Preferimos la sentencia de Santo Tomás de Aquino: “La Política es la principal de las ciencias prácticas puesto que se ocupa del Bien Común, que es mejor y más divino que el bien de los particulares”, que las oscuridades del francés idólatra Paul Valery (“publicista” de Cecil Rodhes, ardiente sostenedor del imperialismo británico y despiadado supremacista blanco… en África). Porque Tomás, consciente, tanto de la naturaleza caída del hombre como de su capacidad de redención, le señala -también a la política- un ideal esperanzado y esperanzador. Y un camino arduo y doloroso. Dirá el padre Castellani, discípulo del Aquinate: “El buen político siembra semillas y espera, y después, cuando brotan, las cultiva: es todo lo que puede hacer -y esperar de Dios la lluvia-. Claro que hay políticos que quieren hacer llover con palabras o que no saben qué semillas siembran; esos son malos políticos. ¿Qué hizo el viejo Yrigoyen durante muchísimos años sino pacientemente sembrar semillas que lo llevaran a la Presidencia una y otra vez…? (…) Claro que cuando hay sequía, eso importa sacrificio; a veces se siembra con desesperación, con amargura, llorando (…) Todos los caminos de esta vida confluyen invisiblemente en una palabra terrible, pero ungida por las promesas divinas: sacrificio. Y éste puede ser hasta gozoso cuando está inspirado por un verdadero amor”. Bien Común, siembra, sacrificio, amor y esperanza. Pero hoy, en el presente, porque el futuro simplemente no existe, pese al jueguito paradojal del “ya no es lo que era”. Es en este presente donde nos jugamos, en realidad, todos, como sociedad, como Nación, como individuos, en el “sólo por hoy” de Juan XXIII. Pero lo que no podemos ignorar, a riesgo de nunca entender este maravilloso presente que Dios nos da cada día, es el pasado, nuestra historia. Ni los zamarreados -y miserables- “corruptos”, ni las lamentables condiciones en la que nos encontramos, surgieron hoy, para ir pudriendo un “futuro de mañana”, hasta hacerlo desaparecer. Ya estaban en el inicio del hoy; entonces, hubo un pasado, y este presente viene de ahí. Ni en el efímero presente ni en el ilusorio futuro, sino en el pasado, en la historia, están las respuestas a la angustiante pregunta ¿por qué estamos como estamos? Y ahí hacen agua los escépticos, los que se desgarran las vestiduras porque “no hay personas no corruptas, el país colapsó y los jóvenes se van”, porque, o la ignoran, o no son capaces de asumirla en plenitud, sepultar sus oscuridades y sumar esfuerzos a sus luces, que las hay y muchas. La aberración rivadaviana de la Baring Brothers, en las primeras y, en las segundas, el esplendoroso triunfo de Belgrano, los tucumanos y su Santa Madre en el Campo de las Carreras, por ejemplo. Cuando los “jóvenes” aprendan las claves de esa historia y se jueguen por ellas, con sacrifico y amor, podrán tener un presente tan firme que el buen futuro les llegará por añadidura, como dice el Evangelio.

Arturo Arroyo

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