En Tucumán alcanza una tormenta fuerte para que todo colapse. Las calles se inundan, los canales desbordan y el tránsito queda paralizado. En verano, el calor rompe récords históricos. Cuando baja el caudal de los ríos, aparecen peces muertos flotando. Los problemas ambientales forman parte de la rutina. Y, aun así, las primeras ingenieras ambientales de la provincia no encuentran trabajo.

Seis mujeres se graduaron en marzo de 2026 en la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino. Son las primeras ingenieras ambientales de Tucumán y también del norte argentino. Durante años estudiaron matemática, química, termodinámica, hidráulica y tratamiento de residuos para prepararse ante problemas que la provincia enfrenta cada vez con más frecuencia. Pero después de recibirse apareció otro desafío: explicar qué hace una ingeniera ambiental.

“La gente piensa que esto es solo reciclar”

“Mi papá me manda noticias de reciclaje”, contó entre risas Amira Uezen Garzón, de 23 años. “Eso muestra cuánto falta entender sobre el tema. Mucha gente cree que lo ambiental es solamente separar residuos”, expresó.

La escena se repite en reuniones familiares, entrevistas laborales y conversaciones cotidianas. Para Denise Gómez, de 34 años, el desconocimiento termina impactando directamente en el trabajo. “Si no hay educación ambiental previa, nadie siente que necesita un ingeniero ambiental”, resumió.

La carrera existe en la Unsta desde hace seis años. Antes funcionaba una licenciatura en gestión ambiental, pero la ingeniería llegó con otro enfoque. “La gestión identifica problemas y planifica. La ingeniería resuelve mediante diseño y cálculo”, explicó Sergio Villafañe, director de la carrera.

Muchas de las estudiantes llegaron buscando una forma concreta de intervenir sobre los problemas ambientales que veían todos los días. Denise, por ejemplo, vivió varios años en Santa Cruz y veía de cerca el impacto de las industrias petroleras y carboneras sobre el ambiente. “Cuando se abrió la carrera dije: ‘Por fin voy a tener herramientas para trabajar sobre eso que tanto me molestaba’”, recordó.

Amira, en cambio, originalmente quería estudiar Ingeniería en Energía, pero como esa opción no existía en Tucumán eligió Ingeniería Ambiental. “Quería buscar soluciones reales a problemas que veía desde chica y aportar desde la parte estructural, desde la ingeniería”, contó. Hoy complementa su formación con una maestría en energías renovables en España.

La carrera tiene una duración de cinco años y formación en áreas como residuos sólidos, hidrología, sistemas climáticos, impacto ambiental y energías renovables. La información completa y el plan de estudios pueden consultarse en Ingeniería Ambiental de la Unsta.

PRÁCTICAS. Las integrantes de la primera camada de Ingeniería Ambiental de la UNSTA durante una visita técnica a una fábrica. / CORTESÍA AMIRA UEZEN

Baldosas que generan energía, humedales y proyectos contra inundaciones

Las tesis terminaron funcionando como una muestra concreta de todo lo que una ingeniera ambiental puede hacer. Y también de los problemas que Tucumán todavía no está resolviendo.

Denise enfocó su proyecto final en el tratamiento de efluentes industriales para frigoríficos de clase A. Su investigación buscó optimizar plantas de tratamiento para que los residuos líquidos cumplan con las normativas ambientales y no terminen contaminando el río Salí.

“Lo que buscábamos era que el efluente salga en condiciones correctas y no siga contaminando”, explicó.

Amira trabajó sobre baldosas piezoeléctricas aplicadas a Plaza Urquiza. Son estructuras que generan energía a partir de las pisadas de las personas, una tecnología utilizada en otros países pero todavía inexistente en Argentina.

“La idea era incorporar energías alternativas y también generar conciencia ambiental desde espacios públicos”, explicó.

Las tesis de sus compañeras también apuntaron a problemas muy concretos de la provincia. Hubo proyectos de techos verdes para disminuir el impacto del calor urbano, humedales artificiales para tratar aguas residuales durante lluvias intensas y propuestas de “ciudad esponja” para retener agua de lluvia, reducir inundaciones y reutilizar esa agua posteriormente.

“Muchas veces las soluciones ya existen, pero falta decisión para implementarlas”, coincidieron.

EN EL AEROPUERTO. Las jóvenes antes de viajar al Congreso Argentino de Ingeniería Sanitaria y Ambiental en Córdoba. / CORTESÍA AMIRA UEZEN

“No somos ambientalistas”: la diferencia que repiten una y otra vez

Hay algo que las egresadas, junto al director de la carrera, aclaran constantemente: ingeniería ambiental no es lo mismo que ambientalismo.

“El ambientalista denuncia o reclama, que está perfecto. El ingeniero tiene que resolver técnicamente el problema”, explicó Villafañe.

Las ingenieras mencionan el caso del árbol del Parque Avellaneda que cayó. Existían informes de biólogos que recomendaban retirarlo antes del accidente, pero la decisión generaba rechazo social. “Aunque ames el árbol, si representa un riesgo, el ingeniero te dice que hay que cortarlo”, planteó Denise.

Para ellas, el ejemplo resume bien el trabajo de la profesión: tomar decisiones basadas en estudios, cálculos y análisis técnicos, incluso cuando no son populares.

“Lo ambiental no es solamente militar una causa. También implica entender procesos industriales, hidráulicos, químicos y urbanos”, agregó Amira.

El riesgo de que todas terminen yéndose

Hace pocas semanas, las seis viajaron al Congreso Argentino de Ingeniería Sanitaria y Ambiental en Córdoba y volvieron con una sensación incómoda.

“Somos una provincia que se está quedando atrás”, afirmó Amira.

Mientras Córdoba sumó 94 plantas de tratamiento de agua en un año, explican que en Tucumán todavía muchas industrias descargan efluentes sin tratamiento y pocas empresas cuentan con áreas ambientales estables.

Villafañe enumera problemas que se repiten en toda la provincia: contaminación de ríos, mala gestión de residuos, erosión del suelo y contaminación del aire. “Hay muchísimo por hacer”, sostuvo.

Sin embargo, desde marzo las seis ingenieras envían currículums sin demasiadas respuestas. Tres lograron continuar con pasantías. Las otras siguen buscando oportunidades en Buenos Aires, provincias mineras o incluso en el exterior.

“Queremos apostar por Tucumán, pero muchas veces no queda otra que irse”, reconoció Denise.

Ahí aparece el temor que más se repite entre ellas: que la provincia forme profesionales que después terminan trabajando lejos porque el mercado local todavía no genera espacios.

Las seis ingenieras hoy siguen buscando un trabajo estable dentro de la profesión. Aunque tres lograron continuar con pasantías —una vinculada a proyectos en el exterior y dos dentro de Tucumán—, aseguraron que todavía cuesta encontrar espacios laborales consolidados para la ingeniería ambiental en la provincia.

Para las ingenieras, el cambio también depende de algo más cotidiano: educación ambiental desde chicos. Separar residuos en las casas, entender cómo funciona la contaminación o exigir controles ambientales son pequeñas acciones que, aseguran, terminan empujando a empresas y gobiernos a incorporar especialistas.

“La ingeniería ambiental es transversal. Podés trabajar en industrias, en energía, en planificación urbana o en educación”, explicó Denise. “Las herramientas están y los profesionales también. Solo falta que alguien decida mirar", expresó.