Cada cuatro años el ánimo de los hombres se altera por culpa del Mundial. Pero lo más terrible es cuando sufren esa regresión que genera irritación en el ambiente laboral, hasta en el mismísimo hogar y risotadas en general.
“Y así le pegaba en mis tiempos de jugador”, dice el empleado de la administración cuando vio el gol de Robin van Persie a Australia, cuando en realidad, por sus dotes futbolísticas, nunca salió del arco.
Otra más. Observa hacer una gambeta sensacional a Lionel Messi y “y pensar que así la movía cuando estaba en el colegio”. Los que lo escuchan se ríen, pero en su interior piensan que ese pobre ingenuo jugó porque era el único niño de la cuadra que tenía una pelota de cuero.
Y ni hablar de los vanidosos de siempre. “En mis años mozos tenía el mismo aspecto físico de Cristiano Ronaldo”, dice el parroquiano sentado en la mesa de un bar. Sus compañeros de café lo miran y hacen un esfuerzo sobrehumano para tratar de saber cómo hizo ese pelado panzón para haber tenido en algún momento de su vida los abdominales marcadas y un corte de pelo a lo europeo. Estamos en medio de un Mundial y, por lo que se ve, todo está permitido.