El éxodo jujeño y las gloriosas batallas de Tucumán y Salta representan, en un grado de sublime heroísmo y amor a la Patria, la entrega personal, en vidas, bienes y haciendas, al Bien Común; el dar la vida por los demás, por los amigos que proclama Jesucristo. Casi sin ninguna posibilidad de triunfo ante un formidable ejército que había derrotado a las Águilas Imperiales de Napoleón y que marchaba invicto, con el doble de efectivos y artillería, el pueblo tucumano, nuestros ancestros, se jugaron el todo por el todo. Tanto que, si eran derrotados, y ante el espectáculo de una cruenta batalla y cientos de españoles muertos y heridos, Pío Tristán y sus oficiales jamás habrían tenido la piadosa generosidad de Belgrano; habrían realizado, necesariamente, sangrientas represalias con centenares de muertos, familias destruidas y, acaso, una ciudad arrasada (como ya hicieran con Cochabamba). Lo habían arriesgado todo, absolutamente todo y, como era de suponer, los jóvenes (que también los había en esa época, aunque no lo crea, y de diversos estratos sociales: La Madrid, 17 años, Paz, 21 años, Dorrego, 25 años, por ejemplo, todos de familias acomodadas) exigieron la primera línea de combate, precariamente armados, sin ninguna salvaguarda ni garantía, en la más absoluta imprevisibilidad, confiados en su fe mariana y en la entereza de sus jefes. Por lo tanto, es del todo imposible establecer la más mínima equiparación de aquellos gestos de grandeza desinteresada con la decisión de algunos jóvenes contemporáneos que estudian (en su mayoría con educación primaria, secundaria y universitaria gratuita, sostenida por el esfuerzo nacional argentino) y ahorran para irse del país; no expulsados por el hambre como en África o por los horrores de la guerra, como en Ucrania, sino tras un objetivo de seguridad, ventajas económicas, previsibilidad y confort personal, dejando tras de sí todo aquello que les ha dado, como a los criollos de 1812, identidad cultural y pertenencia nacional y, si los asumiesen y amasen adecuadamente, como esos mismos criollos, un profundo sentido en el que jugar sus vidas, que, como dice el Padre Castellani: es la ley de la vida: no la tenemos más que para gastarla.
Arturo Arroyo
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