Para los brasileños, el subterráneo es el Metro (acentuado en la o para la pronunciación). A los millones de paulistas que lo toman todos los días ayer se sumaron miles de argentinos, una banda colorida y entusiasta que marcó el paso de cada estación al ritmo de “Brasil, decime qué se siente…”. El subte es el transporte obligado para acceder al Arena Corinthians, porque el corte de tránsito en las avenidas se produjo a más de un kilómetro del estadio. Nada de autos ni de taxis; todos al Metro, que es barato, rápido y no falla.

Se dio una convivencia feliz con los pasajeros habituales, más allá de algún “¡Brasil!” cuando la hinchada les dedicaba el clásico “Maradona es más grande que Pelé”. La línea roja es la que conecta el centro de San Pablo con el barrio de Itaquera. Los fanáticos empezaron a subir en Palmeiras (la parada inicial) y a medida que fueron pasando las 17 estaciones hasta el estadio la barra se nutrió en número y en ganas de cantar.

En Corinthians, fin del recorrido, se improvisó un campamento albiceleste. Entre los puestos de venta de bebidas y los patios de la estación la marea se contuvo e hizo tiempo hasta el mediodía. A las 10 el sol ya pegaba fuerte, inquietante anticipo de lo que les esperaba a los jugadores desde las 13. Fue el momento de un clásico mundialista, que ya se vivió en Río de Janeiro, Belo Horizonte y Porto Alegre: la mezcla de camisetas (Boca y River, Newell’s y Central, Estudiantes y Gimnasia) en la más armoniosa de las camaraderías.

La Policía se pone más rigurosa a medida que avanza la Copa. Las requisas a mochilas y bolsillos son exhaustivas y no hay contemplaciones. La hebilla de un cinto demasiado grande obliga a dejarlo a un costado y a sostenerse el pantalón a como dé lugar. Tampoco se permite que los grupitos de hinchas permanezcan en un mismo lugar: la orden es que se movilicen permanentemente; si es adentro del estadio, mucho mejor. La preocupación por la falsificación de entradas es otro motivo de preocupación, por lo que se dobló el número de scanners. Cada ticket es sometido a ese examen, a veces en más de una ocasión.

En medio del ir y venir de hinchas, un supuesto doble de Lionel Messi proponía una foto a cambio de dinero. El cartel informaba que dólares, reales o pesos eran bienvenidos. El problema es que de doble no tenía nada. Tal vez un par de rasgos, pero de un Messi casi sexagenario. No tuvo mucha suerte. Es la moda por estos días en Brasil, ya que aparecieron sosías de Neymar, de Felipao, de Zidane y de Pelé. El de Maradona embolsa en moneda extranjera, porque los argentinos ya lo conocen de sobra.

Más allá, Juan Carlos Fullana instaló estratégicamente una bandera que lo identifica como habitante de El Rodeo, Catamarca. “Estoy en Buzios y viajo para ver los partidos. Nunca pensé que los brasileños iban a recibirnos tan bien”, apunta Juan Carlos. A unos metros circula El Nino, que es en realidad un museo del fútbol en sí mismo. Por todo el cuerpo le cuelgan carteles con fotos e información, y sostiene dos pelotas: la Brazuca mundialista y una de las antiguas, aquellas de tiento. El Nino es mexicano y admira profundamente a Maradona. Se lo repite a cada argentino que se le acerca.

Al mediodía se termina la previa y la hinchada enfila hacia la Arena Corinthians, una estructura fantástica, totalmente distinta a lo que estamos acostumbrados a ver en materia de estadios. Con enormes espacios a la vuelta, que facilitan el acceso y la evacuación, el gigante de Itaquera se armó con estructuras metálicas encastradas. Una flamante obra de arte para una ciudad que ya contaba con un estadio en condiciones de albergar una Copa del Mundo, como el Morumbí.

En las tribunas blanquísimas y empinadas de Arena Corinthians se intaló la ilusión de miles de argentinos, presentes como en cada presentación del seleccionado de Sabella. La otra parte, la contraprestación desde el campo de juego, les corresponde a los jugadores.