al arco, sino porque asumió un rol demasiado pasivo frente a un rival que llegaba urgido y golpeado. San Martín se dedicó más a observar que a intervenir; esperó, midió y especuló. Y en esa búsqueda de control terminó perdiendo protagonismo.

El “Albo” tampoco fue una máquina ofensiva, pero sí mostró algo que el visitante no tuvo durante buena parte de la noche: decisión. Cada recuperación encontraba a los salteños intentando avanzar rápido, atacar espacios y jugar cerca del área de Darío Sand. De hecho, la situación más clara de la primera mitad nació de esa convicción. Nicolás Rinaldi sacó un remate potente que parecía destinado al gol, pero Sand volvió a demostrar por qué es uno de los arqueros más determinantes de la categoría.

Ahí apareció otro síntoma preocupante; el planteo no funcionó. Alan Cisnero quedó demasiado aislado en la generación y terminó absorbido por la presión rival. Sin conexiones claras ni circuitos aceitados, San Martín dependió más de arrestos individuales que de una estructura colectiva. En ese contexto, Luca Arfaras terminó siendo de lo mejor del equipo. Desde la potencia física, las ganas y los desbordes, fue de los pocos que intentó romper la monotonía ofensiva.

Por eso sorprendió tanto su salida en el entretiempo. Yllana decidió reemplazarlo por Facundo Pons buscando otra presencia ofensiva, aunque la modificación dejó la sensación de que el entrenador quitó justamente a uno de los pocos futbolistas capaces de alterar el desarrollo. A veces los cambios no sólo se analizan por el resultado posterior, sino también por el mensaje que transmiten. Y la salida de Arfaras resultó difícil de interpretar.

Un poco más ambicioso, pero sin "punch"

El segundo tiempo mostró a un San Martín algo más ambicioso. Adelantó líneas, intentó jugar más cerca del área rival y tuvo mayor posesión. Pero una cosa es tener la pelota y otra muy distinta es saber qué hacer con ella. El "Santo" careció de claridad, profundidad y sorpresa. La jugada de Nicolás Ferreyra, que terminó con una definición defectuosa, fue casi la única aproximación realmente peligrosa.

Y entonces apareció el detalle que define partidos en esta categoría. Un retroceso mal resuelto, espacios abiertos en el centro y Nicolás Contín atacando libre por el medio, terminaron por sentenciar la historia. El delantero no perdonó y fusiló a Sand. No fue nada extraordinario ni elaborado; apenas una desatención en un partido en el que equivocarse costaba carísimo.

La derrota deja preguntas más interesantes que el resultado mismo. Porque San Martín venía construyendo desde la solidez y la confiabilidad competitiva, pero en Salta mostró una versión demasiado cautelosa, desconectada y sin rebeldía futbolística durante largos tramos. Y en la Primera Nacional, cuando un equipo resigna intensidad y convicción, hasta los partidos más cerrados terminan inclinándose para el lado del que se anima un poco más.