Ayer recorrían las inmediaciones del estadio Arena Corinthians. Iban y venían. Después trasladaron su inquietud al centro de San Pablo. ¿Dónde están las entradas?, se preguntaban los hermanos José y Eduardo Celis y su amigo Joaquín Pérez. Mostraban orgullosos la bandera albiceleste con la inscripción de Villa Quinteros, bastión de tucumanidad, y la camiseta de San Ramón, el equipo de la familia Celis. Pero les faltaban los tickets para que el viaje no fuera en vano. Y aparecieron.

“Nos contactamos en el hotel con un intermediario”, explica Joaquín, mientras muestra una tarjeta con el sello FIFA Management. Nos contó que tiene entradas para vender de todos los partidos: cuartos, semifinal y final. El trío debatió hasta que finalmente dieron el sí. ¿Cuánto pagaron? “Terminamos acordando en unos 8.000 pesos por localidad, alrededor de 1.000 dólares al cambio oficial”, revelan. ¿No es mucho? Sí, pero es la clase de gustos que sólo es posible darse una vez en la vida, sostienen.

Llegaron a Itaquera en tren, atravesaron los rigurosos controles y vallados policiales y posaron para LA GACETA, felices, con las entradas en la mano. Para los tucumanos fue una conclusión afortunada de la historia, pero para miles de argentinos las cosas son diferentes. El grueso de los revendedores pide de 1.500 dólares para arriba por cada ticket, cifras que están fuera del alcance de los bolsillos. Por eso, resignados, se instalaron en el Fan Fest para ver el duelo con Suiza en la pantalla gigante.

La otra arista del tema es la manipulación de los ingresos a los estadios por culpa de un sistema que, claramente, se presta a toda clase de negocios. Hay decenas de miles de entradas que la FIFA no saca a la venta. Son las que se entregan a los patrocinadores y a las federaciones nacionales. Esos son los tickets que se vuelcan a un gigantesco y lucrativo mercado negro. La FIFA mira para otro lado. Lo único que le interesa es que los estadios estén llenos y que el espectáculo se luzca para la televisión. ¿Y los hinchas? Siempre pagan el pato.