La foto reapareció décadas después en el archivo de LA GACETA y provocó un estremecimiento inmediato. Allí están abrazados, sonrientes, antes de un partido de rugby en Tucumán. De un lado, Leandro Toll, joven wing de Cardenales. Del otro, Alejandro Puccio, figura del CASI. Una imagen que, cuando se publicó originalmente en abril de 1984, era apenas el retrato de una jornada histórica para el rugby tucumano. Pero que un año más tarde se transformaría en otra cosa: un documento incómodo, perturbador, atravesado por una de las historias criminales más impactantes de la Argentina.

“Fue una sorpresa enorme volver a ver esa foto, porque no la tenía presente”, cuenta Toll, más de 40 años después. El encuentro formaba parte de los festejos por el 40° aniversario de Cardenales y fue el 1 de abril de 1984. El Purpurado había conseguido algo enorme para esos años: traer a Tucumán al poderoso CASI, que dominaba el rugby argentino junto al SIC. En aquel tiempo, hablar de la URBA era hablar del nivel más alto del país. Y el CASI, además de ser campeón y protagonista permanente, tenía medio plantel integrado por jugadores de Los Pumas.

“Era un equipazo. Tenían nombres impresionantes: (Fernando) Morel, (Jorge) Georgie Allen, el Chapa Branca, los Travaglini. Y entre ellos estaba Alejandro Puccio, que además era jugador de Los Pumas”, recuerda Toll.

Para los jugadores tucumanos, enfrentarlos era casi tocar el cielo con las manos. Toll tenía apenas 19 años; Puccio, alrededor de 25 años. La diferencia no era sólo de edad: era la distancia entre un joven rugbier del interior y uno de los grandes referentes nacionales del momento.

Alejandro Puccio: de la gloria, a la traición, el horror y la muerte

La noche previa al partido hubo una reunión de camaradería organizada en la casa de la familia de Osvaldo Álvarez, histórica colaboradora de Cardenales. Allí, entre comidas, anécdotas y conversaciones sobre rugby, Toll compartió varias horas con Puccio. “Como él era wing y yo también iba a jugar de wing al otro día, terminamos hablando bastante. Y la verdad que era una persona muy amable, muy abierta, alegre, divertida. Nada distante. Todo lo contrario”, relata.

Canessa-Puccio: paradigmas de la solidaridad o de la ausencia de empatía

Hablaron de entrenamientos, de los viajes con Los Pumas, de cómo era competir al máximo nivel del rugby argentino. Para Toll y muchos de sus compañeros, aquellos jugadores eran ídolos absolutos. “Nos contaban experiencias de las giras, cómo entrenaban, cómo vivían el rugby. Imaginate lo que era para nosotros escuchar eso”, dice.

Refuerzos

Al día siguiente llegó el partido. Cardenales reforzó su plantel con nombres importantes del rugby tucumano, como Ricardo Sauze y José Santamarina, ambos de Tucumán Rugby. También estuvo Lucio de Chazal, que jugaba en San Cirano y luego terminaría incorporándose al CASI.

El encuentro estuvo a la altura de las expectativas. “Fue un partido palo y palo, muy disputado, con dientes apretados, como corresponde en el rugby”, resume l tucumano.

Tucumán aplaudió sin saber a un miembro del Clan Puccio

Después llegó el clásico tercer tiempo: saludos, abrazos, bromas y camaradería entre rivales que durante 80 minutos habían dejado todo en la cancha. Nadie podía imaginar lo que ocurriría poco tiempo después.

En 1985 comenzó a salir a la luz la historia del clan Puccio: secuestros extorsivos, torturas y asesinatos organizados desde una casa familiar en San Isidro. Alejandro, aquel wing simpático y cordial que había compartido una cena en Tucumán, aparecía involucrado junto a su padre Arquímedes y a otros integrantes de la familia en los delitos.

Canessa-Puccio: la paradoja más oscura del rugby

“El impacto fue enorme”, reconoce Toll. “Al principio parecía imposible de creer. Como si hoy te dijeran una fake news”, indica. La incredulidad no era sólo en Tucumán. Incluso varios compañeros de Puccio en el rugby lo defendían públicamente y sostenían que todo era una operación o una mentira. “Muchos de sus compañeros, figuras enormes del rugby argentino, decían que era imposible, que no podía ser cierto. Y luego se fue demostrando que sí”, recuerda.

La noticia golpeó especialmente a quienes habían compartido momentos con él poco tiempo antes. En Tucumán, además, la visita del CASI todavía estaba fresca en la memoria. “Nos impactaba porque nosotros lo habíamos tenido acá. Habíamos compartido comidas, conversaciones. En mi caso estaba incluso esa foto, abrazados después del partido”, cuenta.

El recuerdo más fuerte que le queda no es el rugbier, sino la contradicción imposible de explicar. “Lo que más te shockea es pensar cómo podía existir esa doble vida”, reflexiona. “Durante el día era un jugador de Los Pumas, representaba al país, a su club, era alegre, jovial, divertido. Y después estaba esa otra vida escondida junto a su padre”, cuenta.

Canessa-Puccio: el rugby, la moral y una historia atravesada por los Andes

Puccio terminaría preso y en noviembre de 1985 protagonizaría otro episodio impactante: se arrojó desde un balcón en Tribunales intentando suicidarse. Sobrevivió gracias a su estado físico, aunque quedó con secuelas neurológicas severas que derivaron en convulsiones permanentes. Murió en 2008, con sólo los 49 años.

Con el paso del tiempo, Toll construyó una conclusión clara sobre aquella historia. Y también una defensa cerrada del rugby como espacio de formación. “El deporte no tiene nada que ver con lo que pasó”, afirma. “El rugby seguramente hizo todo para ayudarlo. Después hubo otras influencias; la familia, la plata, vaya uno a saber qué terminó pesando más”, reflexiona.

El rol del rugby en el dilema Canessa-Puccio

Cierra con una frase que resume el sentimiento que todavía le provoca aquella foto. “A veces uno no se da cuenta de quién tiene al lado. Vos conversás, compartís momentos, y años después descubrís que esa persona escondía algo completamente distinto. Eso es lo que todavía genera shock”, concluye.