En Brasil, la tierra del fútbol arte por excelencia, los goles mundialistas son obra de los defensores. Es más; por estos días el emblema de la Selección, el hombre que sostiene la esperanza nacional, es David Luiz. “O melhor zaguero do mundo”, remarcan los anfitriones. Mientras tanto, se agotaron los adjetivos descalificadores para Fred, el nueve titular. El suplente, Jo, tampoco vende ilusiones. “El problema -razonan desde la poderosa red O Globo- es que no tenemos un artillero de raza. Nos falta un Gonzalo Higuaín”.

Hasta hace 48 horas sobraban las voces reclamando la cabeza de Higuaín. El motivo era lo poco que había hecho contra Irán, Nigeria y Suiza. Aquella pared con Lionel Messi, previa al segundo gol frente a los bosnios, parecía cosa de otro Mundial. Entonces Alejandro Sabella paró la pelota y dijo dos cosas. Primero, que Higuaín seguía en plan de recuperación a causa de una lesión sufrida en Italia. Segundo, que estaba jugando para el equipo. Lo bancó entonces y pasó por caja cuando amanecía el partido contra los belgas.

“Un delantero sin gol es un pesimista crónico. Pero con uno que marque, se convierte en el tipo con más fe de la tierra”, sostuvo José Sámano en su análisis publicado en” El País”. Esa definición tan precisa, de volea, colocando la pelota a años luz del gigante Courtois, despertó a Higuaín del mal sueño. Así que se levantó, se aseó como es debido y, con su mejor traje, fue la figura de la cancha en los cuartos de final. Era de no creer cómo le rebotaba la pelota en los partidos previos. Pues bien, en Brasilia la paró una y otra vez con maestría, la manejó en armonía con su cuerpo y se la pasó siempre a los de celeste y blanco. Lo primero que le enseñan a un delantero en las inferiores es aguantar la carga y tocar atrás cuando se recibe de espalda al arco rival. A los chicos deberían mostrarles el video de esas acciones en las que Higuaín le hizo honor al ABC del puesto.

Cuando empiece el Mundial de Rusia, en 2018, Higuaín tendrá 30 años. Meses más, meses menos, por esa edad andarán Messi, Agüero y Di María. Manteniendo el optimismo y apostando por la vigencia de sus carreras -no hay motivos para suponer lo contrario- la base de los “cuatro fantásticos” puede aspirar a hacer de las suyas en Moscú y aledaños. Sí, falta una vida para eso, tanto que de esta Copa queda pendiente la recta final y Argentina está metida en ese baile. El ejercicio de futurología apunta a darle una chance al cuarteto a pleno. Juntos, potenciados, en el verde césped, como decía el gran Angelito Labruna.

En Brasil se encendieron por turnos. Messi llevó la bandera en la primera ronda y no la arrió más, aunque el protagonismo en octavos le tocó a Di María. En cuartos fue el momento de Higuaín. ¿Y Agüero? El físico lo puso entre la espada y el muro desde el primer día. Y en el medio de esos vaivenes, Di María cae fulminado en el medio del “Mané Garrincha”, con la pierna congelada y la tristeza dibujada en su perfil kafkiano. A todas las apuestas por los “cuatro fantásticos”, a todas las elucubraciones de los años previos a la Copa se las llevó puestas la realidad. Esa lección que siempre se olvida frente al tribunal y con el bolillero girando: una jugada cambia la historia en apenas un microsegundo.

Claro que esas acciones no siempre deben ser nefastas. Pongamos como ejemplo el gol de Higuaín y cómo le potenció el espíritu de allí en adelante. Mientras la pelota charlaba con la red Higuaín hacía números y descubría que ya suma cinco goles en los Mundiales. La mitad de los que anotó Gabriel Batistuta en las mismas lides. Entonces fue tiempo de ir por más, de afilar los colmillos y atarse la servilleta al cuello. Le quedó la oportunidad en un pique demoledor, la marca resuelta con un caño y la mira, nuevamente, muy lejos de Courtois. El arquero quedó despatarrado en el piso pero la Brazuca se elevó un poquito y dio en el travesaño. Mientras Sabella ensayaba su caída circense, Higuaín miraba a los costados y la hinchada gritaba “¡Pipa, Pipa!”

Cuando a los holandeses les preguntan cómo van a parar a Messi, ellos contestan: ¿y cómo van a parar los argentinos a Robben? Se están olvidando de Higuaín y ese es un hándicap que la Selección le debe a todo lo que Messi representa. Así ocurría con Maradona. Mientras los rivales se ocupaban de él, Burruchaga definía el Mundial 86 y Caniggia desalojaba a Brasil de Italia 90. De cara al partido del miércoles, es todo un dato que Holanda preocupa con Robben, Sneijder, Van Persie y Kuyt, pero que de mitad de cancha hacia atrás está lejos de ser inexpugnable. Quedó en evidencia cuando México y Costa Rica se animaron, pero se animaron poco. Se espera, lógico, que Argentina se anime mucho más.

Jugar al lado de Messi es un obsequio que pocos futbolistas recibieron y recibirán. Asociarse con él, como es el caso de sus compadres en Barcelona, invita a pensar en grande. Lo auspicioso es que Higuaín está a tiempo de consolidar y hacer crecer todo el fútbol que la dupla es capaz de generar. Para eso necesitan buscarse y encontrarse mucho más en la cancha. Es una responsabilidad compartida que deberán asumir el miércoles y, roguemos, el domingo venidero. A la pequeña sociedad Messi-Di María la lesión del rosarino le colgó el cartel de cerrada hasta nuevo aviso. Es obligatorio entonces que Messi-Higuaín coticen en Bolsa.

En las pantallas gigantes del “Mané Garrincha” apareció Higuaín cuando anunciaron al “jugador del partido” y fue absoluta justicia. Recibió el premio y habló con mucha calma, sin dedicarles una coma a quienes pidieron su salida del equipo. Fue mesurado y se enfocó en objetivos mayores. La Copa, por supuesto. Se vio un Higuaín reflexivo y tranquilo. El 0-4 a manos de los alemanes en 2010 le enseñó a no vender la piel del oso antes de haberlo cazado. Experiencia, que le llaman. Lo positivo es que Argentina puso el pie en semifinales con su goleador encendido. Ese que los brasileños miran con tanta envidia.