Nos resulta familiar ver el despliegue de bocinazos y gritos que enarbolan en las calles quienes se gradúan u obtienen un título universitario o terciario. El graduado se reconoce con facilidad: arriba de camionetas o autos, con las pocas prendas rotas y sucias con cuánta sustancia se encuentre disponible, con huevos y harina por el pelo y la cara, exhibiendo carteles con leyendas enormes y otras cosas más. Es como un mandato social difícil de modificar. Reconozco que participé de una de estas celebraciones con una de mis hijas. No critico las formas de celebraciones porque las sociedades cambian y cambian sus prácticas. Pero me es inevitable, cada vez que veo una caravana de estas por las calles, recordar el día en que rendí mi última materia. Recuerdo la felicidad enorme e incomunicable, en una aula cualquiera de la Facultad de Filosofía y Letras, la calidez de mis profesores que me felicitaron , algunos compañeros, y dos amigas queridas que me esperaban a la salida, para tomar un café a título de brindis! Sin grandilocuencia ni espectacularidad alguna, este fue de los momentos más felices de mi vida. Salir de la querida facultad con un título que había costado tanto _ sobre todo económicamente_ y sabiendo que esa meta alcanzada abría horizontes insospechados. A veces es bueno comunicar a los jóvenes que no siempre se necesitan pasarelas ruidosas para entretejer caminos de felicidad.
Graciela Jatib