¿Dónde está mamá? Esa simple pregunta puede desencadenar una crisis. Mejor no preguntar ciertas cosas y menos en la casa de la abuela o en el hogar de niños. Duele.
1- “¿Cómo decirles la verdad a los chicos?” Doña Cata demasiado hace con criar cuatro nietos desde que eran bebés y una sobrina adolescente, que por orden judicial no pueden vivir con sus padres. La droga y la violencia les carcomieron la cabeza y la familia. Como si no hubiera bastado haber criado a 11 hijos ahora se hace cargo de los nietos. Y todavía le falta rescatar a uno más de un año y cuatro meses de la Sala Cuna.
En Tucumán unos 365 niños y adolescentes viven lejos de sus padres, según el último informe de Unicef (http://www.unicef.org/argentina/spanish/C_Parentales_final.pdf). Y de ellos, 131 son bebés y niños de hasta 15 años, distribuidos en tres institutos y 19 hogares de tránsito. Muy pocos saldrán en adopción. La mayoría espera que se resuelva su situación familiar, atravesada por historias de violencia, abuso y abandono, donde la droga y el alcoholismo hacen su caldo de cultivo.
Los jueces y los equipos técnicos de Familia y Minoridad se enfrentan a la encrucijada de hasta dónde seguir intentando restablecer los vínculos con la familia biológica. Porque cuanto más tiempo pasa menos posibilidades tiene un niño de ser adoptado. Si bien cada vez hay más parejas en el Registro Único de Postulantes a la Adopción que aceptan niños grandes, el grueso todavía sueña con acunar a un bebé.
Los tiempos de rehabilitación de la droga son muy lentos y los de los chicos son demasiados rápidos. Cinco años de un tratamiento es toda una vida para los niños de la Sala Cuna.
Eso no es todo. Cada vez hay más chicos con problemas de salud que provienen de madres drogadictas. “Prematurez, afecciones respiratorias, cardiopatías ... son algunas de las consecuencias”, dice la directora de la Sala Cuna, María del Carmen Esteban. No es fácil conseguirles padres adoptivos. Sólo el 2% de los chicos con patologías encuentra una nueva familia, según el Registro Unico de Postulantes para Adopción.
Doña Cata tiene dos hijas drogadictas que todavía no aciertan en la rehabilitación. “Una comenzó a consumir a los 13 años, faltaba a la escuela, tenía malas juntas y desaparecía de casa por largas temporadas. Todavía está con el padre de sus dos últimos hijos, que también es adicto y estuvo preso. Los chicos están conmigo”.
“Mi otra hija, de 28 años, siguió los mismos pasos que su hermana. Ella tiene dos hijos, que también están en casa. Además estoy criando a la hija de 14 años de mi hermano”. Cata tiene 53 años y ha criado a 16 chicos. “He buscado ayuda en la Fazenda (comunidad de recuperación de las adicciones) y sigo las instrucciones que me dan para encontrar a una de mis hijas que no sé donde está. Me dijeron que anda por Villa 9 de Julio y ahí la buscamos con mi hijo y mi marido. A veces pienso que tendría que decir basta, poner la denuncia en el juzgado de Familia y que la hagan traer con la Policía. Ya no doy más”, se le apaga la voz.
2- Elena tiene siete hijos. Cinco están repartidos por sexo y por edades entre la Sala Cuna y los hogares Santa Rita y Eva Perón. Los dos más grandes, de otro padre, quedaron con él en Buenos Aires. Sin querer ha repetido su propia historia. “Mi madre nos abandonó a mis hermanos y a mí cuando éramos muy chicos. Tuve una infancia de porquería, la verdad”, resopla. “A los 14 años tuve mi primer hijo, pero me escapé porque me pegaba mucho. Me vine a Tucumán con otro hombre, el padre de mis cinco hijos menores. Pero él consumía drogas y también me pegaba. A los cuatro meses de estar aquí me dejó por otra mujer. Tuve que prostituirme para darles de comer a los chicos”, confiesa con voz aporteñada.
Pero la historia volvía a repetirse una vez más. Era Aylén, la hija más grande de los cinco de Elena, que con ocho años había tomado la calle por su cuenta. “¡Se me escapaba! ¡No quería estar en la casa!” Se iba a pedir en el parque Avellaneda, donde le daban comida. Hasta que un día a Elena la chocó una camioneta y ya no pudo trabajar. Con lo que cobra del plan social y una ayuda de la Sala Cuna paga un alquiler de $ 1.400 en Villa Luján. Pero sueña con trabajar y recuperar a sus hijos de nueve, ocho, seis, cuatro y dos años, que están en los hogares.
3- En un barrio de Lastenia, por un pasillo lleno de barro, donde hay un carro abandonado, al lado de una casa de ladrillos sin revoque, hay una muñeca sobre el piso de tierra. Le falta una pierna y espera a su dueña, que está en la Sala Cuna junto a su hermano. Los chicos tienen cuatro y cinco años. Hace un año y cinco meses que no ven a sus padres. Ramón, el papá, es limonero. Vive en tiempo de cosecha y sobrevive el resto del año. La mamá es epiléptica y esquizofrénica; vive con su madre. “Era mala, una vez me tiró con un ladrillo y le pegó al chiquito”, recuerda.
“También teníamos un bebé de un mes y 10 días, pero una mañana amaneció muerto. Seguramente se ahogó durante la noche”, intenta una explicación. Ramón no esconde que tanto él como ella bebían mucho alcohol. Pero él cambió mucho desde el día en que un patrullero se llevó a sus hijos.
“No me resistí. Ya me había dicho la doctora del CIC que era mejor así, antes de que los chicos anden en la calle”.
Ahora va a Alcohólicos Anónimos y todas las semanas lleva una constancia a la Sala Cuna para que vean que sigue el tratamiento, como le aconsejó el “abogado de pobres”.
Todavía no puede ver a sus hijos, pero una vez, los vio cuando subían a una combi de la Sala Cuna. Hubiera querido gritarles, pero se acordó que la asistente social le había dicho que si los chicos lo veían iban a sufrir más. Y regresó a su casa llorando.